Poesía de la vida cotidiana

Por: Armando Oviedo Romero
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Los poemas que llegan a nuestra educación sentimental entran por el oído, que no tiene párpados. Abiertos al verso incidental, se escucha un arrullo rítmico, una adivinanza, un dicho al pasar. De pronto, alguien recita un poema en la escuela durante una actividad escolar y esos ritmos y rimas despiertan un sentir lejano, siempre presente. Los poemas van llegando sin nosotros saber que son poemas, arrullos infantiles, adivinanzas y refranes o recitaciones escolares ya rumiadas por la repetición. La palabra que suena se irá acurrucando en el sentimiento como canción o balada del momento.
Las formas versiculares en su sencillez han sido un componente básico, necesario e histórico de nuestro conocimiento.
Sin embargo la poesía, con lo que tiene de ampulosa esta palabra, no forma parte de nuestro desarrollo cultural pero sí de nuestra educación sentimental, tan sencilla muchas veces. La gramática del verso es compleja, difícil, porque la poesía es cosa seria.
Sin embargo, presos del facilismo, se nos deja de enseñar la gramática del juego de palabras e ignoramos, por ser educados bajo la férrea gramática, la profundidad que tienen los versos sencillos, la música de la poesía. Con la costumbre anti intelectual que domina, ese lenguaje bello se nos dice que es una expresión de cursis o pedantes que leen engolando la voz y escriben “palabras en escalerita”.
Pero hay una poesía nuestra de cada día que, no por sencilla es necia. Las coplas encierran sentencias amorosas y reflexiones del momento. No tienen los altos vuelos verbales de la Poesía con mayúscula y son poesía.
¿Por qué si el poema es breve, musical e imaginativo, su saber peculiar y su sabor estético se ha complicado para nosotros? Porque ya no se lee ni se atienden las voces que le dieron ritmo a nuestra vida. Aquellos arrullos, juegos infantiles, rezos, dichos, coplas, se almacenaron y algunas veces se olvidaron para siempre y ya no se recuperan; sólo cuando son requeridos por una necesidad social o escolar y ya no por una necesidad de cobijo sentimental.
Es por ello que dentro del manejo retórico retorcido existe una poesía de juegos e ingenios. Es la poesía coloquial, la de la vida cotidiana que no por menos artificios es menos profunda. Dejemos para otro momento la poesía inocente de libros como Poesías de Margarito Ledesma o Poesía no eras tú de Francisco Hinojosa y quedémonos con la seria profundidad sencilla de Jaime Gil de Biedma o de Cesare Pavese, poetas que caminan viendo y asombrándose con un árbol, una pareja de enamorados sentados en una banca del parque o, como José Emilio Pacheco, reflexionando sobre el paso del tiempo frente a unas migajas de pan en la mesa.
Si a esa mirada de primer asombro sobre lo cotidiano, casi infantil, le agregamos la brevedad, tenemos un gran libro breve, Cada cosa justo ahí, del poeta Juan Felipe Cobián (1979).
Y el título no puede ser más exacto pues en sus poemas todo es equitativo y da en el blanco del momento. Poemas sencillos tan breves que llegan a ser haikus de la vida urbana. Cada poema va cayendo como gotas de lluvia pero que no hacen lodo con el llanto ni se disuelven en la nada.
Los poemas de Juan Felipe van desgranándose trágicos, rítmicos, humorísticos, en su sencillez, como este de humor negro o tragedia oscura: No había rincón sin sacudir/ ni trapo sin secar/ al momento del derrumbe; o, este otro tentando a la metafísica del instante: ¿Cuánto aire ganas/ al vaciarte de tiempo/ reloj de arena? Este poema sonando a veces a esas Voces de Antonio Porchia; justo este poema es el motivo de la ilustración de la portada del libro, que es un grabado de Aida Hurtado.
El libro es, como dije, una seguidilla de poemas breves con islas de poemas un poco más extensos pero no mayores a dos páginas. No hay secciones, hay humores y amores, no hay capítulos, no hay topes que impidan su limpio fluir.
Sin embargo, hay algunos poemas que, no sabemos si con picardía o broma ingeniosa, se repiten pero con distinto título. Por ejemplo, el poema “Encuentro”, que a la letra dice, Planos y polvo/ También el cuarto piso/ es obra negra, anotado en la página 35, es el mismo pero con el título “Mediana edad”, colocado más adelante en la página 43. Lo mismo sucede con otros poemas como “Macetas (página 39) que es el mismo de la página 47, titulado “Super slow motion”. O “Receta”, repetido como “Aritmética”.
Esto no es óbice para que los poemas aquí reunidos estén en su lugar perfecto, justo ahí, en la alacena del juego, la memoria, la reflexión, donde abundan los haikus mordaces o cotidianos dejando al instante pasmado en tres versos, o el latido amoroso de ese soneto imperfecto titulado “Gente”.
Juan Felipe Cobián presenta varios registros en un libro, además de breve, bellamente editado. Cierto que se regodea en el haiku encapsulando efectos, pero incluso el poema en prosa toma de frente, como debe ser, la situación inspirada que se mueve volátil y cinemáticamente en ese instante:
Suben las nubes que existen para ser miradas. No son la escenografía sino la fábula y la moraleja, el personaje y la intriga. Las nubes no pasan, esperan. Mientras los hombres y animales clavan sus ojos en la tierra, llover es su manera de darse por vencidas, y de agradecer por nada. (“En el cielo”, pág. 66)
Festejemos el poderoso miligramo de cada uno de los poemas de Juan Felipe Cobián, incrustados en la memoria porque Cada cosa justo ahí, cae en el centro de lo cotidiano.
Cada cosa justo ahí, Juan Felipe Cobián, Panicvm, Guadalajara, 2025. 72 pp. Portada de Aida Hurtado




