Lucero González: échense un taco de ojo

Por: Eli Bartra

Compartir este texto

Una pequeña muestra del trabajo fotográfico de Lucero González (1947) se encuentra expuesta en el Museo de la Ciudad de México. “Pásenle a echarse un taco de ojo”, pregonaba Lucero a quien llegaba a visitar la exposición el día de la inauguración. El título formal no es ese, desde luego, se titula “Llama en los ojos” que es una idea del poema de Octavo Paz “Piedra de sol”, él dice: “son llamas los ojos y son llamas lo que miran,/ llama la oreja y el sonido llama…”; un gran poema de un gran poeta, ni duda cabe. Sin embargo, por título hubiera preferido una frase de alguna mujer, de ser posible feminista, para englobar, abrazar, el resultado de esos ojos en llamas que tiene Lucero frente a la realidad y en particular la de las mujeres. Mira al mundo que la rodea con ojos de socióloga feminista. Su fascinación por el fuego se hace patente ya desde el título, pasando por las volcanas y el fuego eterno en el video que presenta como homenaje a la artista y promotora cultural fallecida en 2019, Grace Quintanilla.

En medio de la sala se encuentran unas vitrinas con cuatro bellos libros de artista.

            Inicia el recorrido con Mi hija yo misma, dos autorretratos con su hija Natalia, de dos distintas épocas, sobre el mismo sillón vienés de mimbre, que la ha seguido cual testigo mudo por varias décadas en distintos hogares. En la primera ella como madre y la pequeña Natalia se halla acurrucada junto a ella, tiene el brazo protector extendido sobre el sillón y la otra mano en el regazo. En la otra, ella aparece desnuda y la hija vestida, es ella ahora quien se ve acuerpada por la hija adulta, en la misma posición que tenía Lucero en la primera foto, se la percibe, así, más vulnerable -tal vez aniñada-, de acuerdo con el ciclo natural de la vida. En ambas fotos ellas miran directamente a la cámara, más que presentes, desafiantes.

            Las cuatro decenas de obras abarcan unos treinta años de trabajo fotográfico. La espléndida curaduría estuvo a cargo de Karen Cordero quien decidió, acertadamente, no incluir la faceta más conocida de Lucero, la de retratista. Sin embargo, debo decir, que personalmente es de lo que más me gusta y me interesa de su trabajo.

            En el recorrido nos encontramos con paisajes femeninos y vegetales de gran relevancia, atravesados por distintos ejes: autorrepresentación, lucha feminista (denuncia de la violencia y el feminicidio), el supramundo prehispánico, cuerpo femenino al desnudo -conteniendo un canto a la maternidad y la sensualidad-, naturaleza en la que predominan árboles, volcanes y fuego. Las fotografías de una mujer de espaldas, con una larga cabellera oscura ora suelta ora trenzada son bellas y sensuales, como también me parecen preciosos los cinco magníficos árboles impresos en papel de arroz que cuelgan a modo de ropa en un tendedero. En una de esta serie la tentación del autorretrato se hizo presente de nuevo: aparece ella en el obligo del amate casi absorbida por el enorme tronco del árbol. Éstas junto con las cianotipias también de árboles es de lo que más me atrajo. Y muy cerca se encuentran dos obras pequeñas también de árboles. Una es de un árbol redondo de luz y sombra, pero en donde domina la luminosidad del cielo. El otro, Espejo. Hierve el agua, 2000, es un árbol sin hojas que se refleja en el agua y parece un paisaje chino o japonés; éste es uno de mis favoritos.

Ha utilizado tanto película química como fotografía digital, eso depende enteramente del proyecto que tenga entre manos. Las cianotipias las toma con una cámara fisheye con película de color.          

            No cabe duda de que Lucero es una fotógrafa del sur global, el Abya Yala aparece constantemente de manera evidente o velada. Se la percibe orgullosa de su mexicanidad, de su pertenencia a América Latina y lo quiere mostrar al mundo. Es una mirada perfectamente situada, como mujer y como mexicana.

            La obra de Lucero se inserta, indudablemente, dentro de la cultura visual del México contemporáneo con una mirada propia, libre e irreverente, como le gusta a ella.

Termina la exposición con el tránsito por más naturaleza, tierra desértica, mar, ríos, fuego y cierran el camino dos piezas magníficas de una subida al volcán. Una de ellas está intervenida con hilos de color fuego, La Volcana está que arde, que parece un magnífico cuadro abstracto. Ambas fueron tomadas con película y transferidas a fotocopia en una prensa. El efecto de la que tiene color es nuevamente de fuego, aparece incluso fulgurante.

Esta exposición estará abierta al público hasta el 30 de junio de 2026.

1. Lucero González, Espejo. Hierve el agua, 2000.

2. Lucero González, La Volcana está que arde, (fragmento), 2013.

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *