El mundo en una manzana: a treinta años de la muerte de Jorge Teillier

Por: Jesús Gómez Morán
Compartir este texto:
1. “LICOR DE GUINDAS Y MANZANAS PUESTAS A GUARDAR”
El verso que empiezo citando pareciera ser inofensivo por su tono entrañable en su alusión etílica y es el mismo que cierra la primera estrofa del primer poema del primer libro publicado por Jorge Teillier, Para ángeles y gorriones, de 1956. Y en este sentido reportaría novedad alguna hablar de un poeta (otro más) consumido por el alcohol como principal causa de su muerte 40 años después. En forma de homenaje póstumo, Gonzalo Rojas (ese gran poeta prestidigitador de vocablos) lo refiere versicularmente en su “Pacto con Teillier”: “dipso y mágico hasta el fin entre los últimos/ alerces que nos van quedando, -¡yo/ también soy alerce y sé lo que digo!-: lo que nos pasa con este Jorge/ Teillier es que ha muerto”, evocación que sin embargo no termina sin antes pasar lista a parte de ese universo creado por el poeta lárico y en él desfilan, además de alerces, la lluvia a cántaros de Lautaro, la rivalidad con Enrique Lihn, su pasión por la obra de Serguei Esenin, para finalmente ofrecerle a modo de despedida:
Aquí le dejo
mi pacto que no firmamos a tiempo, la danza
de Isadora le dejo, el beso,
la risa fresca de Mafalda que no está, la
figura de lo instantáneo
de la que pende el Mundo.
Un mismo mundo, entendido este como un cronotopo en función de las referencias literarias y culturales hondamente compartidas, pero que procesaron y enunciaron de modo marcadamente diverso. Quizás en otro momento será pertinente inspeccionar un poco la implicación de lo que para Gonzalo Rojas, así con mayúsculas, significa la palabra “Mundo”. En esta ocasión, me interesa adentrarme en una lectura que ofrezca asideros para familiarizarse con lo que dentro de la poética teillieriana significaba ese mundo en tanto espacio físico, a 30 años de la desaparición física de su autor. Para ello quisiera enfocarme en este breve poema, “Regalo”, aparecido en Poemas del País de Nunca Jamás (1963):
Un amigo del sur
me ha enviado una manzana
demasiado hermosa
para comerla de inmediato.
La tengo en mi mano:
es pesada y redonda
como la Tierra.
Siempre será limitado supeditarse al trozo de una obra para trazar sus líneas generales, sin embargo, este método reduccionista tiene la ventaja de que, haciéndole preguntas al texto, logra establecer calas de cierta profundidad, y en este caso la fenomenología de la materia que efectúa Bachelard no puede ser menos que fascinante. Sistematizar ese bagaje de imágenes que se abastecen en el inconsciente y su verbalización resulta ser un proceso simultáneo: “Parecería luego que, estando juntas, las palabras y las cosas cobrasen profundidad. Se va al mismo tiempo al principio de las cosas y al principio del verbo” (Gaston Bachelard, 2006, La tierra y las ensoñaciones del reposo, México, FCE, p. 16). En el caso de la tierra y su reproducción verbal, para analizarla plantea el filósofo francés el concepto de “química de las profundidades” (Bachelard, 2006, p. 15), porque a la vez que se aboca al elemento inmóvil por excelencia, dentro suyo siempre hay algo que se mueve, que se agita.
Como elemento, la tierra guarda una imbricación con las ensoñaciones de modo quizás más profundo que los otros elementos. El parpadeo de una llama, el fluir del agua, incluso el recorrido del viento, nos invitan a una honda meditación, pero al tratarse del elemento más inmóvil el de la tierra podría ser un sumergimiento casi absoluto, parecido al de la muerte. Y digo parecido porque son innúmeras las obras literarias que nos hablan de toda la vida que se mueve y agita de forma subterránea. Lo que para el pensamiento y la epistemología científica sería una contradicción, para la fenomenología es un “equilibrio de imágenes, […] un ritmoanálisis que sabe restituir dos tentaciones contrarias en una situación en la que el ser equívoco se expresa como ser equívoco, como el ser de doble expresión” (Bachelard, 2006, p. 101). En este punto no hay que olvidar que en el caso del elemento tierra, Bachelard lo separó en dos volúmenes, uno para hablar de ensueños de la voluntad, de principio activo, por así decirlo, y el segundo, de las ensoñaciones del reposo, que le corresponde un principio más pasivo: ambos más que contrastantes suelen ser complementarios.

2. UNA TIERRA REDONDA Y PESADA
El coloquialismo del poema “Regalo” no obnubila la complejidad de sus significaciones. ¿Por qué el amigo es del sur?, ¿porqué percibe la sensación de que esa manzana pueda ser pesada y redonda?, ¿por qué compara la Tierra con una manzana? La respuesta a estas interrogantes rebasa el plano meramente racional o científico para situarnos en uno más bien de índole cultural y sensorial. La cualidad austral del objeto aludido guarda desde luego una conexión biográfica con Teillier, nacido en Lautaro, a más de 600 km. al sur de Santiago, lo cual (como en muchos de sus poemas) es una retrospección a la infancia y en particular a su identidad y raíces. Esta nostalgia por el terruño se encuentra compartida con Pablo Neruda, quien viviera diez años en Temuco, ciudad de la que Lautaro prácticamente se encuentra en su periferia. Una muestra de la intensa añoranza nerudiana por las tierras y los objetos sureños puede hallarse en su “Carta para que me manden madera”:
Ahora para hacer la casa,
tráiganme maderas del Sur,
tráiganme tablas y tablones,
vigas, listones, tejuelas,
quiero ver llegar el perfume,
quiero que suenen descargando
el sonido del Sur que traen.
Pero existe otra implicación más amplia que lleva a pensar en una propuesta ecopoética. Desde un lenguaje político económico, hablar del Sur es referirse a las naciones emergentes (antaño llamadas del tercer mundo) muchas de las cuales son categorizadas por sus recursos (véase cómo Neruda recurre a la madera) o sus actividades ligadas al sector primario, todo ello simbolizado en una manzana que, además, por su hermosura, detiene al acto de comerla, algo que podría significar un cuidado del recurso natural, una cierta conciencia ecológica.
Una hipótesis de dónde pudo haber tomado su imagen de la manzana (obviamente además de la propia experiencia vital del poeta, en tanto cosa auténtica y por eso mismo amada) estaría en la traducción que hizo de Esenin del poema “La confesión de un granuja”: “No todos saben cantar,/ no todos pueden ser manzana/ y rodar a los pies de los demás”. Otro referente valioso para el análisis de Teillier que vengo proponiendo es el fragmento de “Arte poética” de Archibald MacLeish (y que apareció en el primer número de Orfeo, la revista que estuvo dirigiendo junto con Jorge Vélez): “un poema debe ser palpable y mudo/ como una fruta redonda” (Jorge Teillier/Jaime Quezada, 1998, Por un tiempo de arraigo, Santiago, LOM Ediciones, p. 27). Como si este fruto fuera el portal para invocar figuras tutelares (sus propios lares) dentro de la escritura de Teillier, será en “El poeta de este mundo”, composición en homenaje a René-Guy Cadou, que vuelve a aparecer la manzana: “Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera/ mirando un cesto con manzanas”. El cesto, al igual que la manzana misma, es redondo y ya Bachelard en La poética del espacio explicaba cómo esta forma geométrica se vincula con lo femenino (y lo maternal por ende), mientras que las formas cuadrangulares se relacionan con atributos masculinos.
Ahora bien, aunque la poesía teillieriana se ha calificado como melancólica, a partir de la recurrente mención a este fruto se revela una variedad tónica presente en su escritura. En el poema “Alegría”, marcado por las implicaciones de esta palabra, la manzana podría tener ciertamente una significación sacrificial, pero orientada justamente para alimentar el aludido estado de ánimo: “La sangre de las manzanas/ ilumina la sidrería”. Por otro lado, en el poema que le sigue (aparecidos ambos en el segundo libro de Teillier, El cielo cae con las hojas, de 1958), haciéndole honor a su título, “Twilight”, la pregunta que desliza deja en el aire una disyuntiva, una dubitación intrigante y que quizás sólo el tiempo habrá de despejar:
Todavía yace bajo el manzano
el tílburi cansado de los abuelos.
¿Quién recogerá esas manzanas
donde aún brilla un sol de otra época?
Volvamos a la cuestión de la peso y redondez de la manzana, representación que conforme a la experiencia sensible podría calificarse, en palabras de Bachelard, como una “imagen inverosímil”, que es otra forma de concebir el mencionado ritmoanálisis cuando el filósofo francés analiza el texto justamente de Rilke (de quien se vale el poeta lautarino para tomar el término lárico, que significa aquella propensión de apegarse a las cosas auténticas) al referirse a “la negrura secreta de la leche” (Bachelard, 2006, p. 21). El mundo reducido a una manzana reviste, asimismo, de un perceptivo encanto no a través de los sentidos más intelectuales, la vista y el oído, ni de los degustativos, sino a través del tacto. Objeto que, aunque pequeño, al ser compacto y firme puede emularse a una bola de billar o al pecho de una mujer, sin embargo esta conciencia fenomenológica se redimensiona al aplicarse para hablar de la Tierra (y que me hace pensar en el cesto arriba mencionado, como en una especie de sistema planetario), la casa de la humanidad y de cuanto organismo vivo aloja. Merced a esta sensación que piensa e intelige se entiende que el “regalo” entregado sería el planeta mismo, o al menos una metonimia de él.
Al reformular lo acotado aquí, los niveles de lectura podrían ir desde la entrega del mundo de la infancia y las raíces, de la simbolización del ámbito femenino, hasta la de reconocer que un fruto de ese tamaño también es capaz de contener vida en su interior, al intuir (como lo ha hecho quien esto escribe en varias ocasiones yendo al mercado a comprar alguna manzana) la vida que le palpita dentro. Para apuntalar esta afirmación de nuevo acudo al citado estudio de Bachelard, quien precisamente comenta sobre la representación de la manzana ligada al elemento terrenal tomando como ejemplo un texto de Henri Michaux:
“Pongo una manzana sobre mi mesa. Luego me pongo dentro de esa manzana. ¡Qué tranquilidad!” […] Todo soñador que lo desee podrá ir, en forma de miniatura, a habitar la manzana. Se puede enunciar como un postulado de la imaginación: las cosas soñadas no conservan nunca sus dimensiones, no se estabilizan en ninguna dimensión. Y las ensoñaciones realmente posesivas, las que nos entregan el objeto, son las ensoñaciones liliputienses. Son las ensoñaciones que nos dan todos los tesoros de la intimidad de las cosas. Aquí se ofrece verdaderamente una perspectiva dialéctica, una perspectiva invertida que puede ser expresada con una fórmula paradójica: el interior del objeto pequeño es grande. Tal como lo dice Max Jacob: “¡Lo minúsculo es lo enorme!” (Bachelard, 2006, pp. 16-17).
No puedo menos que sentir azoro de cómo la introspección ensoñadora de una manzana habitable (concepción oximorónica tan sorprendente como la de la negrura de la leche que veíamos antes) empatiza a la perfección con el poema de Teillier, una reminiscencia venida del futuro, pues luego de haber recibido imágenes desde el espacio exterior (en concreto a partir de las expediciones de la luna) incluso podríamos seguir el postulado bacheleriano de la “perspectiva invertida”, invertir la comparación y afirmar que la Tierra (ese “pálido punto azul”, denominado así por Carl Sagan) es redonda y pesada, tal como una manzana.
3. ADDENDA
En 1995, la Biblioteca Nacional de Chile publicó en una edición (con carpeta incluida) llamada Morada irreal (título tomado de Basho, otro de los referentes de la poética teillieriana y a raíz del cual en 2107 elaboré un artículo en el que vinculo su obra con el haiku: https://revistes.uab.cat/mitologias/article/view/v15-gomez), de algunos mecanuscritos y manuscritos Teillier. Los más llamativos son sin duda aquellos que muestran su caligrafía, entre los cuales está justamente “Regalo” y uno inédito llamado “Huellas”, del cual aventuro mi propia transcripción como cierre a esta entrega:
HUELLAS
Un patio sin luz
Un aliento en el vidrio
Y alguien que secretea
A solas con la noche.
Tú vas por el camino entre ciruelillos
Una mano te ofrece
La luna que creció secreta en la colina
Alguien va a dormirse
Y confunde tus pasos y la lluvia
Alguien ha llorado junto a la escalera de caracol
De la capilla desierta
Te cruzas con un anciano vestido extrañamente
En pueblos de otra parte
El día que apagaba los faroles.
Tú vas por el camino de los ciruelillos
Donde lleguen con las voces de niños
Que jugaban junto al estanque.




