Musarañas 40

Por: Francisco Segovia

Caja de compartir

Y MI DIOS QUE MADURA : DE JOB A CRISTO ~

Dice Jung (Respuesta a Job, trad. de Andrés Pedro Sánchez Pascual, 2ª ed., FCE, México, 2006) que Cristo nunca se mostró más verdaderamente humano como cuando, ya en la cruz y a las puertas de la muerte, exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Cristo repite la experiencia de Job (y, cabría añadir, la del Salmo 22) porque debe repetirla en pago de la deuda que contrajo con Job. “Yavé tiene que hacerse hombre porque ha sido injusto con el hombre”, dice Jung. El argumento implica que Yahveh fue moralmente superado por Job; pero, también, que aprendió su lección. ¿Resulta entonces que Dios aprende y que, aprendiendo, cambia? Exactamente. Job inaugura el camino que lleva del terrible dios de los ejércitos al dios del evangelio, del reino del Padre al reino del Hijo, del temor a Dios al amor de Dios. Eso, claro, hasta que vuelva la ira de Yahveh en la brutal carnicería del Apocalipsis, un exterminio de la humanidad mucho más violento y cruel que el del Diluvio, del cual no habrá renacimiento. 

            La idea de que Yahveh “madura” a lo largo de la Biblia no es exclusiva de Jung. Está también, por ejemplo, en el centro de las reflexiones de Emmanuel Levinas, Paul Ricoeur y María Zambrano. Dios camina con su creatura, evoluciona con ella, tiene con ella una historia. Y éste es el punto. La respuesta de Yahveh a Job le parece insuficiente a Jung, pero argumenta que también al propio Yahveh le pareció insuficiente. Y es que es verdad que difícilmente puede decirse que esa respuesta sea un argumento; es, en todo caso, una muestra de poder. Es como si Yahveh, después de desplegar ante Job todas sus potencias y presumir la perfección de su Creación, le dijera: “¿Hiciste tú acaso el universo? No. ¿Podrías contar las estrellas de la bóveda o pescar con azuelo a Leviatán? Tampoco. Tú no sabes nada y nada puedes. Entonces, cállate”. Esta mostración del universo deja en nada los argumentos de la razón. La ostensión (la ostentación) deja en nada a la razón, a la abstracción, a la definición; en suma, a lo pensable. O, dicho con simpleza: lo que se ve no se discute. Y es así, aceptando la evidencia de lo visible, como Job depone su alegato de injusticia: “Yo te conocía sólo de oídas, / mas ahora te han visto mis ojos. / Por eso me retracto y me arrepiento / en el polvo y la ceniza” (42:5-6).

La respuesta de Elihú es en cambio racional. Le reprocha a Job que dispense su justicia como un automatismo, ateniéndose sólo a cumplir las leyes como es debido, sin comprender cabalmente su sentido. “Él salva al pobre por su misma pobreza”, dice Elihú (36:15), apuntando hacia un sentido ulterior de la justicia. Pero, como ese sentido es incomprensible para Job, Yahveh se lo muestra en carne propia, sumiéndolo en la miseria. Una vez más, esto no es argumento racional. Para Elihú, Yahveh predica con el ejemplo, y el ejemplo le ofrece a Job una lección que podría aceptar. Puede ser, pues, que el ejemplo no sea racional, pero no por ello deja de tener sentido y dar una lección.

Pero “¿Por qué [la] supremacía de la razón? —se pregunta Jung— ¿Es que aquello que es no representa una instancia superior al juicio de la razón […]?” María Zambrano dice, por su parte, que Yahveh no trata de responder a Job mediante argumentos, pues no se dirige a su razón sino a su entraña. Y la lección que Job recibe de bulto es justo ésa: Job, como Behemot y Leviatán, es entraña, es raíz, es elemento —cosa que remite a Empédocles, sí, pero que también recuerda a Rilke y su Orfeo, seguramente presentes en los transpensamientos de Zambrano cuando meditaba sobre Job.

Simone Weil mira esto de manera algo distinta en “El amor de Dios y la desgracia” (un capítulo de Espera de Dios, trad. de María Eugenia Valentié, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1954). Si Job logra salir de la desgracia es porque sabe amar a Dios aun en el vacío. Para Weil, la desgracia —distinta del sufrimiento y del dolor— es ausencia total de Dios, y por eso muerte del alma, una caída que es “casi equivalente al infierno”. “Durante esa ausencia no hay nada que amar, el alma deja de amar y la ausencia de Dios se torna definitiva. Es necesario que el alma continúe amando en el vacío, o al menos deseando amar, aunque más no sea con una parte infinitesimal de ella misma. Entonces un día Dios mismo viene a mostrarse y revelarle la belleza del mundo, como ocurrió a Job”. En este caso el despliegue de la Creación ante los ojos de Job no sería impertinente ostentación ni mera mostración sino recompensa. A pesar de vivir en ausencia de Dios, y de ser por eso un desgraciado, Job quiere seguir amándolo; y, así, lo ama.

Ésta es, claro, la opinión de alguien que ve a Job con admiración y reverencia, como “menos un personaje histórico que un símbolo de Cristo”. Muy distintas son, por eso, las reprensiones de Elihú, pero tampoco a él le parece arbitrario y presuntuoso que Dios le muestre a Job su Creación. En sus discursos, Elihú justifica racionalmente un hecho que, aunque irracional, no carece de sentido. Su argumento dice, más o menos, que el movimiento se demuestra andando, con lo que convierte el episodio en un ejemplo, en una especie de parábola donde anida una enseñanza.

            Si, como todo indica, los discursos de Elihú son una interpolación tardía en El libro de Job, eso mismo mostraría que tampoco los teólogos estaban conformes con la respuesta original de Yahveh, y decidieron enmendarla. Prueba de la evolución de una teología, pero también de la maduración de Dios en el relato y en la historia. Y eso es evidencia, para la hermenéutica cristiana, de que Jesús tendría que venir.

FEMINIZAR AL PADRE ~

Si las ideas modernas (sus juicios, opiniones, prejuicios y tópicos) tienen alguna validez, entonces el padre representa la razón, la moral, la autoridad, lo expuesto y luminoso, y la madre encarna el sentimiento, la fe, lo íntimo y oculto. Lo que salta a la vista en esta imagen es que la ley moral queda más del lado de la razón que del lado de la fe. Esto supone que es capaz del bien, pero no de la caridad; que está en buenos términos con la justicia, pero se le dificulta la misericordia, etcétera…

            Si entiendo bien las aspiraciones de este tiempo, el equilibro psíquico es una especie de labor alquímica: feminizar al padre, a ese padre que uno ha interiorizado; esto es, fundir el arquetipo de la ley con el arquetipo del amor. Esta forma de expresarlo suena más cerca de Jung que de Freud, es cierto, pero no deja de ser una reiteración de los antiguos anhelos del cristianismo, de los de toda religión, en realidad, pues remite a la coincidentia opositorum… Cada quien es el atanor, la marmita, donde han de fundirse de nuevo sus dos padres. Porque cada quien es el resultado de esa fusión originaria y sólo puede “llegar a ser quien es” y cumplir su destino cuando realiza en sí mismo, simbólicamente, la fusión que le dio origen; cuando hace que coincidan su fin y su principio, cuando ata cabos… El freudismo ve en esto una tarea larga y difícil, pues implica ver simbólicamente el coito de sus padres y reconocer que uno es ese coito, aunque logre sublimarlo. Dicho en términos cristianos, implica confesarse uno mismo el pecado original del que es fruto…

CARL JUNG Y LA EDAD DE LAS MUJERES ~

En 1950, el papa Pío xii elevó a rango de dogma la Asunción de María. Para Carl Jung, esto refleja bien la ascensión del papel de las mujeres en todos los ámbitos sociales, pero no deja de expresar el anhelo popular de un héroe, un salvador. Las dos cosas, podría decirse, vienen dadas como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la promoción de la Virgen a un sitial comparable al de Cristo llega de mucho más lejos y en última instancia representa la oficialización de un arquetipo. Esto —dice Jung— es lo que no comprende el racionalismo protestante; a saber, que la Iglesia católica asume como legítimo un símbolo. Que esto tuviera como síntoma más reciente el hecho de que las apariciones divinas fueran cada vez más de la Virgen, y menos de Jesús, no hacía sino volver más apremiante ese reconocimiento, tan largamente pospuesto. En cierto sentido, pues, en 1950 la Iglesia dio carta de naturalización al culto a la Virgen, que la devoción había instituido con fuerza nomás nacer el cristianismo.

Al parecer, para Jung el culto a la Madre es un síntoma de desamparo. Se acude a ella porque de ella vendrá el héroe, el salvador, que pondrá remedio a nuestros males. A un mexicano, adorador vehemente de la Virgen de Guadalupe, esto no le resultará en absoluto extraño. Apenas conquistados y convertidos, los mexicas volvieron el rostro —no al Espíritu Santo, ni a Dios Padre, y ni siquiera a Dios Hijo, sino— a la Virgen. No, no nos resulta extraña, pues, la afirmación de que la preeminencia del culto a la Virgen sea señal de desamparo. Pero lo de Jung va más lejos, hasta hacer cuadrar el simbolismo cristiano con los vetustos arquetipos del inconsciente colectivo; esto es, hasta hacer de “la madre de Dios” la esposa de Dios. La Iglesia aborrecerá la idea cuanto quiera, pero el nuevo dogma de la Asunción convierte a la Virgen, cuando menos, en paredra de Dios. El término no consta en los diccionarios españoles, pero no es raro hallarlo en los libros sobre religión. La Wikipedia dice que paredra se usa “para describir una deidad, a veces de menor categoría, que está asociada a la adoración de un dios o una diosa más influyentes. También se usa para indicar al consorte de la deidad, que puede ser de igual rango”.

Quizá Jung vislumbraba un tiempo —cada vez más posible, a la luz de los debates actuales— en que el ministerio de las mujeres sería reconocido por el Vaticano. Y, así como el cristianismo transitó de una Edad del Padre (la del terrible Yahveh, dios de los ejércitos, el Dios que hay que temer) a una Edad del Hijo (en la que Dios es amor, como dice san Juan), así también podría transitar a una Edad de la Madre (donde la “madre celestial” completaría la encarnación de Dios volviéndolo todavía más humano que Cristo; es decir, sin exceptuarlo del pecado original, sin necesidad de que la madre de Dios sea una virgen). Esto implicaría una vuelta del Salvador, esta vez venido de la carne, y daría comienzo una edad de las mujeres. Sí, tal vez Jung pudo imaginarlo.

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *