Viejos y nuevos jardines ajenos

Por: Alejandra Arreola

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Baudelio y yo bromeamos acerca de que soy su fan número uno y supongo que por eso me invitó a presentar su nuevo libro, “Los jardines ajenos”. Tenemos un chiste reiterativo sobre las últimas palabras que le dijo John Lennon a Yoko Onno a las puertas del edificio Dakota, que no voy a repetir aquí. Aunque a Baudelio y a mí nos encanta bromear, ya en plan serio, voy a leer algunos de sus versos para dar una idea de por qué me gusta su obra poética, en la que encuentro profundidad, síntesis y lucidez. En uno de los poemas de “Los jardines ajenos” dice:

No

hubo

palabras

tropiezos

en la

quebrada

voz

acaso

luz de

flashes

rebotando

en el

lodo

En este poema, Baudelio sugiere que las palabras también son tropiezos, que el lenguaje y las palabras son herramienta para expresar necesidades, ideas y emociones. Pero las palabras también sirven para engañar y diseñar macro estructuras enfermas, como las ciudades que habitamos, donde abunda la desigualdad, la injusticia, contextos pobres y perturbados, como el municipio de Tlajomulco, lugar en cuya Feria del Libro se leen estas palabras, donde se han encontrado numerosas fosas que rebosan cadáveres. También con palabras, ideas y planes de gobierno se diseñan las ciudades como prisiones de concreto, amuralladas, con cercamientos y bardas para las clases privilegiadas que las separan de las clases vulnerables, no solo por el espacio, sino por el tiempo: los traslados, las largas horas invertidas en las distancias, el tráfico que se convierte en una rutina de vida.

Tengo el placer de ser amiga de Baudelio y sé que su sentido del humor es agudo y filoso. Pero en su trabajo poético no hay bromas. No hay dobles sentidos. No hay lenguaje encriptado.

En este libro es la materia orgánica quien habla: la vegetación ruderal, los matorrales salvajes que crecen en lotes baldíos, las yerbas con hojas ásperas, sedientas, las plantas que parece que nacen y crecen solas, que nadie cuida y que prevalecen necias y obstinadas en su verdor, viviendo sin pedir permiso entre las grietas del concreto. Habla también la vida, como una forma vegetal que, descontrolada y anónima, crece precisamente ahí donde nadie la quiere o la espera, como formas a la vez familiares y extrañas, nombradas como si fueran personas: invasoras extremas o migrantes, riesgosas, sin orden, agresivas.

“Los jardines ajenos” presta su voz a esa vegetación y, al hacerlo, también da voz a ciertas vidas que al Estado no le importan. Un apartado del libro está dedicado a la masacre de San Fernando (2010), donde asesinaron a 72 migrantes provenientes de Centro y Sudamérica en Tamaulipas en un tiempo que parece lejano, pero que cada masacre nos recuerda que sigue siendo el tiempo presente. Mientras recorro este libro, pienso en personas que crecen sedientas, en riesgo, precarizadas, que movilizan su destino a partir de la eterna búsqueda de trabajo. Es la mayoría. Regreso a la imagen cinestésica de Baudelio: Esta mayoría, en la que me incluyo, de la que casi todos formamos parte, ¿no es a fin de cuentas sólo una voz, una luz brillante rebotando en el lodo?

En “Los jardines ajenos” encuentro una mirada atenta a las circunstancias del territorio que pisamos. El libro habla de la materia orgánica, de la tierra mezclada con el agua, del lodo como materia oscura y primigenia, en la que, a pesar de todo, surgen plantas y flores. El cuerpo, los cuerpos, ya sean nombrados o aludidos, se nos presentan como vehículo que tiene la capacidad de emitir una voz, una voz poética que trasciende la carcasa de la experiencia humana individual y egoísta.

Se trata de una mirada enraizada en un doble terreno, el que se habita y el de la escritura. En este libro, la escritura de Baudelio se aleja de temas y formas preferidos por algunos escritores jaliscienses de su generación, que rebosan referencias e influencias anglosajonas y europeas: citas, pies de página y guiños a la alta cultura, un lenguaje hiper academizado y descafeinado.

En este libro Baudelio Lara toma la decisión de utilizar un lenguaje directo y enfoca una percepción sensible, pausada, cariñosa y crítica acerca de circunstancias atroces que no terminan de alejarse, pero que tampoco consiguen ser historia, consolidarse como al fin memoria.

En “Los jardines ajenos”, la presencia y el vuelo de las aves juegan un papel importante: el vuelo de las aves le permite al autor establecer conexiones, traslados y cruces entre las plantas de baldío, las aves carroñeras elevan la carne humana al cielo y en el capítulo denominado “Ascenso al Xinantécatl” se emprende una experiencia de vuelo entre las nueve cimas del Nevado de Toluca.

Conforme el vuelo de las aves se despliega en este libro, viene a mí mente el verso del poeta Héctor Viel Temperley: Hasta aquí nada pudo separarme del cielo. A la obra poética de Baudelio, nada ha podido separarla de la realidad.

Texto leído en la presentación de “Los jardines ajenos” de Baudelio Lara, en compañía de Víctor Ortiz Partida y el autor, en la Feria del Libro de Tlajomulco, el 18 de octubre de 2025.

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