Leer poesía y apreciar poesía

Por: Alejandro Higashi
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CUARTO DE MARAVILLAS
Al hilo de los viajes y los descubrimientos, el cuarto de maravillas aparece en el Renacimiento para guardar y exhibir objetos nuevos, singulares o desconocidos del mundo. Este cuarto de maravillas es virtual y está limitado a rarezas de la poesía mexicana.
Leer y apreciar poesía no es lo mismo. Una analogía nos ayudará a entender la diferencia: escuchar música y apreciar música. La distinción no es de matiz o grado, sino de procesos cognitivos. Escuchar música puede ser un acto algo pasivo y hasta reflejo en ciertas circunstancias (ese sonido de fondo en el gimnasio, durante los traslados en el transporte público o en las filas de espera); momentos en los que el estímulo auditivo naufraga sin remedio en el caos de las preocupaciones diarias y sólo alcanza los niveles de procesamiento sensorial primario: advertir una música de fondo o seguir el ritmo con movimientos que surgen sin participación consciente de quien escucha y mueve el pie, la mano, la cabeza o sólo se ejercita o anda, siguiendo el tiempo de los acordes. Apreciar es un acto voluntario que requiere de una enorme inversión de energía atencional para reconocer los patrones armónicos, rítmicos, instrumentales, la arquitectura modular de las composiciones… y formar a partir de todo eso un modelo predictivo que permite identificar cuando la expectativa reconocida se cumple o no, lo que alimenta el nodo central del sistema de recompensas del cerebro para liberar esa deliciosa dopamina que tanto nos gusta. En los motivos musicales apreciamos la repetición; en las variaciones, la capacidad de quien compone para transformar el patrón; y en los desarrollos, la capacidad para conservar y variar simultáneamente. O sea que la sensación placentera que nos provoca una pieza musical no deriva la pieza en sí misma, sino del acto de reconocer que hemos sido capaces de predecir cuándo se cumple un patrón musical y cuando se rompe. Esa dosis de dopamina segregada por nuestro cerebro se forma en el ir y venir del entusiasmo de haber identificado un patrón a la tristeza que provoca su ruptura; el ciclo de ilusión / decepción que reconocemos en las historias de amor más monumentales que nos ha tocado protagonizar.
Pues sucede igual con la poesía. La lectura superficial nos permitirá darle voz mental a sus palabras y, con algo de suerte, advertir un tema (el famoso “este poema trata de…”), pero este procesamiento cognitivo primario difícilmente desentrañará su complejidad arquitectónica y la cadena de recompensas esperada; es probable, incluso, que suceda lo contrario: al advertir que no hemos encontrado ningún esquema, quizá sobrevenga la frustración. Para apreciarlo, necesitamos volver a leer las veces que sea necesario, identificar los patrones y también las rupturas, sólo para descubrir que la frase “este poema trata de…” fue precipitada e inútil, porque el poema siempre trató de otra cosa.
En 1919, José Juan Tablada publicó en Caracas, Venezuela, Un día… poemas sintéticos. El libro está dedicado a Chiyo-ni (1703–1775), poeta de haikús y luego monja budista durante el periodo Edo en Japón, y a Matsuo Bashō (1644-1694), iniciador del género. Conforme a la poética del haikú, de tradición oriental, las composiciones de este libro nacen de la contemplación de la naturaleza tal cual es, sin la intervención de un yo, para dejarla hablar por sí misma; no se busca la visión de mundo o la valoración de quien escribe, menos aún su proyección yoísta. En este peculiar género poético, entre el actuar y el arrobamiento, quien escribe aspira nada más a dejar que el mundo, permanentemente en continua transformación, aflore con toda su intensidad. Uno de los poemas de la colección, titulado con sencillez “La luna”, refleja bien esta intención. Leamos el poema:
LA LUNA
Es mar la noche negra,
la nube es una concha,
la luna es una perla
Al leer, descubrimos desde el mismo título un tema posible (la luna), la mención a la noche quizá nos haga pensar en una escena misteriosa y las perlas, en lágrimas. Juntando los indicios, podría tratarse de un poema romántico. Leer nos da una primera impresión. Apreciar el poema requiere de una lectura atenta para identificar los patrones. Primero, una evidente regularidad métrica que confirma el interés del autor en subrayar la simetría de la composición: todos los versos tienen siete sílabas y acentos en la segunda y sexta; el primer verso y el último riman en é-a (negra y perla). Este patrón acústico riguroso tiene su correspondencia exacta en la organización del texto, con una sintaxis isomorfa: cada verso está compuesto por dos sustantivos (mar/noche, nube/concha y luna/perla), que coinciden con los acentos principales de cada verso y les da más relevancia que a las demás palabras durante la lectura en voz alta, y ambos sustantivos están unidos por el mismo verbo copulativo (“es”). Esta composición sugiere un desdoblamiento simétrico en dos planos, uno bajo (“el mar”) y otro alto (“la noche”) y en un juego de imágenes que se reflejan mutuamente: la nube en lo alto es una concha en lo bajo y la luna llena del horizonte, una perla en la profundidad.
¿Cuándo se rompe este patrón simétrico? Cuando nos fijamos en la disposición espacial de estas mismas palabras: en el primer verso se presentó el mar en primer lugar y después la noche, pero en los versos siguientes primero estarán los componentes del nivel estelar (la nube y la luna) y luego los marinos (la concha y la perla). Advertida esta alternancia, podemos completar la imagen: los tres pares confluyen simultáneamente en el cielo y en la superficie nocturna del agua. El poema expresa que lo alto y lo bajo no se contraponen, sino que son dos perspectivas de una misma realidad. Si a esta nueva ecuación sumamos el hecho de que la noche, la nube y la luna son reales y la concha y la perla su reflejo, el poema propone que la belleza de la presencia no es superior a la armonía que sostiene con su mimesis artística, su reflejo. La belleza nace de la armonía entre la realidad y la ilusión.
En este espléndido haikú, José Juan Tablada muestra que las diferencias que podemos apreciar entre lo alto y lo bajo son proyecciones del yo y que la naturaleza es totalmente ajena a estas jerarquías tan importantes en nuestra cabeza: la belleza de la escena nace de la armonía entre el sonido y la letra, la intensidad de la noche, la nube y la luna… y su reflejo intangible en el mar.
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