Puertas y lápidas a otros mundos.

Por: Ángel Yáñez R.

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¿Cómo la existencia de un par de puertas en medio del Viaducto pueden sacar a alguien de su cotidianidad?


Empujarlo a imaginar historias de todo tipo: torturas policíacas, desapariciones forzadas, secuestros express, simples almacenes de artículos de limpieza o de complejos misterios que escapan al entendimiento humano, de una fuerza un poco lovecraftiana—fuerza aun más marcada en el cuento Los espacios oscuros— que terminará por absorber al protagonista. Armando Enríquez escribe Los umbrales desde una imaginación nacida de la curiosidad y la perturbación. Cede, entonces, esa curiosidad y esa perturbación a la imaginación de todo aquel que lo lee, listas para mermar la mente del lector. Pues, personalmente, yo ya no pude dejar de pensar en ellas. Quise salir a buscarlas, palparlas, contarlas, graffitearlas, quizás abrirlas. Hasta ahora no he tenido el tiempo—o los huevos— de ir al Viaducto y poder quitarme la espina. Pienso que es mejor así.


Los umbrales es sólo uno de los cuentos que compendia este libro, con el cual decidí comenzar ésta reseña por la conmoción que genera, y porque, a ojo de buen cubero, demuestra claramente uno de los postulados del
libro: lo extraordinario está inmerso en el día a día, en los espacios comunes, que muchas veces la prisa y la vida acelerada del chilango promedio y sus obligaciones le impiden conocer. Y sin embargo están ahí, esperando a un despistado que les eche el ojo, les dirija la mirada, les regale unos minutos—o la vida entera— de su apretada agenda.


Y es que en cada una de sus narraciones Armando invita a ser parte de ellas, a alimentar esas fuerzas extraordinarias, a no dejarlas morir. Invitan, como en El océano indestructible, a salir y contemplar las montañas de basura, y sabernos observados, ya por la inmundicia de toneladas de mierda, ya por caciques corruptos que con algo de poder te pueden desaparecer. O en Una vida común, a olvidarse de los mundos, por más
fantásticos o crudos que sean, que nacen de la ficción para situarse de nuevo en el mundo real. O en La risa, a preguntarse quién es más monstruoso, si un experimento que terminó mal, o un experimentador que quiso jugar a ser dios. O en Los espacios oscuros, a darnos cuenta que esos espacios y secretos malévolos habitan en nuestro día a día, latentes y posibles siempre, abiertos a nuestra colaboración en cualquier momento.

En Los espacios oscuros Armando busca ese terror cósmico lovecraftiano para, sin usar figuras prominentes de la cultura popular como nahuales, brujas o lloronas, poder inquietar a sus lectores con nuevos monstruos mexicanos. Personalmente me aterra más la violencia real que México desborda diariamente, y aunque Armando la menciona y la tiene presente, él busca contarnos el lado extraordinario, lo que normalmente “no se ve”. Es válido, a fin de cuentas la literatura nunca dejará de ser un escape, y cumple su función en el sentido de provocar algo.


Por último quisiera también hacer un énfasis en …Y de lápidas mi jardín puesto que, como foráneo que soy, fue la narración con la que pude sentirme más identificado. Es una corta historia transcurrida en provincia, donde una mujer se muda a una casa contigua a un cementerio. Habla y convive con los muertos, pero especialmente con su hija: Laura. Y aunque Armando menciona que este cuento contiene elementos rulfianos yo discrepo, pues considero que lo rulfiano radica en las “trampillas” que teje Rulfo en su narración mediante prolépsis y analépsis, lo que justifica la convivencia de Juan Preciado con los muertos; mientras Lucía—la protagonista de Armando— convive con ellos porque puede escucharlos, porque es una especie de intermediaria entre la vida y la muerte, la única capaz de mantenerlos “con vida” mediante el recuerdo y su nombramiento, como lo hace con Laura:


“Ninguno, sin embargo, preguntó por Laura. Nadie la recordó. Ya no
pertenecía a este mundo. La puerta de nuestra casa se le había cerrado
para siempre. (…) Solo yo puedo hacerla permanecer en el mundo”


Lucía es un ser metamórfico y doloroso en transición constante: habita tanto la vida como la muerte. Para ella se desdibuja la barrera entre esos dos estados, dice no hallar diferencias. Se divierte y agoniza con los vivos, sufre y se agasaja con los muertos. Su vida se bifurca, en ambos lados la esperan: Laura bajo las lápidas: a la otra orilla de la vida, y Jerónimo y los niños sobre ellas: a la otra orilla de la muerte.

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