Obsolescencia programada y el refri de mi suegro

Por: Fernando Clavijo M
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Caminando por la calle empedrada Paseo del Río del barrio Chimalistac veo fachadas de casas grandes y viejas, así como coches con bastantes años —si bien lujosos— y árboles frondosos en un camellón anacrónicamente verde. Pienso que esta colonia no ha sucumbido a la modernidad, aun si eso implica que los años se le noten, y cuán apropiado es esto para el artículo que tengo en mente y por lo cual paseo ahora por esta calle. Me dirijo a ver un refrigerador viejo o, como se dice en términos de consumo y moda, vintage.
Para ello toco la campana de un portón en una fachada cubierta de enredaderas y cruzo una puerta de herrería para ver un piso de mosaico a cuadros del estilo de los cuadros cinéticos que popularizó el artista venezolano Carlos Cruz-Diez y cuyo gran ejemplo aun adorna el piso del aeropuerto de Maiquetía. Todo sobre esta casa es de otro tiempo, desde la música clásica a todo volumen hasta el olor a naftalina. Mi suegro me da la bienvenido y juntos vamos a la cocina, pasando por un armonio laqueado y una máquina de coser de hierro.
En su mesa de madera servimos un par de cervezas, con vasos tomados del estante forrado, y brindamos. “Aquí está el refri”, me dice, apuntando a un aparato de mi tamaño (1.70), color ostión con una manija ligeramente oxidada, muy estilizada, diría que con influencia Art Decó. “Nos lo regalaron al año de casados”, es decir en 1970, “y lleva en esta casa desde que nos mudamos en 1983”. La marca viene en una placa que fotografío, y dice “Leonard, Trimwall Automatic”. Le pregunto si ha requerido algún arreglo, pues mi idea es escribir sobre la durabilidad de los objetos y nuestra relación con ellos, a lo que me contesta que una vez le cambió el foco de adentro y otras tres ha ido un mecánico a dar mantenimiento al compresor o rellenar el gas freón. Nada mal para un aparato de casi 60 años de funcionamiento.
Abrimos la puerta y dentro veo repisas muy amplias, nada de los cajones y compartimentos de los refrigeradores de hoy en día. Bromeo con mi suegro que es el refrigerador de un soltero, prácticamente vacío salvo por queso, café, y una botella de Martini Rossi. “También tengo una de tequila”, me contesta, así que la sacamos y nos servimos uno para ir a platicar a la sala. Nos sentamos y veo, sobre un escritorio un tanto polvoso, fotos de mi propio hijo —su nieto— entre otras en blanco y negro.
La marca Leonard merece una mención, pues fabricó refrigeradores realmente hermosos, cubiertos de madera y con herrajes tallados antes de producir los armatostes blancos que todos conocemos. Charles Leonard fundó la compañía Grand Rapids Refrigerator en 1881. Su mayor innovación fue que era fácil de limpiar pues tenía interiores de porcelana y un compartimento de congelación cubierto de metal, además de que mantenía bien el frío gracias a puertas que cerraban herméticamente. Este mecanismo fue de tal calidad que una de las cosas que me presumió mi suegro es lo bien que cerraba el refri, sin haber cambiado jamás los empaques, y que de hecho se requiere un poco de fuerza para abrirlo. Así, para 1925 la compañía Leonard producía 1 de cada 5 refrigeradores en los EEUU (antes de fusionarse con la Kelvinator de Detroit).
Aunque el hielo ya se utilizaba desde la Edad Media, no se hacía con él mucho más que cocteles y helados. La idea de utilizarlo para conservar alimentos en el hogar tomó tiempo en arraigar en el imaginario y economía populares. Como ejemplo, podemos decir que en el Japón de 1937, menos del 4% de la población tenía refrigerador. Un anuncio de Leonard en el periódico (1935) dice “Leonard brings the new economy”, refiriéndose a supuestos ahorras de hasta un 15% gracias a la capacidad —nueva en ese entonces— de almacenar comida. “Amplios anaqueles le ahorran idas al mercado”, dice otro de 1951. En esos tiempos, la idea de guardar sobras era un lujo, no algo de lo cual avergonzarse como ahora. El efecto de largo plazo del refrigerador fue que la compra pasó de hacerse una vez al día a una vez por semana, con lo cual el tamaño de los supermercados puedo aumentar y ofrecerles economías de escala. Así, en algunas décadas, pasamos del mercadito de productos frescos al Costco de congelados[1].
El avance tecnológico nunca viene sin costo, y así como hemos pasado de comprar comida a diario a almacenar suficiente como para aguantar una pandemia, hemos ido comprando más y más aparatos llamados electrodomésticos. Estos, a diferencia del refrigerador de mi suegro, ha dejado de ser muebles caseros con historia para convertirse en desechables, gracias, en parte, a un fenómeno conocido como obsolescencia programada. La obsolescencia programada es el diseño deliberado de productos con una vida útil limitada, de modo que fallen o queden desactualizados tras un periodo planificado, obligando a los consumidores a reemplazarlos.
Todos la hemos notado. Anecdóticamente, puedo decir que en lo que va del año he tenido que reemplazar el cople de una licuadora Kitchen Aid, reparar la “tarjeta” de un refrigerador, cambiar dos contactos, varios focos, pelearme con una licuadora de mano de marca Braun, y arreglar una cafetera. El costo de todos estos desperfectos no es despreciable. ¿Por qué fallan tanto las máquinas?
Los refrigeradores como el de mi suegro eran mucho más simples mecánicamente, de modo que no ha requerido más que mantenimiento para durar todas estas décadas. Esto es cierto para distintos electrodomésticos. Según los investigadores Kamila Krych y Johan Berg Pettersen del departamento de energía e ingeniería de procesos de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Noruega, por ejemplo, la vida útil de lavadoras y hornos cayó en la década de 1990 de 19.2 a 10.6 años (-45%) y de 23.6 a 14.3 años (-39%), respectivamente[2].
El estudio, sin embargo, no arroja una explicación definitiva sobre lo que causa los desperfectos. Pero en su opinión experta, la dependencia en partes eléctricas, así como el mayor número de funciones añadidas, incrementa la complejidad de las máquinas. A esto debe sumarse que los fabricantes han intentado reducir precio (según el US Labor Department, los electrodomésticos bajaron en precio real un 12% entre 2013 y 2023)[3], y con ello reduciendo la calidad y durabilidad de los materiales (hace poco reemplacé un pistón de plástico por uno de acero inoxidable en una cafetera Pavoni y lo describí en este artículo[4]). Sin embargo, el Wall Street Journal reporta que el gasto de las familias norteamericanas en electrodomésticos subió un 43% es ese mismo periodo, así que. Gracias al reemplazo de unidades efectuosas, la reducción en costos no se tradujo en ahorro para el consumidor. El que crea que la mano invisible del mercado en realidad trae un beneficio neto para el consumidor tal vez deba revisar sus supuestos (spoiler: deberían incluir información perfecta, regulación y visibilización de externalidades).
Si la disminución en calidad no parece lo suficientemente deliberada, hay que considerar la hipótesis de que los aparatos están sobre-diseñados (¿para qué necesita WiFi una bomba de calor?) y son menos susceptibles de reparar. Hace poco, como ya dije, intenté arreglar un desperfecto en un mini-primer, es decir una licuadora de mano, y lo más difícil fue abrirla sin romperla por completo. Tardé una semana en separar su coraza con un cúter pero, una vez abierta, resultó que solo había que limpiar un poco el contacto del botón de encendido. El problema se hace más difícil cuando vemos que el diseño incluye a varias partes soldadas en un solo componente. El sensor de presión de agua de una lavadora, por ejemplo, no cuesta más de mil pesos, pero como está pegado a la tarjeta de circuitos, para cambiarlo hay que cambiar la bendita tarjeta, y el gasto se va a unos 3,500 pesos[5].
Una dificultad más es que las empresas dejan de fabricar piezas compatibles de reemplazo justo en el momento en que la vida estimada de las originales vence, además de que restringen la información e instructivos de mantenimiento[6]. La Unión Europea ha legislado a favor del “derecho a reparar”, lo cual obliga a los fabricantes a producir partes de reemplazo por al menos 10 años y garantizar que sus productos se puedan componer con herramientas comunes. Esto sin tomar en cuenta la pérdida de conocimiento técnico que implica dejar fuera de la jugada a un gran número de usuarios y mecánicos eléctricos. Para hacer una comparación muy mexicana, imaginemos que los electrodomésticos fuesen como un “vochito”, que las partes necesarias estuvieran al alcance de todos y el conocimiento para repararlo en la sabiduría mecánica nacional.
Así pues, la percepción de que las cosas duran menos —y de que esto implica un gasto cada vez mayor— no solo una percepción sino una realidad de nuestra era tecnológica. Algo interesante que notan los investigadores noruegos, sin embargo, es que también existe la explicación de que ahora usamos más los electrodomésticos que antes. Creo que es cierto, cada vez molemos más, limpiamos más, etc. El ejemplo más agudo es, sin duda, el uso del “teléfono” celular. Y, como se menciona más arriba, esto no viene sin un costo. Si bien el uso del móvil genera actividad en servidores que requieren enfriamiento, todo con energía que en su mayor parte proviene de los hidrocarburos, en el caso de los electrodomésticos es notable la producción de basura. Cada vez que reemplazamos un aparato —basta un clic en Amazon— contribuimos a la montaña de basura electrónica. Según un estudio de las Naciones Unidas, los electrodomésticos constituyen más de la mitad del desperdicio electrónico[7]. Para medirlo en costos económicos, baste decir que esta basura equivale a 62.5 miles de millones de dólares anuales, más o menos el PIB de Costa Rica.
En la búsqueda de la marca Leonard del refrigerador que empezó con esta breve reflexión me encontré con un producto secundario de su fortuna: la antigua mansión de la familia de Charles y su descendiente Harry fue convertida en un bed and breakfast muy bonito, llamado The Leonard at Logan House, en Grand Rapids, Michigan, que se puede ver en este enlace[8]. Qué apropiado pasar de la velocidad de consumibles y desechables a la permanencia de ladrillos y pesados muebles de madera. Creo que una visita en invierno ejemplificaría perfectamente lo que es el frío, todo un honor para un fabricante de refrigeradores. Se antoja sentarse ahí con un buen café y ver nevar. Por ahora, más que me conformo con respirar el aire polvoso y tal vez un poco enmohecido de casa de Jorge, mi suegro y amigo, y platicar sorbiendo un tequila enfriado a la Leonard.
[1] https://estepais.com/tendencias_y_opiniones/breve-historia-de-la-tecnologia-culinaria/
[2] https://doi.org/10.1111/jiec.13608
[3] https://www.wsj.com/personal-finance/the-lifespan-of-large-appliances-is-shrinking-e5fb205b
[4] https://artefactodeletras.com/abrelatas-a-la-espera-de-un-cafe/
[5] https://pirg.org/articles/youre-not-crazy-your-appliances-were-built-to-fail-you/
[6] https://www.cbc.ca/news/canada/marketplace-appliances-right-to-repair-1.5475649
[7] https://www.unep.org/news-and-stories/press-release/un-report-time-seize-opportunity-tackle-challenge-e-waste
[8] https://www.leonardatlogan.com/
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