Por: Alejandro Agudo Sanchíz*
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El fallecimiento de Juan Pedro Viqueira coincidió con el trigésimo aniversario de la publicación de Chiapas: los rumbos de otra historia (1995), volumen que él coeditó con Mario Humberto Ruz. Convertido en todo un clásico, continúa siendo indispensable para obtener un completo panorama de la historia de Chiapas y comprender la enorme complejidad tras la rebelión zapatista de 1994. Cuando, en el año 2000, inicié el trabajo de campo para mi doctorado en antropología en ese estado del sureste mexicano, llevaba el libro bajo el brazo (fotocopiado, lo confieso) para no perderme entre los miles de páginas de pasquines, artículos periodísticos y volúmenes de ocasión aparecidos al vapor de la rebelión zapatista.
También para mi fortuna, antes de concluir mi investigación doctoral apareció Encrucijadas Chiapanecas (2002), una suerte de “Viqueira reader” que recoge diversos textos de su autoría, algunos nuevos, la mayoría ya presentados como ponencias o publicados en diversos libros y revistas, aunque aquí aparecen corregidos y actualizados: desde trabajos resultantes de sus indagaciones históricas hasta ensayos donde, sobre la base de su amplio conocimiento del pasado, se involucraba en los debates del presente; y, también, reflexiones acerca de los presupuestos sobre los que cimentó sus trabajos historiográficos, presentadas con el deseo de animar un debate académico sobre el que Juan Pedro había llegado a tener una opinión no muy optimista.
¿Cómo evitar contribuir al descrédito en el que han caído nuestras disciplinas humanas y sociales?, se preguntaba Juan Pedro en el ensayo que cierra Encrucijadas. Como mínimo, la historia no puede pretender contar lo que les “sucedió” a la “Nación”, la “Región” o la “Etnia”, sino narrar la construcción misma de estos “sujetos” colectivos abstractos, conceptuales, evanescentes (a cuya esencialización han contribuido demasiados investigadores sociales, precisamente, al darlos por sentado). Es preciso mostrar, histórica y etnográficamente, las muchas y cambiantes maneras en que el sujeto es percibido y definido por diversas instituciones y actores sociales –investigadores incluidos–, con el fin de revelar la elasticidad de sus fronteras y la heterogeneidad de su composición. El objetivo de este “método de los desfases”, como lo bautizó Juan Pedro, es “poner en evidencia la imposibilidad de todo sujeto de coincidir con él mismo”.[i]
No puedo pensar en mejor máxima de investigación que ésta. La situación que encontré en la zona chol del norte de Chiapas era más compleja que el esquema consistente en el enfrentamiento entre grandes terratenientes y sus milicias paramilitares, apoyados con armas y recursos por el gobierno, y un campesinado indígena oprimido y empobrecido, integrante o simpatizante del movimiento zapatista. En esta y otras regiones de Chiapas, las tierras ocupadas por aquellos identificados con la bandera del zapatismo eran, en su mayoría, pequeñas propiedades privadas, y los conflictos resultantes tendieron a suceder entre grupos campesinos con formas de vida relativamente semejantes, pero con orígenes e identificaciones contrastantes. A menudo, el criterio para definir un terreno como expropiable no era su extensión en sí, sino una compleja y cambiante historia de relaciones de poder. En la región chol, la gradual proximidad económica entre “indígenas” y “mestizos” o “caxlanes”, a lo largo del siglo XX, había resultado de la gradual redistribución de la tierra (por medios que incluían la ocupación campesina a la par que la expropiación legal) y su concomitante proceso de fragmentación y minifundización agrarias. Conforme las grandes fincas habían ido dividiéndose en ranchos, los antiguos propietarios de origen extranjero pasaron a engrosar la categoría de los caxlanes. Para la década de 1980, algunos de estos últimos no distaban tanto de los campesinos indígenas en cuanto a la cantidad de tierra poseída. De hecho, la diferencia entre un “rancho” y una “parcela” en el sistema clasificatorio local dependía de si el dueño de la propiedad en cuestión era considerado caxlán o indígena, respectivamente. Estas complejidades reflejan los cambiantes significados de distintas posiciones socioeconómicas en concordancia con modificaciones en las construcciones culturales de relaciones interétnicas, especialmente en lo concerniente a ideas sobre el poder político y la acumulación de riqueza.
Es esta diversidad misma la que, lamentaba Juan Pedro, termina negándose al desconocer las diferencias existentes al interior de un grupo y cosificar sus fronteras sociales, haciéndolo aparecer como semejante a sí mismo en el espacio, en la escala social y a lo largo del tiempo. La necesidad de definir y simplificar la realidad, así como el peso de los estereotipos de la política y del sentido común, hacen que, para demasiados científicos sociales, sea difícil percibir y tratar a los sujetos colectivos como construcciones conceptuales e históricas, de una sociedad determinada o del propio investigador.
Por todo lo que conocía del trabajo de Juan Pedro, recibí con emoción desbordada la invitación a participar en el seminario que él y Marco Estrada dirigían en El Colegio de México, en el que, entre 2003 y 2007, se discutieron distintas versiones de los textos que compondrían el libro Los indígenas de Chiapas y la rebelión zapatista. Microhistorias políticas (2010). Sin embargo, trabajar bajo la coordinación de Juan Pedro podía ser todo un reto. El aparato crítico de los autores y autoras que contribuimos a Microhistorias tendría que agilizarse y quedar tras los acontecimientos y relaciones narrados, no delante de ellos, para no tapar la historia que cada quien debía contar. En las breves “Consideraciones preliminares” del libro, Juan Pedro mencionaba la decisión “de darle a todos los textos una forma fundamentalmente narrativa”, habiendo partido “del supuesto de que los lectores pueden interesarse más en la información que hemos recabado que en nuestras disquisiciones teóricas o políticas”. Así, añadía, “hemos decidido retirar los andamios con los que construimos nuestras investigaciones para hacerlas más atractivas y más comprensibles […] el relato complejo y la descripción densa pueden llegar a ser la mejor forma de dar cuenta de las realidades sociales”.[ii]
En contextos moldeados por los laberintos de la política de facciones y de las biografías individuales, el relato complejo de legados históricos en movimiento nos permite comprender, también, las identidades y posiciones de esos otros por los que parece difícil tomar partido (rancheros, paramilitares, enemigos que a menudo pertenecen a las mismas familias o comunidades). Se necesita saber qué es lo que ha estado en juego en una localidad o región durante largo tiempo, y cuáles han sido exactamente los espacios y objetos de disputa entre actores diferencialmente situados, los cuales adoptan unas u otras banderas u opciones políticas (influidas por factores más amplios) en contiendas que a menudo tienen profundas raíces históricas. Después de todo, “Si la vida social y política fuera transparente, no se necesitaría etnografía en absoluto”. [iii]
El capítulo que contribuí a Microhistorias políticas se benefició, así, del recordatorio de Juan Pedro acerca del que quizás sea el primer o más importante compromiso de la antropología: proporcionar una descripción densa de los órdenes locales que, en su perspectiva, habría de incluir un conjunto de relaciones históricas, políticas y económicas que añadiesen complejidad a las “tramas de significación” a las que célebremente se refirió el antropólogo Clifford Geertz.[iv]
Narré cómo, un mes después del levantamiento de enero de 1994 y declarándose “zapatistas”, un grupo de familias de El Coloquil –un barrio del ejido El Limar, en el municipio de Tila– había invadido la última propiedad privada que quedaba en las inmediaciones. El agravio de los ejidatarios de El Limar creció al haber sido privados del rancho cuya anexión ellos mismos habían estado solicitando al gobierno, desde 1988, bajo las banderas del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y de una organización popular desgajada del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Con el fin de disputar el rancho invadido, la mayoría de los ejidatarios y avecindados de El Limar se adhirió o simpatizó con Paz y Justicia, una organización creada a inicios de 1995 bajo el auspicio de políticos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y ganaderos de otras regiones que temían por sus propiedades ante invasiones como la de los coloquileros. Históricamente excluidos de las dotaciones y compras de tierras del ejido, estos últimos habían actuado como guardias blancas o patrullas privadas al servicio de un cacique que dominó la vida política y económica de El Limar durante las décadas de 1950 y 1960. Ello consolidó la estigmatización de los coloquileros como gente “atrasada”, “mala” y “violenta”, al tiempo que éstos acusaban de abandono y discriminación históricos a los ejidatarios de El Limar. Para simplificar un tanto esta “microhistoria”, podría decirse que los coloquileros se habían convertido en “zapatistas” tras haber sido guardias blancas, mientras que los limareños pasaron de perredistas a “guardias blancas” de los rancheros priistas contemporáneos.
En un correo electrónico a Juan Pedro, me quejé amargamente de que los reseñistas parecían no haber entendido mi capítulo en Microhistorias. Un autor criticó que no podía negarse el fenómeno de la paramilitarización en el norte de Chiapas, mientras que otra reseñista afirmó que habían sido los coloquileros quienes habían solicitado formalmente el rancho invadido bajo la cobertura del PRD y la organización popular. En respuesta a mis lamentos, con su célebre ironía, Juan Pedro me respondió: “¿pero, cómo quieres que lo entiendan, si los malos pasaron a ser buenos y los buenos se convirtieron en malos?” A buen seguro estaría pensando que, para estos lectores, había sido demasiado el “desfase” entre las distintas formas de aparecer de los sujetos de la narración a través de la historia, del espacio y de las escalas sociales.
[i] Este texto es un extracto de la ponencia presentada en el coloquio Homenaje. Un año más con Juan Pedro Viqueira, El Colegio de México, 19 de marzo de 2026.
[i] Viqueira, J.P. (2002). Una historia en construcción. Teoría y práctica de los desfases. En Encrucijadas chiapanecas. Economía, religión e identidades. México: El Colegio de México/ Tusquets, p. 396.
[ii] Viqueira, J.P. (2010). Consideraciones preliminares. En M. Estrada y J.P. Viqueira (coords.), Los indígenas de Chiapas y la rebelión zapatista. Microhistorias políticas. México: El Colegio de México, pp. 16-17.
[iii] Gledhill, J. (2000). El poder y sus disfraces. Perspectivas antropológicas de la política. Barcelona: Bellaterra, p. 372.
[iv] Geertz, C. (1973). Thick Description: Toward an Interpretive Theory of Culture. En The Interpretation of Cultures. Nueva York: Basic, pp. 3-30.
*Profesor-investigador en el Departamento de Ciencias Sociales y Políticas, Universidad Iberoamericana





