Musarañas 37

Por: Francisco Segovia

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UN REFUGIO PARA LOS PÁJAROS

de Yael Weiss y Pedro Strukelj (sobre el Taller Martín Pescador) ~

Hay cuando menos, que yo sepa, tres libros sobre Juan Pascoe y el Taller Martín Pescador. Todos tienen el mismo título, pero se distinguen por llevar, o no, una precisión cronológica, y por el crédito que su portada da, o no, al autor. Así, el primero se llamó simplemente Taller Martín Pescador y no ostentó ningún nombre de autor; el segundo, Taller Martín Pescador 1999-2009, reconoce: “Compilador: Juan Pascoe”; el tercero, Taller Martín Pecador 1971-2014, atribuye la autoría completa a Juan Pascoe, que esta vez lo escribe al modo de las memorias personales, aunque en la portadilla dice que se trata tan sólo de un “anecdotario y bibliografía”. (Hay una edición de este volumen en inglés, aunque no es propiamente una traducción sino más bien una adaptación, hecha por el propio Pascoe, titulada A Printer’s Apprentice.) Los dos primeros libros recogen ensayos varios, sobre todo de los poetas que publicaron sus primeros “libritos” (o plaquettes) bajo el sello del Taller Martín Pescador, entre los que se encuentran Carmen Boullosa, José María Espinasa, Alfonso D’Aquino, José Luis Rivas y yo mismo. Estos ensayos están escritos, por así decir, desde dentro del TMP, pues Pascoe tenía la costumbre de poner a trabajar en la imprenta a los autores jóvenes que publicaba; dicho de otro modo, los educaba en el arte tipográfico, y de paso les enseñaba a ver su obra como la ve quien la compone en letras de plomo y la dispone en las páginas de un libro, creando así una obra artística completa e independiente, que el poeta nunca imaginó que suscitarían sus poemas. También escribían desde dentro los que no se esforzaban en las prensas, pero conocían a fondo la historia y los entresijos técnicos de la tipografía, en especial la de Pascoe, como María Isabel Grañén Porrúa y José G. Moreno de Alba. Desde fuera, en cambio, escribían los que visitaban el taller una o dos veces, para entrevistar a Pascoe o reseñar un libro recién salió de sus prensas. A esta última categoría pertenecen, y no, los autores de Un refugio para los pájaros, Yael Weiss y Pedro Strukelj. Trataré de explicar brevemente por qué digo esto.

            Ninguno de los dos autores de este libro mete las manos a la masa, como los poetas, ni se mete mucho en los intríngulis del arte tipográfico, como los historiadores, pero ninguno se contenta tampoco con una breve ojeada al taller, como los periodistas. Su visita dura varios días, durante los cuales ven a Pascoe y sus oficiales (Fermín, Martín y Florencio) trabajar y convivir entre ellos como hacen en sus días normales, sin cuidarse de ojos ajenos. Pero Weiss y Strukelj los observan y dan luego testimonio de lo que han visto. Su libro es, por eso, una crónica donde se entremezclan con fluidez un poco de historia personal y del taller—, algunas conversaciones (más que francas entrevistas), retratos varios de lugares, personas, cosas, etc. Las primeras líneas del libro declaran: “Miramos cómo dos hombres imprimen los pliegos de un libro en una prensa manual de palanca con tipos móviles de plomo”. Esta distancia de los observadores le da al libro una ligereza y frescura que se refleja bien en su título, que no remite a la consabida reclusión de Pascoe en un trapiche sin agua ni electricidad, con el probable fin de convertirse en el mejor impresor que ha habido en México, sino a una razón más humilde y tangible, que él mismo asienta sin muchos aspavientos y como a la pasada: construir un refugio para los pájaros. El asunto remite, desde luego, a los problemas ecológicos de la región, y Weiss los recoge de la preocupación de Pascoe­ para presentarlos en toda su gravedad, pero sin demasiado dramatismo. Sobre el cultivo del aguacate —actualmente controlado por el crimen organizado— y su sustitución por el de la zarzamora —del que participan los Urbina (Martín y Fermín)—, dice Weiss:

Resulta que la zarza chupa igual cantidad de agua y de productos químicos que el aguacate. Pero es aún peor, porque ni siquiera es un árbol que dé sombra. Es un arbusto.

       Se sigue talando monte, se van secando los arroyos, se hace caliente el clima. Los animales se van quedando sin casa. Los pájaros, sin ramas.

Como podrá adivinarse, no es éste un tema que aborden a menudo los ensayos dedicados al arte tipográfico de Pascoe.

            A este testimonio narrativo —que, como hemos visto, se da con cierta distancia— su une otro más inmediato: el del dibujante. Dice Weiss de él:

Pedro hace trabajo de ‘cuadernista’, es decir que retrata en directo las escenas que se desarrollan frente a él. Atrapa los gestos al vuelo en uno o dos o tres croquis sucesivos. Dibuja a los músicos que dan un concierto, a la gente que baila en la plaza de Tacámbaro, a los amigos que beben o a los hombres que imprimen un libro, como aquí.

El contraste entre estas dos formas de rendir testimonio queda aún más claro en los siguientes párrafos de Weiss:

Pedro dibuja todo el día y yo trato de tomar algunas notas. Lo envidio por esta forma de trabajar en vivo. Apenas nos marchemos él ya habrá terminado con lo esencial, mientras que yo apenas empezaré el primer borrador. Necesito estar sola para escribir. Necesito una soledad que rellenar con presencias y voces. Necesito también la distancia y el olvido, porque eso me obliga a colmar los huecos de la memoria con un poco de imaginación.

       Así que mientras Pedro trabaja, doy primero vueltas por las estancias del Taller, observando el trabajo, y luego dormito en el rincón de los sueños, junto a la prensa que atienden Juan y Martín.

Es ya tanta la confianza entre los miembros del taller y sus cronistas que ninguno siente la necesidad de atender al otro y Weiss incluso se echa a dormitar en el camastro que usa Juan en el taller, ese camastro que llama “el rincón de los sueños”. Y así, mientras ella dormita, Strukelj trabaja “en vivo y en directo”. Pero no se crea que son sólo imágenes lo que sus dibujos captan; también él oye, y en sus páginas deja que se cuelen algunas palabras que ha escuchado al vuelo. Por ejemplo, en una escena que muestra a Pascoe, componedora en mano frente al chibalete, se leen las siguientes frases, una aquí y otra allá: “la misma cantidad de esfuerzo y sufrimiento que en el arte”, “atrapado en mi vida”, “lucha con los materiales”. Son cosas que seguramente dijo Juan en su conversación, y que el dibujante retuvo, aunque no aparezcan en el relato de la escritora. Lo del dibujante es la imagen, desde luego, pero su ojo no deja de ser una guía también para el relato en prosa de Weiss. Ella lo sabe y lo muestra aquí y allá. Por ejemplo, en este diálogo:

       —¿Te has fijado —me dice [Pedro]— que a pesar del aparente desorden muchos objetos están acomodados como sobre una página?

       Tiene razón. Las imágenes en sus marcos están derechas y se despliegan armónicamente en el espacio. Las puertas y ventanas, que son rectángulos, han sido coronadas con algún objeto bien al centro: piedras labradas, un santo antiguo, una herramienta, alas de papel, un cuadro. Estas piezas decorativas están separadas de la chambrana superior de las puertas por un espacio siempre igual, como un interlineado.

       —Mira el arreglo casi rítmico de esas pieles de serpiente.

       Me señala la pared. Están acomodadas por tamaño, de la más corta a la más larga y separadas por espacios exactos, como una pauta sobre papel.

La observación es precisa, y preciosa: ¡Hasta las paredes, los nichos, los libreros… ¡todo! en el Taller Martín Pecador está dispuesto como una página! Pero no una página cualquiera, como esas que se conforma con llenar de renglones regulares la industria editorial. En estas páginas, como ilustran bien los dibujos de Strukelj, hay lo mismo pieles de serpientes junto a jaranas jarochas que cuadros al lado de quijadas de burro y máscaras. Todo según un orden difícil de precisar, porque parece desorden, crecimiento silvestre y descuidado, pero que a fin de cuentas surge “naturalmente”, como las selvas y los bosques, en donde cada cosa tiene su lugar. Así es la casa de Pascoe, así es su taller, así son las páginas que compone. Y eso es, justo, lo que logran ver y nos enseñan Yael Weiss y Pedro Strukelj en Un refugio para los pájaros.

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