Lecturas y afectos en torno a Bryce

Por: Giancarlo Poma
Compartir este texto:
Es cierto que no se puede realizar una semblanza de Alfredo Bryce Echenique sin abordar sus asperezas o pretender matizarlas. Ya será labor de biógrafos y periodistas. Aquellos que lo conocieron de forma íntima tendrán también mucho qué decir acerca de su carácter o su calidad como persona. Yo no lo conocí. Alguna que otra vez lo tuve a menos de un metro, pero no tengo foto, ni recuerdo haber cruzado palabra o siquiera mirada con él.
Esto último, sin embargo, es una gran mentira. Bryce me habló, como a tantos de sus lectores, desde sus historias, con la voz entrañable de un amigo, de un familiar bohemio y cómplice. Y también me vio, como a todos los que nos refugiamos en sus palabras, desde las solapas de sus libros, en las fotografías de los diarios, acaso las postales que nos enviaba cada cierto tiempo para hacernos saber que no se había olvidado de nosotros, que solo estaba de viaje, pero ya pronto recibiríamos noticias suyas.
Era uno de esos autores que decía escribir para que lo quieran más. Yo lo leí queriéndolo mucho, y puedo dar fe de que muchos otros cercanos a mí también.
Desde aquel primer contacto durante el colegio, mi relación con su literatura siempre estuvo marcada por la amistad. A los catorce o quince, El Gordo me pasó un cuento suyo titulado Apples. Y cuando digo suyo, me refiero al Gordo, pues mi amigo, muy suelto de huesos, me explicó que el título se lo había copiado de un tal Bryce que le había tocado leer para la clase de Lenguaje. No recuerdo quién me tocó a mí, pero sí que, además, tuve que leer a Bryce, ya que el Gordo quería que le confirmara si había logrado imitar su estilo (años después, a manera de homenaje, yo también le robaría algún título al Gordo).
Fue hace tanto tiempo, sin embargo, que tal vez lo esté recordando mal, y no haya sido El Gordo quien me introdujo a Bryce, sino El Narizón (hablo de amistades forjadas en un colegio de varones a fines del siglo pasado, no le haría justicia a nuestra memoria colectiva si los llamara por sus nombres). Así que, en caso haya sido el Narizón, lo que debió prestarme fue La felicidad ja ja. Aseguraba que el libro lo había acompañado en varios trayectos de vuelta a casa, y a mí ni se me ocurrió cuestionarlo, pues no conocía a nadie que viviera tan lejos del colegio como él. Cuando se lo devolví, me confesó que no lo había terminado. Solo le parecía que yo vivía más lejos aún.
Aunque también cabe la posibilidad, ahora que recuerdo mejor, que haya sido Pollo Gordo el que nos presentó a Bryce en cuarto de secundaria. Y ahora que yo también soy profesor, me pregunto si en verdad lo tenía planeado o solo fue una de esas clases en las que ya no queda nada por hacer salvo improvisar. Lo cierto es que Pollo Gordo nos comenzó a leer El descubrimiento de América hacia el final de la hora, y cuando sonó el timbre del recreo, nosotros le pedimos que siguiera de largo para saber en qué terminaba. Bastará decir que América era el nombre del interés amoroso del protagonista para explicar nuestra desmedida curiosidad. Más que monos en celo, sin embargo, éramos monos torpemente enamorados de nuestras Américas, o peor aún, añorábamos siquiera conocer una América para enamorarnos. Habríamos aceptado cualquier continente con tal de aliviar nuestra incontinencia, que no era de lujuria, contra todo pronóstico, sino sentimental (en un colegio de varones, a fines del siglo pasado, el sexo no era tan tabú como el amor).
Ya luego vendrían Reo de nocturnidad, que me lo prestó ese amigo que cuidaba casas vacías durante el verano, o No me esperen en abril, que una amiga de la universidad me confió una tarde aun cuando lo necesitara para su examen del día siguiente. Tendría que seguir de largo durante el recreo para contarlo todo. Bastará decir que varios de los libros que he leído de Bryce pertenecen a otras bibliotecas y muy pocos de los que están en la mía recuerdo haberlos comprado yo.
Supongo que eso es lo que nos queda de Alfredo Bryce Echenique a quienes nunca lo conocimos. El anhelo de haber compartido un secreto a través de su prosa. La gratitud de haberlo leído porque en algún momento hubo alguien que nos quiso más.



