Historia antropológica y antropología de archivo

Por: Alejandro Agudo-Sanchíz*
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En la España franquista, la única vía de entrada a la antropología parecía ser la puerta trasera de la historia –un par de asignaturas sobre las sociedades indígenas del Nuevo Mundo, en el caso concreto de la carrera de Historia de América en la Universidad de Sevilla– y a través de aquello que, aún en la década de 1980, se conocía como “etnohistoria”. El problema de aquel producto híbrido era que los antropólogos se negaban a reconocerle el estatus de disciplina científica tan arduamente conquistado por ellos, mientras que los historiadores lo desdeñaban con los temores de quienes defienden una menguante parcela privada de la usurpación definitiva.
Estos separatismos y rencillas afloran en cierta forma en los trabajos producidos por Pilar Sanchíz Ochoa durante las décadas de 1970 y 1980, los cuales ofrecen reflexiones y crónicas sobre una época significativa de las ciencias humanas. También encontramos en ellos referencias fascinantes a “antropólogos de archivo”, “historiadores antropológicos” y arqueólogos que son al mismo tiempo antropólogos del pasado (y, por qué no, antropólogos-arqueólogos del presente).
La tesis doctoral de Pilar Sanchíz se inscribió en un proyecto sobre etnohistoria de Guatemala en el siglo XVI, fruto de la colaboración entre la Universidad de Sevilla (su alma mater) y la Universidad de Pennsylvania. Dicha tesis se basó en una investigación en el Archivo General de Indias de Sevilla, que fue tomando forma a partir del interés de la autora en la vida familiar de conquistadores y colonizadores. Lenta, trabajosamente, los documentos relativos a “probanzas de méritos y servicios”, informes de cabildos seculares y eclesiásticos, testamentos y “pleitos” –de catalogación tan hostil para la antropóloga– fueron permitiéndole encontrar el hilo conductor que necesitaba. En muchos de ellos se aludía a una forma ideal de comportamiento cuya interpretación recaía en planteamientos clave de la antropología. Dichos documentos reflejaban una preocupación constante de los vecinos de Santiago de Guatemala durante el siglo XVI sobre los componentes del estatus de hidalgo (la “casa poblada”, la cultura equina, la posesión de tierras): el análisis de este sistema de valores fue la vía para llegar al conocimiento de la estructura social, los intereses y la forma de vida de los integrantes de aquella sociedad. A partir de esta tesis vio la luz el libro Los hidalgos de Guatemala. Realidad y apariencia en un sistema de valores (1976), uno de los libros más difundidos de Pilar Sanchíz –por desgracia, la muerte la alcanzó mientras trabajaba en una segunda edición revisada, en septiembre de 2025.
Mediante la elucidación de los “valores de la hidalguía” a partir de las declaraciones de “informantes” antropológicos desaparecidos hace tiempo, la autora empezó a gestar una visión crítica de la etnohistoria. Esta perspectiva tomaría forma tras sus dos primeras estancias de investigación en Guatemala, en 1977 y 1978, como integrante de un proyecto interdisciplinario destinado, en parte, a combinar la “antropología de archivo” con la investigación etnográfica en el presente. Para Pilar Sanchíz, aquélla revestía el estudio de la población guatemalteca antes de la conquista y durante el siglo posterior a la misma. Mientras sumaba la investigación en el Archivo General de Centroamérica a su experiencia anterior en el Archivo de Indias, sin embargo, nos la imaginamos reflexionando acerca de lo que había posibilitado su inmersión tan profunda en el “presente etnográfico” de los hidalgos, lo cual hacía automáticamente ingenua la pretensión de dar un tratamiento equivalente a los indígenas de la Colonia –para no hablar de aquellos anteriores a la conquista. ¿Fueron acaso estos últimos los productores de los documentos archivísticos o los promotores directos de la información contenida en los mismos? ¿Son realmente sus voces las que quedaron plasmadas en las “probanzas de méritos y servicios” y las “tasaciones de tributos? ¿Qué postura metodológica ha de adoptar la antropóloga de archivo con respecto a la “etnohistoria” de las poblaciones indígenas colonizadas?
Años después, en un artículo breve y polémico publicado en la revista Archivo Hispalense, la autora señalaba la creciente convergencia entre la investigación antropológica en los archivos y sobre la memoria histórica de sujetos vivos, por un lado, y la exploración realizada por los historiadores mediante el diálogo con interpretaciones e intereses antropológicos, por el otro. No obstante, también mencionaba feroces resistencias territoriales a esta confluencia interdisciplinaria: tanto los “antropólogos de campo” como muchos historiadores españoles de la época atacaban a los antropólogos de archivo por intentar introducir objetos de estudio extraños en sus respectivas parcelas. Estos ataques, aunados al temor de ser considerados productos híbridos sin identidad disciplinaria propia, estaban incluso consiguiendo que los antropólogos-historiadores se replegaran y redujeran su introspección histórica a las sociedades ágrafas.
Había un motivo más profundo para esta renuncia: el temor ante la dificultad de aplicar los procedimientos antropológicos a la documentación histórica. Tras reconocer estos obstáculos, Pilar Sanchíz enumeraba ciertos tipos de documentos que, por su propia naturaleza, pueden sin embargo arrojar más información etnográfica que otros: las tasaciones de tributos, las visitas realizadas por autoridades civiles y eclesiásticas y las ordenanzas para la organización de las comunidades indígenas. Para transformar evidencia histórica en etnográfica, sin embargo, la investigadora había de “generar” sus propios datos: inferir sistemas de valores y estructuras sociales a partir de los hechos y personalidades destacados en documentos específicos. Como había ilustrado en Los hidalgos de Guatemala, ello implicaba someter las fuentes históricas a nuevas preguntas a partir de conceptos y modos de interpretación antropológicos.
Estamos, en otras palabras, en el terreno de Malinowski –uno de los fundadores de la etnografía moderna– y su célebre distinción entre diferentes niveles metodológicos: “Todo antropólogo que estudia una comunidad ha de […] marcar la diferencia en sus anotaciones de campo entre acciones y comportamiento por un lado y creencias y valores por otro, señalando en cada caso lo que la gente realmente hace, piensa y cree y lo que dice sobre lo que debería hacer y creer”.[i] En la Guatemala del siglo XVI, los clérigos impusieron a los indígenas que contraían matrimonio la “donación” de trece tostones o monedas que, en el ceremonial religioso, simbolizaban los valores cristianos sobre las relaciones entre marido y mujer. Ciertos documentos de archivo, sin embargo, revelan que a los integrantes de las capas bajas de la sociedad indígena se los obligaba a casarse en grupo para poder reunir entre todos los trece tostones requeridos por el clérigo. Si redirigimos nuestra atención de los valores al comportamiento, concluiríamos que el uso de monedas para cumplir idealmentecon el ritual católico estaba motivado, realmente, por la consecución de los intereses económicos del oficiante a través del pago por sus servicios. Descubrir esta conducta real a partir de la trama de valores y comportamientos, mediante la asimilación y el análisis de la información documental, es lo que hace que el investigador acabe por “sentirse, en cierto modo, inmerso en la sociedad objeto de su interés”.[ii]
Al igual que la investigadora de campo, la antropóloga de archivo tiene que aclarar cómo adquirió el conocimiento de la sociedad que estudia. Seguimos, pues, en el terreno de Malinowski –esta vez, en lo relativo a su diferenciación entre las observaciones e interpretaciones propias y aquéllas realizadas por los “informantes”. Es necesario “señalar si la descripción de esos dos aspectos conductual y mental […] proceden de una visión externa a la cultura analizada, la hecha por un observador (perspectiva etic) o si procede del interior del sistema, si constituye el punto de vista de los propios participantes (perspectiva emic)”. [iii]
Ahora bien, aquí acaba el paralelismo con el antropólogo de campo. Separada en el tiempo de la sociedad que estudia, la antropóloga de archivo se ve obligada a trabajar casi exclusivamente con información emic: en este caso, la de los españoles de la Guatemala de hace cinco siglos, tal como aparece en sus numerosos relatos e historias. En muchos de estos documentos, los curas, encomenderos y oficiales reales hablan de las costumbres y vidas de los indios, o bien éstos declaran y dicen lo que aquéllos quieren que declaren y digan. En lo respectivo a la población indígena, entonces, el “punto de vista del nativo” al que se refiere Malinowski resulta en gran parte inaccesible: los datos sobre sus valores y creencias ya han sido convertidos en información etic por los españoles de la época, según nos advierte Pilar Sanchíz. De hecho, la investigadora interesada en la cultura y la sociedad de los indígenas, antes y después del contacto con los españoles, se asemeja menos a una etnógrafa que a una arqueóloga por la dificultad para deducir datos etnográficos del material de que dispone. Dicho material puede consistir en algunos códices, quizás traducidos por los mismos misioneros que los preservaron de la destrucción, pero sobre todo en datos sobre cultura material, demografía, producción, organización familiar o incluso manifestaciones religiosas: esto es, “restos arqueológicos” con información exclusivamente concerniente al comportamiento real de las sociedades indígenas –inaccesible el nivel ideal de sus valores y creencias–, la cual nos orilla a realizar trabajos puramente descriptivos por la imposibilidad de interpretar un material que ya ha sido interpretado por otros conforme a sus propios valores e intereses.
Como preguntaba Talal Asad en su aguda reseña del libro de Eric Wolf, Europa y la gente sin historia, ¿acaso hay historias de la gente sin Europa? Puede que, como concluye Wolf en su libro, la historia de los procesos globales iniciados por la expansión europea sea, también, la historia de todas las sociedades no europeas. Pero, ¿hasta qué punto son éstas “coautoras” de la historia de la formación del capitalismo global? ¿Es esta historia la única que puede escribirse sobre esas sociedades?[iv] Más importante aún, si la “realidad” resulta accesible sólo a través de “categorías” (como diría Kant), ¿acaso existen accesos privilegiados a la realidad que sean independientes de las explicaciones sobre la misma? Wolf pretende explicar la historia de las sociedades no capitalistas mediante categorías como la del “modo de producción basado en el parentesco”. Los vínculos de parentesco son importantes para movilizar el intercambio de trabajo y el acceso a tierra en dichas sociedades, pero estas “funciones” no son el parentesco: éste tiene una existencia previa a aquéllas. Puede que el propio concepto de “modo de producción” sólo tenga utilidad explicativa con respecto al capitalismo.[v] Puede que no exista una clave para acceder al secreto de las sociedades no capitalistas, como concluye Asad; o, como diría nuestra autora, sólo podemos acceder al nivel de su comportamiento real, ya que el resto ha sido convertido en información etic por las sociedades capitalistas mediante sus propias abstracciones, categorías y requerimientos históricos.
Con su artículo en Archivo Hispalense, Pilar Sanchíz completó un recorrido que, a partir de su investigación sobre los hidalgos de Guatemala y tras años de bucear en los archivos, la llevaría a romper definitivamente con la etnohistoria. Lo que propuso en su lugar fue una antropología histórica de las sociedades pretéritas que generaron una abundante información documental: la antropóloga adapta sus métodos y técnicas tradicionales al objeto de estudio del historiador. Sus puntualizaciones metodológicas sobre el quehacer del antropólogo de archivo le sirvieron, así, para marcar sus diferencias con los historiadores de “las gentes sin historia”. Mientras que, en su círculo académico inmediato, pareció aceptarse su propuesta de sustituir la noción de “etnohistoria” por la de “antropología histórica”, su argumento sobre la dificultad de aplicar el método etnográfico a la población indígena de las épocas prehispánica y colonial fue recibido con hostilidad y censura. Recomiendo no leer la reedición de su texto de Archivo Hispalense que apareció más de diez años después, cercenada, en una compilación titulada, curiosamente, Antropología histórica: la Audiencia de Guatemala en el siglo XVI (1997).
[i] Sanchíz Ochoa, P. (1985). El Archivo de Indias y la antropología americana. Archivo Hispalense 68 (207-208): 281.
[ii] Ibid., p. 280.
[iii] Ibid., p. 282.
[iv] Asad, T. (1987). Are There Histories of Peoples Without Europe? A Review Article. Comparative Studies in Society and History 29 (3): 603-604.
[v] Ibid., pp. 601-603.
*Profesor-investigador en el Departamento de Ciencias Sociales y Políticas, Universidad Iberoamericana
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