Cómo escribí algunos de mis sonetos (X)

Por: Dan Russek

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Algo más sobre aquello de sonetizarlo todo.

Lo confieso: me da vueltas ese truculento todo.

No seré el único, ni el último, que inocentemente se aboque a esa empresa perdida de antemano. ¿Cómo dar cuenta de la totalidad que nos abraza? Lo sé: entre yo y el todo (o como es conocido en las altas esferas del Cosmos: el Todo) llevo las de perder (me dicen al oído los que saben: el Todo te dará con todo…).

Ni la ciencia ni la filosofía, luego de siglos de infructuosos intentos, emprenden ya, con justa razón, ese camino. Nos quedan, al menos, la poesía y la imaginación. Borges nos regala un esbozo del Todo hecho palabra, ese hermoso modelo para armar: su vistoso Aleph. Aunque nos deja atisbar lo Sublime, no deja de agregar las salvedades del caso. El mismo cuestiona la posibilidad de llevar a buen puerto su empresa, ya no se diga el ir más allá de esa dinámica retacería que pone en juego: “el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito”.

Yo tengo unos cuantos sonetos dedicados a la Totalidad. Uno de mis favoritos captura la experiencia de ver, durante una noche despejada en un trecho de campo alejado de la ciudad, la bóveda celeste poblada de astros. Quedarse ahí, mirando a lo alto, solo, pasmado, puede dar una medida justa de lo que, de pronto, en la intemperie, somos: casi nada, apenas una indecisa emoción ante el espectáculo que se ofrece. Y esa emoción que nos visita, me parece, lo hace muy poco a menudo: me refiero a la reverencia. El soneto, titulado “Soneto existencial bajo el cielo estrellado”, aparece en Dones del día (p.131):

Mira arriba la noche que anonada:

dibuja, tachonada de centellas,

el hacinado mapa de la nada

que acoge a Aquel que es todas sus estrellas.

Te pierdes como en senda descarriada

ante lo enorme que borra tus huellas:

eres brizna sin peso ni pisada,

frágil fantasma que no deja mellas.

El polvo mínimo del que procedes

como tu se dispersa, vagabundo.

Nada eres, nada sabes, nada puedes.

Acata al fin tu ser insuficiente

y ofrece en tu silencio el más profundo

asombro y una mirada reverente.

Si el Cosmos es de suyo desmesurado, sonetizarlo todo también me ha llevado a explorar el mundo en la magnífica abundancia de su minucia, como si en la pequeñez del polvo olvidado en las esquinas se hallara la solución al secreto de la existencia, o como si (de nuevo el Aleph) lo más bajo fuera espejo de lo más alto. De ahí mi “Soneto a la grandeza de las cosas pequeñas”, que encabezo con los famosos versos de Blake sobre el infinito en la palma de la mano, y con otros de Alfonso Reyes, que parafrasean esa idea. Si Neruda, en su sentido poema “Pido silencio”, pide permiso para nacer, en mi soneto pido permiso para ver. Dice:

To see a world in a grain of sand

And a Heaven in a wild flower.

Hold Infinity in the palm of your hand

And Eternity in an hour.

Auguries of Innocence”, William Blake

            La eternidad del mundo

se vuelve familiar,

y suelta lo minúsculo

sabor de eternidad.

“Nora jugando a las estrellas”, Alfonso Reyes

Como el polvo en la esquina de la sala,

la pequeñez perdura: lo astronómico

se transforma, al mejor estilo gnómico,

en lo sublime, pero a breve escala.

El virus, elusivo como bala,

en su insidioso blindaje anatómico,

es del cosmos milagro taxonómico

que ni la red más sutil acorrala.

La bacteria es ballena en su cultivo,

y el ala de dibujo distintivo

de la libélula traza vitrales

como en la altura de las catedrales:

así lo mínimo, humilde, trasciende.

Quien ojos tiene para ver, comprende.

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