Cómo escribí algunos de mis sonetos (IX)

Por: Dan Russek
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Diré cómo nacisteis, sonetos consentidos. No a la manera de esos placeres prohibidos que Cernuda, con justa indignación, reivindicó para mayor gloria del deseo. Lo mío resultó más bien imprevisto, azaroso, indeciso (creo).
Mi primer soneto lo escribí en abril de 2021, rayando mi sexta década de vida y ya bien entrada la famosa pandemia del 2020.
Tomó un tiempo a que el nefasto virus se esparciera sigilosamente por la atmósfera y causara sus estragos. Los lectores de cierta edad lo recordarán: crecido y creciente número de enfermos, muertos en exceso, hospitales rebasados, restricciones de movimiento y reunión, paro económico, precauciones como no se habían visto en décadas (distancia física, uso de máscaras, cuarentena), resistencias al nuevo orden impuesto, conspiracionismo, y en medio de todo esto, la búsqueda urgente de la vacuna contra ese nefasto virus que nuestros cuerpos –humanos, demasiado humanos– no podían combatir por sí solos. Ante el embate del pernicioso organismo, aspirar a que nos rescatara de la crisis de salud pública la sola inmunidad de rebaño, estaba fuera de todo alcance social y consideración médica.
Así las cosas.
Recuerdo (vagamente) la evolución de la pandemia. Es como si a escasos cinco años de distancia, la memoria del suceso, aun en su catastrófica escala, se ha ido difuminando. Así el tiempo irá espesando en abstracta neblina la memoria de los hechos… Recuerdo bien, eso sí, uno de los momentos iniciales en la nueva costumbre que la pandemia habría de imponer. Sentado a la mesa de una cafetería vacía, en una tarde gris, ya casi a la hora del cierre, recibí un mensaje de mi jefe explicando que se suspendían clases presenciales. Quedaban aun varias semanas de labores. De ahí en adelante sería el atrincherarse en ámbitos domésticos para no aumentar el riesgo de contagio.
Para algunos, dicho sea sin humor negro, la pandemia resultó provechosa. No me refiero a los mercaderes de medicinas o los comerciantes de respiradores que de un día a otro habrán triplicado sus ingresos. Cuando digo que trajo beneficios, no quiero parecer antipático, cínico, sociópata o misántropo. Sé de gente que enfermó, de gente que enfermó de gravedad, y de gente que murió (de cóvid o covid: lo mismo da, que el virus mataba por igual). Para aquellos afectados directamente en su salud o su empleo, ningún buen recuerdo podría traer la pandemia. Pero hubo quienes, por azares del destino, nos mantuvimos más o menos al margen de la emergencia. No por ninguna virtud en particular. Hay que imaginarse a la insignificante hormiga que sobrevive a una furiosa estampida de elefantes, no por alguna congénita fortaleza o elaborada astucia, sino por la mera suerte de quedar alojada en una minúscula grieta en el suelo, mientras arriba el paso violento de las bestias hace retemblar la tierra. A veces te toca bailar con el más feo (de los virus), otras te quedas en la esquina, viendo los toros desde la barrera.
Lo que el confinamiento trajo fue más tiempo para hacer lo que algunos ya hacíamos de por sí: leer y escribir, escribir y leer, pensar y repensar, investigar en línea, ampliar el horizonte cultural y artístico a fuerza de navegar la red, todo sin la obligación de lidiar con las tareas y distracciones del mundo (mi empleador tuvo a bien no despedirnos, sino pedirnos, tan pronto como pusieron a nuestras disposición los utensilios de la educación a distancia, que nos adaptáramos a los nuevos tiempos. Eso hicimos).
Fue en ese contexto de asociabilidad impuesta cuando empezó esta aventura poética mía que no tiene para cuando acabar.
Escribí al inicio: diré como nacisteis… Pero, bien mirado el asunto, no recuerdo con exactitud (cosas de la neblina que difumina a la memoria) cómo nacieron mis sonetos. ¿Cómo, primer soneto, viste la luz? Ese motivo inicial, ese impulso que me movió a crear algo que nunca había intentado, se me escapa. A menos que tengamos una memoria como la que ostentaba Ireneo Funes, o llevemos un pormenorizado registro, un diario donde asentemos por escrito cada hora lo que acaece cada hora, más el testimonio de grabaciones, fotografías y videos para hacer espeso el caldo de la propia biografía, todo queda absorbido por la porosa esponja de los años…
El lector puntilloso –tal vez yo mismo, yo mismo sobre todo- verá una grave falla en esa laguna del conocimiento, en ese vacío que se cierne sobre el primerísimo momento de la creación, sobre todo en una serie de ensayos como esta, titulada “Cómo escribí algunos de mis sonetos”. Habré pensado: ¿por qué no escribir un soneto para la ocasión? Es lo más plausible. La idea era que el poema respondiera al momento de emergencia colectiva. Lo dediqué a la vacuna que vendría para protegernos (alabada epidemiología) del mentado virus. Como si a fuerza de bien forjados versos, llegaría el día de la redención médica.
Ya se veían venir, desde ese primero intento, la fina ironía (dicho con fina ironía) y el diálogo informal con la tradición poética que le daría ese sabor tan suyo a algunas de mis composiciones.
Compartí en Facebook ese primer soneto: “Soneto a la vacuna”. El epígrafe rezaba: “dedicado a los epidemiólogos del mundo que luchan día y noche para hallar las rimas con las cuales acabar con la pandemia.” No es que de verdad imaginara que, combinando el abecedario del código genético, la poesía daría con la sustancia preventiva. Más bien, me atrajo trenzar dos ámbitos harto distintos (la poesía, en esta esquina, y la biología, en esta otra) y tal vez imaginar la síntesis que surgiría de tal encuentro. Imaginar que la Naturaleza es una Gran Sopa de Letras donde lo que debemos hacer es rearticular las combinaciones de signos que den con la fórmula (mágica) que al fin nos rescate del desastre. (Algunos pensarán en las especulaciones de la Cábala hebrea: yo no). Tal vez se esconde detrás de esta advocación el implícito reconocimiento de la inutilidad de aquellos que nos dedicamos a jugar con las palabras y hacer versos, mientras los epidemiólogos reales intervienen realmente en la realidad real, metidos hasta los codos en el fondo del caldo de cultivo de la Vida, hasta que, aprendices de brujos, extraen, como por arte de magia, la cura (qué lo-cu-ra). Tal vez eso que avistan los esforzados biólogos en el momento decisivo de su descubrimiento, ahí en los espacios microscópicos del cosmos, se da gracias a un Algo imponderable que no es tan distinto a lo que los poetas experimentan, en la interioridad más íntima de su ser, cuando la inspiración ilumina sus caminos.
Por ahí va la cosa.
El soneto (Dones del día, p. 41) dice:
Un año hace ya de enseñanza alterna
en esta vida toda hecha dolencia:
del cuidado intensivo en la caverna
a la máscara que harta la paciencia,
el virus sigiloso prevalece.
Implanta con misterio temeroso,
en el mundanal ruido que ensordece,
un silencio de muerte escandaloso.
Huyó lo que era firme, escribe un vate.
Huyó lo que era firme, escribe un vate.
Y no obstante, Natura es altruista
cuando la cura al trastorno combate:
en dosis suaves del virus esquivo
la luz del túnel, al final, se avista.
Consigné primeramente la suerte que nos deparó la pandemia al variar el modo en que impartíamos clases hasta entonces. Un año ya llevábamos de educación a distancia. Eso de “vida toda hecha dolencia” era mi guiño empático a las millones y millones de personas que sufrían los embates de la enfermedad y sus secuelas. Y esa implícita enumeración, ese rango que abarca dos términos:
del cuidado intensivo en la caverna
a la máscara que harta la paciencia
era mi modo de referirme, primero, al aislamiento forzado, sea en la unidad de cuidados intensivos, sea en el propio hogar, convertido en fatigoso refugio o inhóspita caverna, y segundo, a ese aditamento que de pronto nos veíamos forzados a usar (dicho sea esto pensando en las nuevas generaciones, que seguramente no entienden esa referencia). La máscara se volvió entonces, no el último grito de la moda, sino el requisito para salir al mundo y compartir el espacio con otros seres humanos. El hartazgo era mayúsculo, pero no había otra opción sino continuar enmascarado.
Escribí que el “el virus sigiloso” prevalecía e implantaba su enigma (cómo, cuándo, porqué, y sobre todo, hasta cuándo). Este par de versos, dilecta alusión a Fray Luis de León y a nuestra sólida tradición barroca, pletórica de antítesis, no requiere mayor elucidación:
en el mundanal ruido que ensordece,
un silencio de muerte escandaloso.
El poema continuaba con una alusión al conocido soneto de Quevedo:
Huyó lo que era firme, escribe un vate,
Nada queda sino lo fugitivo.
Todo para acabar con un punto de optimismo:
Y no obstante, Natura es altruista
pues meses de intenso trabajo redundarían por fin en la creación de la vacuna,
cuando la cura al trastorno combate:
en dosis suaves del virus esquivo
la luz del túnel, al final, se avista.
Mi soneto, entre anhelante y premonitorio, lo vio antes que nadie…
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