Un engranaje familiar

Por: Fernando Clavijo M.
Compartir este texto:
Siempre me ha parecido revelador observar qué elige la gente para adornar sus espacios. Todo lo que no tiene una función práctica —desde un cuadro o una pieza arqueológica, hasta un recuerdo familiar como una figurilla o una pieza de pesado cristal— está ahí para decir algo, para expresar una parte del mundo interior de quien habita ese lugar. Son gestos mayormente voluntarios de identidad, mensajes sin destinatario fijo que sí conscientemente proyectan estatus, pero de forma inadvertida refuerzan y honran historias, inclinaciones.
He llegado a la pequeña oficina dentro de un taller mecánico y lo que veo me enternece. No están ahí los acostumbrados posters de chicas en bikini, ni calendarios de aceite o anticongelante, ni afiches de bandas de rock o coches exóticos. En la pared, lo único que cuelga como adorno es una vitrina de acrílico con una colección de carritos Hot Wheels. Esos pequeños autos de juguete, que podrían parecer meros recuerdos, dicen mucho más que cualquier imagen de potencia o velocidad. Expresan un tipo de fascinación infantil por los autos que no es analítica, ni monetaria, ni utilitaria, es decir masculina. Se trata de un amor inocente: el tipo de vocación que precede al oficio, que lo hace posible antes incluso de saber un ápice de mecánica.
El dueño de la colección, Daniel Montes, es el especialista en transmisiones automáticas. Ubicado en el segundo piso del taller —una especie de tapanco— me lleva detrás de anaqueles llenos de piezas relacionadas a la transmisión, como son bombas de aceite, cárteres, convertidores de par y varios ejemplos de una pieza asombrosa, con la cual yo también empiezo a transportarme a una juguetería: el tren epicicloidal o “engranaje planetario”, un conjunto de engranajes menores (planetas) que giran alrededor de un engranaje central (sol). Su función es dirigir y controlar la potencia del motor y con ello la velocidad. Es, para ponerlo en términos que un niño pueda imaginar —si es que la era digital permite tal cosa—, una relojería un poco más grande. En efecto, el trabajo de la transmisión es controlar la fuerza bruta del motor, que para el momento de llegar al engranaje mencionado ya ha sido transformada de lineal (es decir, del movimiento de los pistones) a rotatoria, en un eje llamado el cigüeñal. La transmisión le pone riendas a esta fuerza.
Toda esta explicación es algo que debo preguntar mientras atravesamos los anaqueles —y que Daniel me expone y reformula con la paciencia de quien también se maravilla— para llegar al fondo, donde hay una mesa de trabajo metálica, muy ordenada y rodeada, en su parte posterior, de cajones. Es como mi escritorio, pero en vez de lápices, plumas, tijeras, clips y pares de lentes tiene desarmadores, sensores, pinzas y un sinfín de herramientas e instrumentos mecánicos y electrónicos. Sobre esta, igual que en mi propia mesa de trabajo, hay una computadora. Solo que esta “computadora” no es digital, sino completamente análoga. Es tan análoga, de hecho, que parece un cerebro.
Este “cerebro” es nada menos que el cuerpo de válvulas, una carcasa que contiene conductos que se abren y cierran para controlar el flujo y presión de fluido de transmisión automática (ATF). Abierto en dos, esta pieza de acero azulado muestra conductos, pasajes y cavidades. Es como un laberinto, y por ello la comparación con un cerebro es un lugar común. Su función es recibir la información electrónica sobre velocidad y aceleración que de diferentes sensores, y transformarla en información mecánica por medio del control de fluidos a embragues y frenos, y de este modo realizar cambios de marcha. Una computadora sin chip ni tarjeta. Daniel sonríe ante mi estupefacción por esta pieza, el centro de la operación de este taller. Su ethos: no en vano lleva el nombre Transmisiones Automáticas del Sur, S.A.[1]. Daniel es un entusiasta de las transmisiones y habla de su trabajo como un privilegio.
El hermano de Daniel y copropietario del taller, Fidel, me cuenta que su padre, Pedro Montes, vivió una verdadera odisea antes de llegar a ser mecánico. Originario de San Miguel Achiutla, Mixteca Alta de Oaxaca, trabajaba desde niño como pastor de borregos y chivos. A los 13 años, cuando su abuela acudió al entonces DF a una operación de cataratas, él vino a la ciudad y trabajó en una cafetería y luego como zapatero para solventar la intervención. Trabajó en ferreterías, taquerías, de todo hasta que en 1989, ya con hijos que mantener, entró como chalán en un taller de transmisiones. Poco a poco, trabajando coches en las calles de Mixcoac, luego en La Candelaria, Avenida Revolución, donde sufrió el revés de un fraude y volvió a quedar en la calle. Para el 2003 tenía una atiborrada refaccionaria que atendía coches en la banqueta de la calle Puebla, en Tizapán San Ángel[2] (no lejos de los famosos tacos El Arbolito). Sin estudios básicos, mucho menos de mecánica, la familia entera arreglaba transmisiones por recomendaciones de vecinos y clientes anteriores. “Gozábamos de mucho trabajo”, me dice Fidel.
Así, Pedro Montes transitó de un pueblo en el que no pasaban coches a comprar un terreno baldío en el que hoy en día hay un galpón que atiende 50 a 60 vehículos al mes. Aunque conservan el nombre Transmisiones Automáticas del Sur, SA, ahora tienen conocimiento y equipo para atender todo tipo de desafíos mecánicos. Trabajo, seriedad y aprendizaje continuo, algo que se nota en el orgullo y dignidad con la cual esta familia se porta.
Cuentan con equipo especializado porque se capacitan continuamente; su modelo de negocio es recuperar la inversión en maquinaria y equipo gracias a una alta productividad. El boroscopio, por ejemplo, una cámara digital flexible que entra por el menor recoveco para encontrar fisuras o imperfecciones en bloques de acero, facilita el diagnóstico. Lo mismo sucede con la competencia en el uso de escáneres, para los cuales Fidel toma cursos en electrónica y lee manuales como si fueran biblias. Entre los que me muestra están el Think Tool Platinum S20 de la marca ThinkCar, que es de los más nuevos y se asemeja a una Tablet de niño, pues lleva protecciones de hule. Entre los más viejos se encuentran el Launch X 431 Master y el CIS car tool, del tamaño de un celular. En términos mecánicos, las rampas elevadoras que veo con una Suburban encima cuestan hasta 250 mil pesos, pero facilitan el desmonte de cajas de cambio gracias también al uso de un gato telescópico. Si estas herramientas suenan atractivas, imagine el lector cajas de herramientas Husky del tamaño de un asador grande.
En el almacén de al lado guardan el stock de refacciones (y, como corresponde a la candidez de esta empresa, un balón de futbol). El almacén tiene, principalmente, lo necesario para armar transmisiones, como son los discos metálicos (también llamados separadores) y de pasta (llamados de fricción), que se identifican por el número de dientes y, juntos, se conocen como embragues multidisco, la parte de una transmisión que transmite torque para el cambio de marchas. Entre las piezas más numerosas están: juegos de juntas, juegos de retén (que son empaques circulares que evitan fugas en ejes rotativos), ligas. Como los juegos de juntas son específicos para cada modelo de coche, tienen un gran número de ellos, pero me llaman la atención los de coches icónicos del parque vehicular mexicano, como el Tsuru o la Windstar. Esto me lleva a preguntar sobre el modelo de coches que más atienden, en términos de años. Su clientela tiene vehículos con una edad de entre 10 y 20 años, es decir ni nuevos ni antiguos, pero viejo comparado con otros países. Pero resulta ser el mercado más necesitado de atención pues, según El Heraldo, la edad promedio del vehículo mexicano es de 16 años[3].
Para surtirse refacciones y partes, este taller está articulado en una de los complejos industriales más completos de nuestro país. La economía gira cuando se comunican clientes de coches con técnicos especializados, pero además rectificadores, refaccionarias, hojalateros, vulcanizadoras, especialistas en sistemas hidráulicos y suspensiones, torneros, recicladores, procesadores de herramienta y un sinfín de otros oficios. Además de los 8 mecánicos que emplean actualmente, Daniel y Fidel cuentan con Fanny, la administradora y figura de gestión interna —o housekeeping— en esta empresa, pues tiene bajo se mando las facturas, inventario de refacciones, y trato con los clientes. Fanny —34 años, pelo corto, pantalones y botas de trabajo— no quiere quedarse en la oficina, y busca capacitarse en el uso de escáneres para colaborar en los diagnósticos.
En la parte de abajo atienden una Land Rover de más de 20 años, la mía. A Fidel le gusta restaurar coches icónicos y entre ellos está esta camioneta, además de una Defender de 1979 con volante del lado derecho y un Impala SS 1969. El trabajo para esta camioneta es reemplazar componentes desgastados del motor (4.6 litros, V8), como son los metales de bancada y de biela, los anillos de pistón y la bomba de aceite. El monoblock del motor está colocado en un sostén que se conoce como un “rosticero”. Es una pieza hermosa, azulada y tan sólida que golpearla con los nudillos no produce sonido alguno. Fidel y Álvaro David López —con licenciatura mecánica de 4 años en la Escuela Mexicana de Electricidad, plantel Centro— me muestran estas piezas, además de los pistones, árbol de levas y cigüeñal, para hacerme ver las imperfecciones causadas por la fricción. Es parte del desgaste natural, me dicen, pero esta puede acelerarse cuando la bomba de aceite no tiene la presión correcta y la lubricación es insuficiente. Yo escucho, pero apenas logro ver las imperfecciones…me parece que los cubiertos de mi casa están más rayados que estas piezas lisas y brillantes.
Repaso, con ayuda de esto expertos, mi comprensión del funcionamiento de un motor de combustión interna y me topo con términos como el “tiempo de motor”, que refiere al movimiento del árbol de levas causado por el desplazamiento de pistones, y me abandono completamente a preguntar sin razón alguna, ya hechizado y olvidando el objeto de este artículo. En el suelo está el múltiple de admisión, con tubos que recuerdan a un nautilus gigante, propio de Julio Verne. Álvaro me comenta que el monoblock tiene conductos internos, “venas principales”, lo que, junto con el parecido a un cerebro del cuerpo de válvulas descrito más arriba, le da a toda esta visión un aire Lovecraftiano.
Motor, transmisión y transeje trasero, he aprendido, son las partes de un tren motriz. En este taller he visto la estructura de este tren mecánico repetirse a nivel económico, con los eslabonamientos industriales de diferentes escalas en los que se involucra la práctica de la reparación mecánica, hidráulica, electrónica e incluso estética. Es también, de una manera transparente y honrada, un tren generacional en el cual la capacidad de asombro y de trabajo impulsan la superación y la comunidad para producir valor económico y otro valor intangible. Es este valor intangible, la combinación de orgullo, integridad y curiosidad heredada, lo que demuestra que en México el trabajo honesto sí sigue siendo suficiente, incluso urgente.
[1] Cruz del Farol Mz 17-Lt 1, Cruz del Farol, Tlalpan. Tel: 55 3851 8955.
[2] De hecho, la recomendación del taller de Fidel vino de un antiguo vecino de Tizapán. No lejos de ahí, sobre Ave. Revolución, el mecánico Andrés Reséndiz se especializaba en coches alemanes y motos de alta gama en sus talleres Servicio OK y más adelante Motohaus.
[3] México ocupa el lugar 62 de entre 75 naciones contadas por S&P Global Mobilty: https://www.heraldo.mx/ruedan-en-mexico-autos-viejos/




