¡Ecuaciones cuadráticas!

Por: Miguel Esteva Wurts
Caja de compartir
En mi caso, fue el doctor M quien me arruinó las matemáticas.
c. Mi libro de matemáticas, el de antes de que llegara el doctor M, todavía lo tengo por ahí, extirpado subrepticiamente de la escuela con todo y mis apuntes a lápiz en los márgenes. Seguro AnaP me ve con cara de ¿para?, pero lo guardo en la eventualidad de que de repente me entren unas ansias tremendas por hacer ecuaciones cuadráticas o lo que sea.
Por el momento acumula polvo.
Pero, cuando regresamos aquel verano, el profesor a quien conocíamos porque llevaba un par de años en la escuela y quien impartiría el curso de mate, desapareció. Como sucedía en el Edron, el director entró en crisis y se pescó al primer fulano que se le cruzó enfrente. En este caso, fue el doctor M, catedrático de la UNAM con impecable pedigree.
El curso de matemáticas estaba diseñado para ser impartido durante los dos últimos años de la prepa: dos años para aprender todos los aspectos de cálculo integral, diferencial, y de sabe Dios que tantos otros aspectos de las mates de los cuales ahora Gusano se reiría de lo básico. Dos años de sentar bases, ir agregando conocimientos, agarrarle modos y mecanismos para resolver problemas.
El doctor M habrá tenido no más de cuarenta años. Menudito, como diría mi suegra, pelo rizado, jeans negros pegados, cara de crisis nerviosa. La clase la tomábamos en donde había sido la cocina de la casa donde estaba el viejo Edron y allí estábamos los cuatro o cinco nerds quienes tomaríamos el curso avanzado de mate. Aquella primera mañana, el doctor M llegó, le echó un ojo al libro en cuyo curriculum basaríamos nuestro aprendizaje por el próximo par de años, y nos aseguró, “esto está muy fácil, en dos semanas lo completamos”. Todos nos vimos con cara de que en dos semanas estaríamos recibiendo la Medalla Fields.
En efecto, en dos semanas, el doctor M recorrió el libro completo. Esto es muy fácil, nos decía al tiempo que garabateaba quiensabe que tantos símbolos en el pizarrón blanco de la cocina, y nos preguntaba, ¿entienden?, sin esperar respuesta, volteando a ver el libro de vez en cuando, y saltándose capítulos enteros asegurándonos de que no importaban, regresando a escribir en el pizarrón blanco repitiendo, esto es muy fácil.
Fueron dos semanas del doctor M escribiendo garabatos incomprensibles en el pizarrón, lanzando términos como integrales, derivadas, Newton, Leibenitz y la manga del muerto. Nosotros lo observábamos como si nos estuviera platicando acerca del apocalipsis zombie. No entendí ni pío. A las dos semanas, el doctor cerró el libro, mismo en el cual nosotros estábamos apenas escribiendo nuestros nombres, y que ni siquiera habíamos abierto.
Asustados de que en dos semanas ya habíamos terminado el curso de dos años, fuimos a hablar con el director de la escuela quien, después de escucharnos, habló con el Dr. M, quien obvio, montó en pantera en contra nuestra.
Con eso de que ya habíamos aprendido todo lo que teníamos que haber aprendido, la siguiente clase el Dr. M la aprovecho para “conocernos como personas” y empezó preguntándonos acerca de nuestros gustos musicales. “¿Qué música escuchan pues?” nos preguntó. “Los Beatles” contesté, otro mencionaron a los Stones, Led, Zappa, Cream. Su paciencia llegó hasta allí. Eso es música de mi época, nos recriminó enojado, “¿qué escuchan ahora los chavos?” No sé si quería que lo introdujéramos a grupos contemporáneos cuya existencia desconocíamos porque nuestros conocimientos se basaban en escuchar Rock101, pero a falta de sugerencias y así como apropos’ de la conversación, nos invitó a un concierto que él y su grupo de rock darían en una tocada aquel mismo fin de semana en algún auditorio en la UNAM.
Al día siguiente nos dio unas fotocopias de la convocatoria con la info completa del concierto.
Fuimos paleros sin torta.
No queriendo alienarlo más, nos sentamos en aquel auditorio el sábado a mediodía, sábado que bien pudimos haber aprovechado para hacer nada. El interior del auditorio era una nube con todo tipo de humos. La ‘tocada’ fue eterna, un grupo tras otro tras otro, cada uno tardándose horas enteras en instalar sus equipos de sonido y quesque’ probando la acústica, misma que al final, sonaba toda igual de destripada. Todos y cada uno de los grupos tocaron música en inglés de los cincuentas y sesentas, integrando de vez en cuando, alguna canción del TRI para que el respetable entendiera que no eran tan malinchistas.
Woodstuck versión Bodega Aurrera.
Obvio, el grupo del doctor M fue el último en tocar. Pudieron haber tocado increíble, pudieron haber sido la segunda venida de Jimi Hendrix. Pudieron. La verdad, no recuerdo. Solo ubico el que tocaron una canción que me gustó, Pink Floyd, me susurró un compañero palero.
Me da mucha pena admitirlo, pero aquel maratonico concierto en el auditorio de la UNAM, fue el primer concierto de Rock al que fui.
De seguro alguno de los grupos habrá tocado alguna canción de Los Beatles, que en ese momento constituía un porcentaje importante de mi acervo cultural en cuanto a música, digamos, contemporánea. Ya luego, poco a poco, incrementé mi biblioteca, nada a comparación al cúmulo de lo que escuchan mis hijos. Por lo menos en eso los eduqué bien. Tampoco le van al América.
Todo esto pasó por mi cabeza la otra tarde cuando escuché, Wish You Were Here por enésima vez en el día. Hay días en los cuales una canción me persigue, y ese día fue la joya de Pink Floyd.
Mi siguiente encuentro con Pink Floyd fue en los cines del Relox, enfrente de donde ahora es la parada de Dr. Gálvez, donde en vez de cines hay un Burger King, un Starbucks y una tienda enorme donde venden ‘artículos deportivos”. En los cines del Relox fuimos a ver The Wall. Al entrar al cine, también nos enfrentamos a una densa nube de múltiples humos y a unas tribus muy distintas a nuestro pequeño círculo de nerds.
Pero Pink Floyd no era lo mío, tardé años en descubrirlos.
En la universidad regresé a ver The Wall con mi cuate Murph. La sala donde era la muestra de cine estaba dentro del museo de la universidad y el ambiente era mucho más fresa que en los cines del Relox, así que la película fue disfrutada libre de cualquier tipo de humo. No obstante, Murph, siendo Murph, sentencio el que la peli se entendía mucho mejor con un número importante de cervezas ya bebidas. “Solo que si tienes que pararte al baño a hacer pipí”, me advirtió, “hazlo antes de Comfortably Numb.”
Seguí sus instrucciones al pie de la letra.
Durante años, Comfortably Numb fue mi referente en cuanto a Pink Floyd. Con esa capacidad mágica que tiene la música para regresarte a momentos específicos, la escucho y, o estoy con Murph, o dentro del Relox.
Ahora, Wish You Were Here es de las rolas que más me gustan de Pink Floyd. Las líneas so, so you think you can tell heaven from hell? y we’re just two lost souls swimming in a fishbowl, year after year son las que, una vez que las escucho, no hay manera de que no se queden conmigo todo el día, brincando de neurona a neurona (ambas dos) dentro de mi cerebro.
Empezar una canción con diez preguntas, y que la primera sea el que si crees ser capaz de distinguir el infierno del cielo, es una genialidad.
¿Crees poder distinguir el cielo del infierno?
Como diría Carmen Aristegui, vaya pregunta… vaya pregunta.
Y es la pregunta que siempre me desvía.
No creo en la existencia de ni uno ni en el otro, pero pasar la eternidad con quien sea, o con todos, tampoco parece cosa sencilla. “Pero es que imagina, poder estar con toda tu familia y tus amigos en el cielo” era el eterno argumento en el Junípero cuando alguna de las Sisters Franciscanas en tercero de primaria nos amenazaba acerca de porque debíamos portarnos bien, y de no andar cometiendo adulterio para poder ser aceptados en el Club de San Pedro.
Pero en realidad, pensé, estes donde te toque estar, arriba entre angelitos o abajo entre diablitos, ¿de qué tanto puedes hablar con, digamos, la bisabuela? La conversación moriría (por así decirlo) al momento en que le dijeras que el otro día habías visto un video en el internet. Tener que explicar las palabras ‘video’ e ‘internet’ a alguien quien jamás vio la tele, es el equivalente de pasar la eternidad en el infierno, ya ni se diga el tener que explicarle TikTok a alguien que no conoció la palabra viral.
Complicado chismear con la tatarabuela acerca de personas que no tenemos en común. ¿Cómo explicarle a la pobre, que con quien se casó la bisnieta era una bala? ¿Qué aportaría ella al chisme? Explicarle que el tataranieto se pasa el día frente a la pantalla jugando videojuegos, ¿o qué escribo un blog?, no se antoja divertido. Entiendo que tienes la eternidad para explicar, pero igual, ¿qué tanto entendería? ¿Qué tanto le importaría? ¿Qué tanto te interesaría platicar con el tatarabuelo con quien no tienes nada en común y cuyo punto culminante en sus tardes era ir a ver si había llegado el tren de la ciudad con el hielo, mientras que el tuyo es ver si ya dropearon’ el último capítulo de Stranger Things en Netflix?
¿Crees poder distinguir el cielo del infierno?, pues.
¿Qué tanto aguantarías los cantos angelicales antes de que en un arrebato empieces arrancando arpas y trompetas al coro celestial y la administración se vea obligado a revocar tu permiso de entrada? ¿No suena más atractivo escuchar el crepitar de los leños en el fuego, ver como se quema el nuevo cargamento de almas recién ingresadas en el circulo de abajo?
Solo imaginar una eternidad de recriminaciones, las de ¿porqué no levantaste la tapa?, ¿hiciste tu tarea?, ¿por qué manejaste en ese estado?, ¿para qué guardas tu libro de matemáticas de la preparatoria?, marea. Digo, asumo que todo esta programado para que este tipo de discusiones ya no existan una vez admitido dentro las Puertas del Cielo, pero sabes que allí estarán esos reproches, colgando encima de toda relación, listas para ser usadas a la menor provocación o al momento en que tu angelito asignado se voltee.
Pero podrías por siempre recordar los momentos felices, argumentarían quienes creen en estos asuntos. Asumo… chance. Pero igual ¿cuántas veces? ¿Cuántas veces puedes recordar lo bien que te la pasaste en el viaje a la playa con la familia, o cómo fue que te enamoraste?, todo siempre con las mismas personas. Como para sacarte un ojo para hacer la eternidad más divertida. El problema es que solo tienes dos.
Para no volverme loco con esas preguntas que a ningún lado me llevan, regreso a la segunda línea que me gusta de esa rola, la de we’re just two lost souls swimming in a fishbowl, year after year, misma que se me hace tan atinada y tan triste, tan desesperada, tan angustiante, tan romántica. Es una maldición y una bendición. Es lo que somos cuando tenemos la suerte de encontrarnos con ese alguien, dos almas extraviadas, rondándonos, dándonos vueltas, ojeándonos, coqueteando, discutiendo, viviendo. Día tras día, año tras año.
Lo que me regresa al título de la canción, que es lo único que deseo ahorita.
Bueno, eso y resolver algunas ecuaciones cuadráticas de mi empolvado libro de matemáticas.




