Australia: poetas de la desolación y el espejismo

Por: Gabriel Trujillo Muñoz*
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“Una nación de árboles, verde apagado y gris desolación… de esfinges demolidas o leones de piedra desgastados… la llaman un país joven, pero es mentira: ella es la última de las tierras, la más vacía… sin canciones, arquitectura ni historia: sus ríos ahogados por las arenas de su interior… inundado por tribus monótonas… cuyo lema no es vivir sino sobrevivir en la tierra moribunda… en el desierto árabe de la mente humana, que como todos los desiertos aún espera a los profetas por venir”. Estas son algunas de las imágenes y conceptos que el poeta A.D. Hope (1907-2000) utilizara para describir a su país en uno de sus poemas más famosos y titulado “Australia”.
Otro poeta australiano, contemporáneo suyo, describió la desolación del desierto en uno de los poemas más importantes del siglo XX: “Nullarbor”. William Hart-Smith (1911-1990), donde aparece Australia como el fin del mundo. El poeta viaja en un tren, símbolo de la civilización y el progreso, que atraviesa las tierras desérticas del interior y lo que observa primero es que “Aquí la tierra y el cielo son reducida a su última simplicidad/la tierra es un completo círculo aplanado”, donde los arbustos lucen como muertos pero están llenos de vida. Mientras el tren se detiene y el poeta baja del carro de pasajeros para estirar las piernas, el paisaje le sale al paso con toda su luz y su calor seco, con su tremenda irrealidad:
El desierto, el milagroso, vacío, extremadamente puro desierto
El desierto limpio y el viento brillante
El borde allá afuera
Un corte abrupto al final mas no roto
Un corte inferior que fluye dentro del mismo
El cielo que corre hacia la tierra
Y la tierra que corre al interior del cielo
Líneas largas, líquidas, de un cielo opaco
Ni las rutas que van hacia el borde
Hacia el final del mundo
Y entonces largas islas flotando abajo
Milagro
Es el aire caliente que sube
El aire cálido que comienza a temblar
Que trepida y danza
Destruyendo lo abrupto, el borde de las cosas
Y entonces tú apareces
Tú allí, súbitamente allí, en el desierto
Más allá del tren, más allá
De la línea de carros esperando
Como si tú hubieras aparecido de la nada
Con tu cuerpo negro y tu pelo quemado por el sol…
Tú no nos veías al principio
Tú te alejabas de nosotros cuando apareciste…
Tú, niño, porque ví que eras un niño
Que se detenía y volteaba a verme y corrías
Y luego volteabas de nuevo y caminabas
Hacia mí: cada vez más cerca
Y más cerca hasta que pude verte a los ojos
Y te sentaste junto a mí y te pusiste a ver
Conmigo el desierto
De esta forma, William Hart-Smith nos presenta la diferencia abisal entre el nativo australiano y el hombre blanco australiano: para este último el desierto es un paisaje borroso, con espejismos que destellan a lo lejos; un mundo que se atraviesa con los sentidos obnubilados, sin olerlo, saborearlo o tocarlo; en cambio el niño vive en y por el desierto, es parte de sus ritmos y de sus ciclos de vida. En el poema, después de que el niño se presente como “Eaglehawk”, Halcón-águila, y pida un cigarro al poeta, el tren vuelve a ponerse en marcha y ambos quedan distanciados:
Y miré atrás y tú ya te habías ido
El desierto fluía a mi izquierda
Trayendo un viento formidable sobre mi cabeza
Y las piedras y los arbustos se alejaron
Cada vez más aprisa
Sólo el desierto permaneció sin cambios
Fluyendo en sí mismo: continuamente renovándose
Más rápido y más rápido
Una poeta australiana un poco posterior a la generación de Hope y Hart-Smith es Judith Wright (1915-2000), quien describió en sus textos el proceso de civilizar a la naturaleza por el hombre blanco y cómo en este proceso se perdieron muchos saberes y haceres: “A través de los años hemos cambiado los caballos por land-rovers” y ahora “con el comercio todos los hombres se han vuelto ambiciosos y todos los caminos llevan a la ciudad… a través de pueblos y campamentos oscurecidos por los desechos químicos”. El desierto australiano vuelto un desierto tóxico. Y lo mismo dice el poeta Jack Davies (1917-2000) en su poema “Desolación” (1970), donde este sentimiento de orfandad se intensifica:
Ustedes han transformado nuestra tierra en un sitio desolado
Nosotros tropezamos con una mente blanca
¿Dónde estamos nosotros?
¿Que somos nosotros?
No una raza reconocida…
Siempre un desierto atrás y un desierto adelante
Las tribus se han ido
Las fronteras están rotas
Una vez que hemos comido de su mano
Ustedes nos han dado una lápida
En la poesía australiana moderna, el desierto es un espacio a explotar y sus habitantes, espejismos cada vez más asimilados a la propia civilización occidental. Imágenes para exportar por los medios de comunicación. O como lo canta la poeta aborigen Oodgeroo (1920-1993) de la tribu Noonuccal:
Nosotros somos ahora los extranjeros
Pero es la gente blanca quienes son los extraños
Nosotros pertenecemos a este lugar
Nosotros somos las viejas formas de vivir
Nosotros somos el caribú y la tierra bora
Las viejas ceremonias, las leyes de los ancestros
Los cuentos maravillosos del tiempo soñado
Las leyendas que cuentan las tribus
Somos el pasado, los cazadores y los juegos risueños
Los fuegos vagabundos
Somos la bola de fuego sobre la colina de Gaphembah
Con su estruendo terrible
Sí, el desierto australiano es sus tribus nómadas, vagabundas, sus cuentos y sus cantos que luchan por no desaparecer ante la vorágine globalizadora que todo lo uniforma, lo clasifica y lo empaqueta para su venta en el mercado mundial:
Somos la naturaleza y el pasado,
Las viejas formas de vivir se han ido
O han sido trituradas
Los matorrales y los cazadores y las risas se han ido
Y el águila y el emú y el canguro se han marchado…
Y nosotros nos iremos también.
Para Oodgeroo, el mundo se vacía de significado, el desierto se convierte en una zona poblada por bares, televisores, luz eléctrica y todas las comodidades de una civilización que no desea conocerse a sí misma sino vivir sujeta, del nacimiento a la muerte, en un carnaval de diversiones, inhibiciones y entretenimiento soso y sin memoria. En el desierto, los seres y las cosas desaparecían o aparecían por voluntad propia. Ahora se esfuman porque ya no están a la moda, porque ya no tienen ninguna utilidad en el esquema de compraventa universal de cuerpos y almas.
En esta nueva situación, los aborígenes australianos, los habitantes del desierto, sólo pueden cantar lo que eran y dolerse por lo que son, como la propia Oodgeroo lo hace en su poema “No más bumerangs” de su poemario Mi gente (1981):
No más flechas
No más bumerang
Todo hoy es civilizado
Con cerveza en el bar
No más cacerías
Ni danzas salvajes
Hoy tenemos películas
Que hay que pagar por ver
No más trueques
Cuando vuelven los cazadores
Cuando vuelven los cazadores
Para comprar cosas
Desnudos andábamos
Sin sentir vergüenza
Hoy nos ponemos ropas
Para ocultar quién sabe qué
No más antorchas
Que hacían reír a los blancos
Hoy tenemos electricidad
Pero no estamos mejor
Y la poesía de Oodgeroo, la poeta de la tribu Noonuccal, es un recordatorio perentorio de que, por más adelantos que lleguen a las tierras desérticas, sus habitantes estarán tal vez más cómodos y podrán ver programas de televisión de todas partes del mundo, pero nunca más estarán mejor que cuando caminaban por el desierto en soledad, desnudos y sin temor a deudas o falta de dinero, sin necesidad de patrones que les gritaran, ni jefes que los obligaran a vivir encerrados en el espejismo resplandeciente de la civilización, en ese espejismo que hoy es su cárcel, su asilo:
El cambio es la ley
Lo nuevo debe sacar a lo viejo
Las risas y las voces antiguas se han ido
Pero tú permaneces solitario: sentado ahí
Sólo tú con tus recuerdos…
Tú que cantaste las antiguas canciones tribales
Tú que fuiste el primero en la cacería
Y que estuviste en fieras batallas
Con los viejos enemigos de más allá del río
Todo eso se ha ido: y yo siento
Una punzada de lágrimas
Cuando te veo, Willie MacKenzie
En la casa del ejército de salvación
Una persona desplazada en tu propio país
Solitario entre ciudades abarrotadas de gente, tú
El último de la tribu
La poesía australiana es un relato a muchas voces de la vida de frontera: desde los mitos indígenas de la creación del mundo hasta el relato del conflicto perenne entre civilización y naturaleza en un entorno desértico e inhóspito, pasando por la épica de la exploración de todo un continente y la saga de los pioneros fundadores de ciudades. Una poesía, en cierto sentido, hermana de la poesía estadounidense (Whitman, Williams, Ginsberg, Merwin) por su canto a la naturaleza salvaje en perpetua transformación, al paisaje como espacios abiertos y desafiantes. Sólo que los poetas australianos lo están haciendo no en los tiempos actuales, de cara al siglo XXI. Poesía ancestral y moderna a un mismo tiempo. Canto chamánico y relato de la tribu globalizada. Poesía fronteriza que no teme romper moldes, crear nuevas rutas expresivas, descubrir enigmas milenarios y plantear estéticas contemporáneas. Poesía de viajeros sin más carga que sus propias ambiciones, de gambusinos sin más sueños que sus propias metáforas, de gente que ha puesto sus palabras al servicio de la vida comunitaria, de la libertad sin límites, del lenguaje como trance a la medida del paisaje que habitan, del agreste mundo que son.
En tal sentido, ya es hora de estudiar los vasos comunicantes, los lazos visuales y creativos, entre la poesía australiana y la poesía del norte de México. Esa poesía hecha desde la desolación de las zonas áridas de nuestro país, donde también los espejismos abundan, lo mismo que las polvaredas, “las antiguas canciones tribales”, las ciudades inalcanzables. Esos horizontes planos, abiertos a la mirada, expuestos a la luz que ciega e ilumina, que habla desde las arenas milenarias con su lengua de fuego, con su poesía eternamente solitaria. En estos versos, el tiempo es otra cosa: un pasado en remolino, un futuro por alcanzar. Ese presente perpetuamente vivo. Ese aquí que es todo el cosmos.
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