El color de la tristeza (1)

Por: Adrián Muñoz
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Pilgrimo caminaba tranquilo y sin ninguna cosa en particular en la cabeza. Andaba y escuchaba el último trinar de los pájaros antes de que fueran a dormir y miraba la luz diurna difuminarse en el horizonte. Trataba de decidir qué tonalidad pintaba el cielo a la lejanía: una extraña confusión de azul, ocre y malva. De pronto, lo abordó un sentimiento pesado que no vio venir; lo invadió por dentro y lo dejó apesadumbrado.
Desaliento, desánimo, abatimiento. Todo estaba en apariencia bien, plácido. Pero esta ola de bilis negra igual lo inundó todo. Pilgrimo caviló. Nostalgia, añoranza, morriña. Se hizo preguntas. Melancolía.
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¿Por qué para algunos este estado les es tan estimado, tan seductor? ¿Por qué —a pesar de su inminente o aparente costo emocional— algunos sucumbimos tan fácilmente, tan voluntariosamente? Muchos le rehúyen, como si de la peste se tratara; otros incluso la invitan a quedarse hasta muy tarde. Existe en este estado un deleite difícil de entrañar; se trata de un extraño gozo, puesto que, de hecho, no implica lo que podríamos llamar el agradable placer de la tranquilidad y la dicha. En palabras de Gibran Khalil Gibran: “Las personas melancólicas gozan lamentándose”.
En sentido estricto, en el uso cotidiano la melancolía es vista con malos ojos. Extrañadas o aun escandalizadas, las personas tienden a alejarse de quien la experimenta. En una sociedad de multimedios masivos, la melancolía parece un tanto fuera de lugar—y de tiempo. Curiosamente, nuestra civilización contemporánea es a un tiempo una que enaltece el individualismo y, al mismo tiempo, se sume en un inmenso conglomerado público donde se disuelven los sujetos. Todo está lleno de gente, y alguien aislado da —al parecer— señas de padecer algún tipo de desorden emocional o psicológico.
La melancolía está relacionada con un gran número de tipos de retraimiento, si bien ambas cosas no siempre se corresponden. ¿Por qué una persona prefiere estar (o simplemente está) aislada de sus congéneres? ¿Por qué alguien puede optar por sentarse a solas —en un parque, un café, un restorán— en vez de asistir a sitios de congregación social —fiestas, estadios, auditorios, centros nocturnos—? ¿Por qué hay personas que se sumen en estados en apariencia alejados de la realidad (sic) y no se dedican a socializar? ¿A qué responde este tipo de “anormalidad”? ¿Qué tiene en la cabeza la persona que deambula sola por una galería, que camina por horas en el día o la noche sin más compañía que ella misma, que mira su entorno, pero parece observar otra cosa, con semblante sombrío, rayano en la tristeza? ¿Por qué alguien disfrutaría más de escuchar melodías lúgubres, depresivas y aciagas, que tonadas alegres y festivas? ¿Cómo es que prefieren el solo de un blues atormentado que una bailable pieza de salsa? ¿Qué miran los melancólicos en las ramas de los árboles, en la mirada de los perros callejeros… en el aire? ¿Qué escuchan —a quién escuchan— cuando de súbito se les ve tornar el gesto, hacer un chasquido con los dedos, murmurar cosas inaudibles o garabatear en una libreta?
La sintomatología de la melancolía está más cerca de la tristeza y el desasosiego que de la apacibilidad. No es el mismo tipo de disfrute que se experimenta con gozo en el beso del ser amado o una reposada tarde bajo un árbol, mientras se contempla un horizonte en tintes malva.
“La mejor prueba que se puede dar de la miseria de la existencia es la que sacamos de la contemplación de su gloria”, escribió Kierkegaard en Diapsálmata.
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Es común que la (auto) denominada gente normal se aleje o evite a estos personajes taciturnos; les resultan fastidiosos, intolerables, incómodos, intimidantes o, en el menor de los casos, aburridos. Por su parte, se divierten los personajes éstos con chistes que sólo ellos entienden. Se ríen para sus adentros las más de las veces; las menos, con los otros. No comparten, por lo general, las bromas del gentío, quienes, a su vez, no comprenden el sentido del humor de los melancólicos. Antes bien, parecen mostrar enfado, aun incredulidad. Y cuando acaso los saturninos llegan a esbozar una sonrisa ante un chiste ajeno, parece más bien como si dicho gozo respondiese a otra broma no explícita, una que no se dijo. No; no son personas para “pasarla bien”.
El melancólico como paria, ejercitando y ejercitado en una relación bilateral de rechazo. De exclusión, acaso. La melancolía como extrañamiento.
Gente extraña, dicen muchos. Apáticos, insociables, dicen otros tantos. Para una gran cantidad de personas en este mundo moderno y tecnologizado, estos seres meditabundos ostentan alguna anormalidad psíquica. La melancolía, ergo, como enfermedad. Pero se trata de un malestar ignorado, a pesar de estar presente siempre y desde siempre. La melancolía como lo desconocido ominoso. La melancolía como incomodidad.
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