Alberto María Carreño, gambusino y artista de la memoria

Por: Adolfo Castañón
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Alberto María Carreño Escudero nació en Tacubaya, en la ciudad de México, el 7 agosto de 1875, el mismo año en que fue fundada la Academia Mexicana de la Lengua, el 11 de septiembre. En ese mismo año nacieron el Dr Atl, Julián Carrillo, Alfredo R. Plascencia y un año después Luis Cabrera. Carreño fue estudiante del Colegio Seminario Conciliar, donde tuvo como maestro al poeta, traductor y académico, Joaquín Arcadio Pagaza. Luego ingresó en la Escuela Superior de Comercio, de la cual llegó a ser Director, después de ser prefecto, bibliotecario y subdirector. Estuvo siempre atento al mundo de la política y los negocios y al de las letras, la filología y la investigación histórica. Su pasión fue la memoria y la organización de los archivos, tanto literarios como históricos.
La coincidencia entre su nacimiento y la fundación de la Academia cobra pleno sentido al recordar la figura de este académico axial en quien se materializó la vocación de la corporación como puente entre los siglos. Puente de varios arcos. Carreño fue nombrado como académico correspondiente “el 9 de octubre de 1918, misma fecha en que son aceptados como tales el licenciado Alejandro Quijano, Manuel Puga y Acal, y nada menos que Amado Nervo”;[1] y como académico de número el 17 de abril de 1925. Fue el noveno secretario de 1952 a 1962 y el archivero de 1924 a 1927 y bibliotecario archivero de 1939 a 1945. Tuvo a su cargo la delicada tarea de lograr que la Academia interrumpiera su peregrinaje y llegara a esta casa de Donceles, gracias a sus gestiones con el presidente Miguel Alemán. De esto deja constancia en dos textos: “El edificio de la Academia”,[2] publicado en el tomo xv de las Memorias, y “La peregrinación de la Academia”.[3] El discurso de Carreño es una lección de historia de la cultura mexicana en la que están presentes tanto el Cid como el Arcipreste de Hita, y los académicos mismos. Podría decirse que ese discurso es una leccion de la historia de la Academia desde su primera generación con Joaquín García Icazbalceta y aun un repaso de los tiempos anteriores con el Conde de la Cortina y el Liceo Hidalgo.
El legado de Carreño es múltiple, está centrado en la organización de la memoria escrita alojada en archivos y papeles y en el cuidado e historia de la lengua. De esta preocupación da cuenta su discurso de ingreso “La lengua castellana en México”, que consta de 240 páginas; tuvo cinco apartados: “Nuestra herencia lingüística”, “Un brillante periodo”, “La decadencia”, “En pleno desarrollo” y “Una iniciación peligrosa”. De hecho, el discurso es una historia de la cultura mexicana a través del desarrollo de la lengua y, en particular, del eslabonamiento de circunstancias en torno a la vida de la Academia Mexicana de la Lengua desde su fundación.
Pero ya desde 1915, diez años de ingresar como académico, había publicado a los cuarenta años una obra digna de memoria. La dedicada a Fray Miguel de Guevara y el célebre soneto castellano “No me mueve mi Dios para quererte”.
Despeja en ella diversos enigmas: las atribuciones del poema a San Francisco Javier, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, Fray Pedro de los Reyes. Hace una reconstrucción de la época en que se escribió el soneto donde habla de los quietistas, de Quevedo, Lope y Góngora. Describe el manuscrito, discurre sobre el soneto en Europa y expone y debate las dificultades y tropiezos para establecer la nacionalidad de Guevara y el perfil de la familia Guevara en la Nueva España. Se describe el manuscrito y la vida literaria en la Nueva España en el siglo XVI, se discute el tema de la evolución de las reglas ortográficas. Se habla de la suerte del soneto en Europa y en Filipinas. Traza al final algunas líneas para esclarecer la nacionalidad de Guevara y su relación con la orden de San Agustín.
La importancia de esta obra va más allá del establecimiento casi definitivo de la autoría del soneto. Reconstruye el paisaje y el contexto con detallado pincel. No resisto la tentación de citar el soneto cuya autoría definitiva asentó Carreño:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
porque aunque cuanto espero no esperara,
porque aunque cuanto espero no esperara,
Quisiera referirme a un detalle particular de esas “Apuntaciones” publicadas en México en 1915. Llevan “ilustraciones del mismo autor”, lo cual realza el valor del libro y le confiere a esta joya literaria un carácter único. En 1920, el poeta José de Jesús Núñez y Domínguez, retrató así a su amigo Carreño:
Pálido su semblante, de un palor marfileño, cano el mostacho, calva la frente pensadora, tras los lentes la viva mirada escrutadora, tal va por la existencia don Alberto Carreño. Si contemplo plegarse ante un libro su ceño, pienso, que en su interior, otros siglos añora, cuando, fraile, charlaba con la Santa Doctora o, inquisidor, de vidas de herejes era dueño. Porque se me figura que he mirado el diseño de su rostro en un cuadro que firmaran otrora Cabrera o los Echave, junto a un sagrado leño, y un infolio que el tiempo con su pátina dora, mientras que vagamente una niebla de ensueño rosa como una gasa su frente pensadora.[1]
Copio esta cita de José de Jesús Núñez y Domínguez del homenaje que otra corporación de la que fue miembro y director, la Academia Mexicana de la Historia, le rindió a través de la semblanza de don Arturo Arnaiz y Freg. No fue la única. En esa necrología participaron, entre otros, el académico de la lengua Nemesio García Naranjo, en representación de la Academia Mexicana de la Lengua, quien resaltó su presencia como Secretario Perpetuo. García Naranjo destacó en ese elogio cómo Carreño supo mantener la calma en tiempos agitados:
Pero sucede en los tiempos tumultuosos, que se interrumpen estos circuitos beneméritos porque la época es de disgregación mental. El trabajo metódico se interrumpe porque los surcos rechazan la semilla de los sembradores que los habrá de fecundar. La abnegación y el sacrificio se estrellan ante el ímpetu ciego de las inundaciones. En esas circunstancias, sólo los grandes espíritus no se desalientan con la ineficacia de su labor. Se necesita tener el corazón bien puesto para seguir sembrando cuando se ve que por el torrente turbio de las pasiones desatadas se malogra el 99 por ciento de las semillas. Alberto María Carreño no era de los que se detienen con la pérdida de una cosecha, jamás se escapó de sus labios la queja dolorida del Libertador Bolívar “¡Hemos arado en el mar!” Se explica la inconformidad del héroe, y se explica también la resignación de los intelectuales porque siembran por el placer de sembrar, aunque el resultado no corresponda a la magnitud de sus esfuerzos. Cumplen su destino, no para recoger palmas ni para conquistar laureles, sino por el goce íntimo que les produce la realización del deber.[2]
El nombre de Alberto María Carreño lo lleva la biblioteca de la Academia Mexicana de la Lengua. No es una casualidad pues se sabe que en buena medida gracias a su intermediación la sede de Donceles 66 fue concedida por el Presidente Miguel Alemán a la Academia como su casa y patrimonio.
Hombre de libros, de archivos y de investigación, pero también diplomático enterado del derecho internacional. Fue secretario de Joaquín Casasús, embajador de México en Washington, eso explica que se le haya encomendado formar parte como delegado del gobierno de México en la delicada negoción de El Chamizal en 1911. Otra muestra de su destreza como negociador y tacto político es haber sido secretario del arzobispo de México, Pascual Díaz, de 1929 a 1935, e intermediario las negociaciones para establecer el modus vivendi entre la Iglesia Católica y el Gobierno Federal al término de la Guerra Cristera “durante los regímenes de Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio, con una intervención manifiesta en los arreglos de 1929”.
Alberto María Carreño no sólo fue un investigador en archivos, supo desprender de la lectura de los papeles la información para hacer hallazgos notables, como por ejemplo el que se dio en 1947 cuando determinó el lugar donde fueron inhumados de los huesos de Hernán Cortés. Esa combinación entre archivo, memoria y organización editorial lo hizo una figura idónea para transformar el caudal de documentos del presidente Porfirio Díaz y organizar su archivo. Esta diversidad de saberes que tocaba tanto lo literario como lo histórico y político, es esencial para comprender hasta qué punto nuestro secretario perpetuo y bibliotecario tuvo un papel preponderante en la conservación del patrimonio mexicano e hispanoamericano. Su vasta bibliografía incluye estudios económicos, y sociales, estudios históricos y estudios filológicos. Cabe subrayar que el legado documental de Alberto María Carreño es tan prolífico que no pudo ser contenido en una sola institución. De ahí que esté repartido al menos en tres espacios: el de la Academia Mexicana de la Lengua, el de la Academia Mexicana de la Historia, de la cual fue director de 1958 a 1962, y el Instituto Mora.
Al describirlo como una figura axial de la cultura mexicana, no exagero. Su participación en la Academia Mexicana de la Historia, en la Sociedad de Geografía y Estadística y en esta Academia Mexicana de la Lengua, así lo refrendan. Hombre puente y hombre eje, Alberto María Carreño es uno de los nombres que con su aliento, obra y ejemplo sostienen a esta Institución. No es casual que haya nacido el mismo año en que abrió sus puertas la Academia Mexicana de la Lengua.
[1] Enrique Cárdenas de la Peña, Historia de la Academia Mexicana de la Lengua (1946-2000), tomo II, AML-FCE, 2006
[2] Alberto María Carreño, “El edificio de la Academia”, México, 7 de agosto de 1956, informe leído en la sesión celebrada el día 10 de agosto de 1956, Memorias de la Academia Mexicana correspondiente de la Española (Discursos académicos), t. xv, pp. 422-428.
[3] “La peregrinación de la Academia”, por Alberto María Carreño, t. xvi de las Memorias, pp. 19-26.
[4] Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, Tomo XXI, octubre-diciembre de 1962, p. 322.
[5] Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, Tomo XXI, octubre-diciembre de 1962, p. 332.
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