Recordando a José Manuel

Por: Armando Enríquez Vázquez
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Mientras escuchaba, hace unas semanas, a los ponentes en la presentación del libro: En todo instante la línea sobre la obra como dibujante de Elvira Gascón, artista del exilio español nacida en 1911 y que murió en el año 2000, publicado por Bonilla Artigas Editores, recordé a quien, perdida ya la fecha en la noche de los tiempos me la presentó: su nieto José Manuel de Rivas Fernández, uno de mis mejores amigos, quien hace ya hace casi 30 años murió.
Eran los primeros años de la década de los ochenta, jóvenes preparatorianos cuatro amigos habíamos creado de manera ingenua, pero entusiasta una editorial y José decidió presentarnos a su abuela, figura más que cardinal para él, a quién quería muchísimo.
Fue una tarde de domingo cuando José nos llevó a casa de su abuela en San Ángel. Juan Luis Bonilla, Carlos Marcovich, José Manuel de Rivas y yo entramos en aquella casa llena de gatos y Elvira nos invitó al agreste jardín, jungla de sus felinos, para conversar con nosotros.
Sé muy bien que Juan conocía la importancia y trascendencia de la artista que teníamos como anfitriona, yo, por el contrario al ser un exiliado dentro del exilio, después de 12 años de pasar mis mañanas en el Colegio Madrid, seguía sin entender bien la magnitud y valor del exilio español provocado por la Guerra Civil de 1936. No sé sí Carlos, llegado de Argentina unos años antes, lo entendía. Hoy me queda muy claro que mi ignorancia hizo que no apreciara el encuentro en su valor y que mi recuerdo del mismo se reduzca a banales anécdotas y frases intrascendentes. No así mi recuerdo de mi amigo José Manuel.
A José Manuel lo conocí de manera fortuita por epístola y gracias a su primo y buen amigo también; Javier García-Galiano de Rivas, mientras vivía fuera del país. A mi regreso a México y a mi pupitre en el Colegio Madrid conocí a José Manuel y trabé amistad con él. Una amistad que fue mucho más allá de las horas y aquel año final de la escuela.
El me presentó a sus amigos del CUM; Héctor Pereira y Armando Hatzacorsian. José a pesar de ser nieto del exilio republicano, había sido víctima de la educación católica marista hasta llegar a la preparatoria cuando entró al Colegio Madrid, una de las escuelas fundadas por el exilio español y habitada por migrantes, sus hijos y sus nietos, amén de transterrados chilenos, uruguayos y argentinos que en las décadas de los 70 y 80 habían salido de sus patrias en busca de libertad. José me presentó a Alejandro Giacoman, músico y novelista con quien el azar y el tiempo me han hecho coincidir en diferentes momentos.
Las historias y anécdotas con José Manuel de Rivas no fueron pocas y van de su disfraz de Santo niño de Atocha en una fiesta de Halloween, a sus peripecias para ver el amanecer en un viaje de todo al salón a Valle de Bravo o compartir la travesía en un vetusto tren de pasajeros a Xalapa, Veracruz y su horror cuando en una de las tres mil estaciones en las que el tren paraba una mujer acercó a nosotros una canasta enorme y descubrió levantando dramáticamente un mantel a cuadros, que la estrella de la vendimia eran una decenas de patas de pollo. Otro personaje vendía pulque en botellas de Courvoisier.
Pero además esa amistad estuvo marcada por la gran cultura y el extraordinario lector que fue José Manuel y a quien debo el haber descubierto y leído a más de un escritor, en especial a Cioran, Julius Evola, Mircea Eliade, entre otros.
José fue librero y durante una época en que trabajó en la hoy extinta librería El Juglar en la colonia Guadalupe Inn, solía pasar en las mañanas a platicar con él, pues yo iba a la escuela en la tarde y José Manuel estaba más allá de cualquier título universitario que lo etiquetará. Más tarde, pasó a trabajar en El Equilibrista, la editorial de bellos libros, fundada por Diego García Elío, hijo de Jomi García Ascott y Maria Luisa Elío, importantes escritores del exilio español.
Las aventuras literarias nos llevaron no sólo a esa pequeña aventura editorial con Juan Luis y Carlos y de la que en las páginas del Uno más uno, Humberto Musacchio se encargó de ironizar en una mal llamada entrevista, pues no fue más que un sarcasmo que dirigió el ya entonces prepotente periodista cultural.
Los dos formamos parte de un grupo más grande, que incluía a algunos de los antes mencionados, más Rodrigo Johnson, Diego García del Gállego, René Franco, Víctor Kuri y nos engalanamos con la pluma del gran David Huerta, que publicó semanalmente durante los noventa en el diario El Economista una página de la sección cultural que se llamaba La Plaza Celta y que después se convirtió en una revista que vio pocos números llamada Papeles Celtas y en la que alcancé a publicar un texto.
Junto con Armando Hatzacorsian y Héctor Pereira, también publicamos un libro con cuentos de todos nosotros.
La última vez que vi a mi amigo José Manuel de Rivas, fue el día que fue a conocer a mi hija Valentina, recién nacida, la bebé dormía en su cuna y José la observó por largos minutos en silencio; la contundencia de como la vida se extiende en el tiempo con nuestra descendencia. Aquella noche nos despedimos con la promesa de vernos pronto.
La vida del editor y la del productor de televisión demandantes ambas nos impidieron volver a vernos. Tres años después una tarde Héctor Pereira, al que también tenía muchos años de no ver, llamó a mi oficina para comunicarme la muerte de José. Cuando me preguntó si acudiría al velorio o al sepelio, recordé la respuesta de Arthur Miller a la misma pregunta cuando un periodista se la hizo tras la muerte de Marilyn Monroe:
– ¿Para qué, sí ella no va a estar ahí?
José no iba a estar ahí; la hipocresía y el falso duelo de muchos, no iban con el dolor por la muerte de mi amigo.
De pronto ese miércoles en la Librería Bonilla, mientras su madre hablaba de su abuela en la presentación del libro en cuestión el recuerdo de José Manuel se sentó a mi lado.
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