A los chaneques les gusta jugar a la lotería

Por: Irene González
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Las cosas en el mercado de Santa Tere se descontrolaron antes de lo previsto. Luisa, Arturo y Xóchitl creyeron poder resolverlo sin causar estragos, pero los chaneques tenían otros planes: estas criaturas parecidas a los duendes traían ánimos de destruir cada puesto, tendido y changarro que se atravesara en su camino.
En realidad, era difícil culparlos del mal humor y la indignación que los llevó a iniciar la mayor revuelta de las últimas semanas pues, francamente, ¿a quién se le ocurre intentar engañarlos para importarlos de manera ilegal a Europa del este? Únicamente a Fiodoro Sánchez, el contrabandista más escurridizo del país, aunque no necesariamente el más inteligente…
Fiodoro aguardaba a su contacto, quien le ayudaría a transportar cinco cajas llenas de chaneques en dirección al aeropuerto. Mientras tanto, desayunaba en el mercado unos buenos molletes. Planeaba vender las criaturas a un excéntrico millonario en Rumania, dispuesto a pagar caro por incorporar auténticos chaneques mexicanos a su colección de duendes de todo el mundo. Pero, cuando iba por el quinto mollete de nata, un chaneque caminó tranquilamente frente a él y se paró justo encima de su plato. Le sonrió con todos los dientes y saludó despreocupado, agitando fervoroso la mano del tamaño de una tachuela.
— Pero qué… ¿y tú cómo te saliste? — Fiodoro hizo ademan de agarrarlo del pescuezo. Entonces, un segundo chaneque apareció desde detrás de un servilletero, saltó con agilidad y se prendió con los dientes a su dedo — ¡Ahhh!
En menos de cinco minutos el mercado de Santa Tere fue tomado.
Lo que Fiodoro olvidó con respecto a los chaneques es que pueden ser muy determinados cuando se proponen atormentar a un individuo y de lo más rencorosos si se les agravia. Las cajas estaban hechas de una madera gruesa, pero no para contener a una horda de chaneques de dientes afilados e inspirados por el firme propósito de desatar el caos a toda costa.
Los protectores de Bajo Incanto, ese mundo mágico oculto tras la aparente normalidad que percibe la mayoría de las personas en México, pusieron bajo custodia a Fiodoro de inmediato, quien prefirió entregarse a las autoridades antes que enfrentarse a la ira de los chaneques. Sin embargo, tranquilizar a las vengativas criaturas y negociar con ellas el cese de hostilidades quedó delegado en el Departamento de Cuidado, Protección y Atención a Criaturas Mágicas (DCPACM).
Ingrid, la directora del Santuario de Criaturas Mágicas, al enterarse del meollo ofreció de inmediato su colaboración. Envió a sus integrantes más jóvenes, Luisa, Arturo y Xóchitl, para que aprendieran cómo manejar lo que ella misma denominó una “turba furiosa con colmillos y garras”. Dijo que sería una experiencia invaluable.
Ahora, Arturo se encogía en el refugio que había elegido: tras los cajones de verdura en el puesto de Doña Mary. Llovía salsa verde de quesadilla frita, queso rallado y crema por doquier.
— ¡Hey, Arturo! — Luisa asomó la mitad de la cabeza por encima del mostrador del local de enfrente, tras hacer a un lado una mojarra que Don Felipe dejó a medio rebanar cuando todos fueron evacuados del mercado —. ¡Necesitamos otro plan! ¿Cuánto tiempo nos queda?
Arturo miró el reloj de Iron Man que le regaló la abuela Esperanza en su último cumpleaños. Tuvo que limpiar restos de frijoles para poder ver los números digitales parpadear en la pantalla. Entonces, sin querer, presionó el botón equivocado y activó la alarma despertadora: “I am Iron Man”,sonó el reloj y la canción de Black Sabbath se escuchó con perfecta claridad a través de los pasillos.
— ¡Oh no, no, no! — Arturo lo detuvo tras varios intentos, pero los chaneques ya venían acercándose por el pasillo, arrastrando como podían bolsas de plástico rellenas de jugo, cartones de huevos, sobras de comida, y lo que encontraran para arrojarle a los tres chicos.
— ¡Ven aquí! ¡Corre, rápido!
Luisa abandonó la pescadería, lo sujetó por el cuello de la bata y lo arrastró hasta otro puesto, donde se escondieron tras unos botes de basura. Los chaneques pasaron de largo únicamente porque alguien más hizo ruido en la sección de fritangas y se fueron a perseguirlo entre gritos y palabras altisonantes que no sería posible transcribir aquí. Por todo el lugar resonaban sus vocecitas agudas.
— Calculo que tenemos, quizá, otra media hora para resolver esto. Cuarenta minutos, máximo— murmuró Arturo —. Control de Daños se puso a decir que era necesario evacuar el mercado debido a la sospecha de una plaga de ratones y que nadie podía regresar hasta completar una inspección a profundidad.
— Dieron la misma explicación hace una semana, cuando cerramos el Teatro Degollado porque un alebrije tuvo a sus crías en medio del recinto — contestó su compañera con una ceja arqueada.
— Jamás han brillado por su creatividad, pero al menos esta vez no se les ocurrió comentar que los drenajes habían estallado — ambos pusieron los ojos en blanco al recordar aquella experiencia, pues tuvieron que romper las tuberías a propósito e inundar un restaurante con aguas negras para volver la excusa verosímil—. Necesitamos controlar este caos, pero de ya, o la gente empezará a ponerse furiosa e impaciente.
— No sé tú, pero a mí me parece suficiente con una turba furiosa con colmillos y garras — Luisa se arremangó la bata y, tras sacudirse de la cabeza varios restos de verdura, se amarró el cabello en un chongo apretado —. Terminemos esto.
Salieron del escondite agachados, la espalda pegada a los locales y tratando de ser tan rápidos y sigilosos como podían. En un puesto de venta a granel, Luisa se detuvo abruptamente. Llenó varias bolsas con garbanzo, chícharo y frijol, luego le entregó algunas a Arturo.
— Municiones — le dijo en un murmullo.
Cada uno se amarró una bolsa al cinturón y abrazó otra, listos para utilizar los productos de despensa como proyectiles en caso de que fuera necesario defenderse. Entonces, Arturo se percató de un pequeño detalle.
— Luisa, ¿dónde está Xóchitl?
Intentó divisar a la recluta más reciente del santuario, sin embargo, no había señal de ella por los alrededores. Tampoco consiguieron escuchar su voz… o sus gritos de auxilio.
— ¿Cómo que no sabes dónde está? — a Luisa casi le da un infarto ahí mismo, entre el pasillo de la despensa y el corredor de las garnachas — ¡Ingrid nos va a asesinar, no podemos perderla en su primera misión!
Arturo desestimó las preocupaciones de Luisa con un brusco movimiento de mano.
— Ya está muy grande para que la secuestren los chaneques, ¿no? — respondió — Además es bien inteligente y trucha, de seguro encontró la manera de escabullirse para quedarse a salvo.
Justo en ese momento vieron a Xóchitl ser arrastrada a través del pasillo, con una aglomeración de chaneques envolviendo sus piernas, tirando de ellas en la dirección opuesta. Se habían organizado a la perfección para transportar un cuerpo varias veces más grande y pesado que ellos, y celebraban semejante triunfo cantando en coro rimas burlonas.
— Tenemos a la grandulona, atrapamos a una tontorrona, a la olla de la salsa marcharemos, a aventarla hasta que nos cansemos.
— ¡Oigan! ¡Creo que siempre sí voy a necesitar tantita ayudaaa!
Luisa y Arturo se miraron brevemente antes de salir corriendo para interceptar a Xóchitl. Levantaron las bolsas llenas de legumbres, apuntaron a la multitud de criaturas que rodeaba a su compañera y se prepararon. Los oponentes alzaron las cabezas, abrieron mucho los ojos de pupilas dilatadas y sus expresiones se llenaron de terror ante la avalancha de frijoles que se les venía encima. Los garbanzos parecían especialmente amenazantes; el impacto bastaría para que salieran volando sus diminutas anatomías.
— ¡Ataque entrante! — gritaron — ¡A cubierto!
Entonces, cuando ya iban a desperdigarse, una cuerda se extendió a los pies de Arturo y Luisa, haciendo que ambos perdieran el equilibrio. Tropezaron, sin posibilidad de aferrarse a nada que amortiguara su caída. Las municiones escaparon de las bolsas, rodaron por el piso y ellos aterrizaron encima, encajándose los chícharos y los garbanzos en sus propias caras.
— ¡Refuerzos! ¡Llegaron los refuerzos! — las criaturas aplaudieron eufóricas la llegada de un segundo grupo de chaneques. Su intervención fue exitosa, así que se llevaron a la niña y dejaron a los otros tratando de quitarse semillas incrustadas en los cachetes.
— Yo digo que le hablemos a Ingrid, pidamos nuestros propios refuerzos y aceptemos que Xóchitl está perdida — dijo Arturo mientras se sobaba la espalda.
— ¿Ah sí? Mejor vamos a sugerirles que te lleven a ti y la devuelvan a ella, ¿qué te parece?
— Me estás hablando muy feo, Luisa, de verdad — Arturo hizo un puchero resentido. Ella, por toda respuesta, soltó un resoplido impaciente.
Escucharon entonces un ruido inesperado. No eran gritos de auxilio o terror, tampoco oraciones de súplica, sino la risa cantarina de Xóchitl. Se quedaron inmóviles varios instantes, los ceños fruncidos y las bocas torcidas, pensando que quizá lo habían imaginado, pero las carcajadas eran claras e incluso cada vez más altas. Confundidos, siguieron el sonido hasta el centro del mercado, donde encontraron a su compañera tirada en el suelo panza abajo, arrojando unos dados azules sobre un tablero enorme de serpientes y escaleras.
Alrededor de ella estaban los chaneques, absortos en el juego. Se sentaban sobre unos libros y organizadores de cocina, colocados para imitar las gradas de un estadio. Otros miraban desde los mostradores de los locales, usando el zoom de la cámara de unos celulares robados a algún par de incautos como si fueran binoculares. Luisa y Arturo palparon sus bolsillos de inmediato, por fortuna los teléfonos de ambos seguían allí dentro.
Dos chaneques se pusieron de fichas, y hacían la mímica de subir por una escalera o tropezar en la cola de la serpiente, según tocara. La mitad de ellos apoyaba a Xóchitl con aplausos, porras y gestos de victoria, el otro grupo le iba al chaneque contra el cual jugaba, divididos con el único propósito de disfrutar la competencia.
Cuando Xóchitl vio a sus compañeros, parados enfrente de ella y mirándole estupefactos, dejó escapar una risilla burlona que los chaneques imitaron a coro.
— Nos encontramos este tablero tirado en uno de los puestos —explicó —. Entonces dejaron de arrastrarme porque se quedaron viendo los dibujos. Resulta que les gustan mucho los juegos de mesa, así que hicimos un trato: enseñarles cómo funciona y jugar con ellos una partida, a cambio de dejar el mercado en paz y regresar a casa.
El chaneque ubicado más cerca de ella se apresuró a pellizcarla. Movió la cabeza en una negativa rotunda y cruzó con fuerza los brazos encima del pecho.
— Ah, sí, también quieren unos esquites bien picosos para botanear mientras jugamos — se corrigió. Ellos aplaudieron y se sobaron los redondos estómagos en señal de aprobación — ¿Podría Ingrid conseguirlos?
Luisa carraspeó, sin lograr salir aun de su asombro.
— Eh, sí, claro. No veo por qué no.
Rápidamente la sorpresa dio paso al orgullo: Xóchitl había dado en el clavo. Los chaneques eran amantes de las travesuras, pero también disfrutaban mucho los juegos, la comida y los regalos. Si algo les halagaba era recibir ofrendas y, por lo visto, consideraban el tiempo y el conocimiento lo suficientemente valiosos como para aceptar la oferta.
Aunque al final les exigieron un último pago…
— ¡Luisa, ayúdame!
Le estaban jalando los pantalones a Arturo con insistencia, mientras señalaban otro tablero que cargaban entre tres. Se trataba de un set de lotería.
— Será mejor que te pongas a jugar con ellos — dijo Luisa, entre risas. A ella le insistían por una partida del Juego de la Oca.
Ingrid consiguió esquites, elotes asados, tamales y jericallas. Luisa, Arturo y Xóchitl pasaron las siguientes horas comiendo, turnándose en los diferentes juegos de mesa, aceptando los retos de los chaneques y divirtiéndose como no creían hacerlo tras el caos inicial de aquella mañana.
Los locatarios estaban impacientes por regresar a trabajar. Control de Daños les repartió entonces un atole que contenía un tónico especial para emergencias, gracias al cual olvidaron el tiempo y sus preocupaciones. Se dedicaron a platicar tranquilamente mientras aguardaban la autorización para ingresar nuevamente al mercado.
— Nos tomó más tiempo del contemplado, pero no puedes negar que hicimos un buen trabajo, ¿apoco no, Ingrid? — comentó Arturo, de vuelta en el santuario —, Xóchitl estuvo brillante, jamás se nos hubiera ocurrido ponernos a jugar lotería con los chaneques para tranquilizarlos.
— A decir verdad, superaron por mucho mis expectativas — respondió Ingrid, sonriendo ampliamente—, antes de que ustedes llegaran, los chaneques ya habían espantado a tres grupos del Departamento de Cuidado, Protección y Atención a Criaturas Mágicas. Los pobres salieron corriendo con varios chaneques prendidos de los dientes a sus extremidades. A uno le echaron una maldición: ahora tiene un hipo imposible de espantar. Otro de ellos sufrió la pérdida total del sentido de la orientación, no encontraba la salida incluso cuando la tenía justo frente a sus narices. Pero estarán bien, ya se está trabajando en un antídoto para ambos.
Los tres chicos se miraron entre ellos, con los ojos muy abiertos. Ingrid no pareció notarlo, se hallaba muy ocupada registrando en la bitácora los detalles de la misión y enviando un correo a sus compañeros en el santuario para criaturas mágicas de Oaxaca, quienes se encargarían de recibir a los chaneques y de asegurarse que volvieran a salvo a sus hogares en lo profundo de la selva.
— Muy bien — exclamó, giró la tableta hacia ellos y les mostró la imagen de un axolotl arcoíris capturado en una red de pescadores ilegales en la costa de Mazatlán— ¿Listos para escuchar los detalles de su siguiente reto?
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