Academia Mexicana de la Lengua: 150 años de existencia y más allá

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

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Cuando se fundó la Academia Mexicana de la Lengua, el 11 de septiembre de 1875, los que la establecieron fueron intelectuales, escritores, juristas y científicos que aspiraban a mantener el lenguaje español como patrimonio común de todos los mexicanos. Si nos fijamos en la fecha, 1875, estamos en una etapa crucial del desarrollo político de nuestro país: apenas la república se había restaurado ocho años atrás, cuando el imperio de Maximiliano, que en sus primeros años había sido apoyado por el ejército francés, se vino abajo. Tres años antes había fallecido Benito Juárez y en ese año gobernaba el jurista Sebastián Lerdo de Tejada, que había sido parte del gabinete juarista y que llegaría a ser miembro fundador de nuestra Academia.

Entre los personajes que establecieron las bases para que la AML se convirtiera en garante del idioma español en nuestro país, podemos mencionar a su primer director, José María de Bassoco, quien fue experto en agricultura como en gramática castellana. Un español que huyendo de la invasión napoleónica a la península ibérica terminó residiendo en la ciudad de México y contribuyendo con sus conocimientos a la cultura nacional. Y lo mismo va para sus compañeros, los académicos numerarios que lo apoyaron en tal empresa. Personajes de la talla de Alejandro Arango y Escandón, un poeta y traductor poblano que llegó a ser el primer bibliotecario de la misma; Joaquín García Icazbalceta, historiador, filólogo, bibliógrafo y editor; Casimiro del Collado y Albo, poeta y periodista; José Sebastián Segura, especialista en literatura clásica, poeta y sacerdote católico que le entraba a escribir comedias teatrales; Juan B. Ormaechea, otro sacerdote que era experto en gramática grecolatina y derecho canónico; el ya mencionado Sebastián Lerdo de Tejada, jurista eminente y experto en derecho civil y constitucional; José Joaquín Cardoso, abogado, político y botánico, quien escribió tratado sobre la herbolaria mexicana y las plantas medicinales lo mismo que sobre el derecho primitivo.

A estas eminencias hay que añadir a Francisco Javier Pimentel y Heras Soto, lingüista, indigenista, historiador y crítico literario; José María Roa Bárcenas, poeta, narrador y biógrafo de escritores mexicanos; Rafael Ángel de la Peña, diplomático, político y filólogo, ferviente divulgador de la ciencia de su tiempo; Manuel Pedrero, catedrático, dramaturgo y periodista; Manuel Orozco y Berra, geógrafo, historiador y cartógrafo, autor de numerosas historias sobre la conquista de México. Estos fueron los primeros académicos de esta noble institución, pero a partir de entonces se les han ido sumando integrantes de gran valía, ya fuera miembros numerarios, correspondientes, en el extranjero, honorarios y en retiro, que han dado merecimiento a la nuestra cultura desde sus respectivos oficios y profesiones. Entre ellos basta mencionar a Justo Sierra, Alfonso Reyes, Federico Gamboa, Amado Nervo, Agustín Yáñez, José Luis Martínez, José Vasconcelos, Francisco Monterde, Antonio Caso, Rubén Bonifaz Nuño, Edmundo O´Gorman, Martín Luis Guzmán, José Juan Tablada, Ruy Pérez Tamayo, Miguel León Portilla, Octavio Paz, Luis Villoro, Ramón Xirau, Carlos Montemayor, José Emilio Pacheco, Adolfo Castañón, Jorge Ruiz Dueñas, Felipe Garrido, Vicente Quirarte, Jaime Labastida, Gonzalo Celorio, Eduardo Matos Moctezuma, Alejandro Higashi, Hugo Hiriart, Leonardo Padura, Élmer Mendoza, Pedro Martín Butragueño, Carlos Prieto y Eligio Moisés Coronado, entre tantos otros.

Pero no nos equivoquemos: la AML no es un club de Tobi. Entre las mujeres que han sido parte integral de sus trabajos, empeños y proyectos podemos nombrar a intelectuales y académicas de enorme relevancia para el desarrollo cultural de México, como María del Carmen Millán Acevedo, quien en 1974 fue nombrada como miembro de número de la AML. Millán fue una estudiosa de la literatura mexicana y coordinó el  Diccionario de escritores mexicanos (1968) en la UNAM. Otra pionera fue Clementina Díaz y de Ovando, la primera mujer en ingresar a la Academia Mexicana de la Lengua en 1985, quien contribuyó, como historiadora, a dar luz sobre la literatura colonial, las aportaciones poéticas de Sor Juana e incluso hizo investigaciones sobre Baja California como mito. Otras académicas que se han incorporado más tarde han sido Concepción Company Company, lingüista y lexicógrafa a quien le debemos el imprescindible Diccionario de mexicanismos (2010) y el Diccionario de mexicanismos. Propios y compartidos (2022), un trabajo colectivo que ha logrado, en relación al último libro, reunir más de siete mil palabras de uso en México; así como las escritoras Angelina Muñiz-Huberman, Liliana Weinberg, Margo Glantz, Rosa Beltrán, Silvia Molina, sin dejar de lado a las profesoras Clementina Yolanda Lastra García y María Eugenia Vázquez Laslop; también hay que sumar a Sara Poot Herrera, quien ha sido claridosa defensora del español en los Estados Unidos; Zarina Estrada Fernández, versada en lenguas yaqui, pima y tarahumara; Ascensión Hernández Triviño, especialista en filología y lingüística mesoamericana, específicamente en náhuatl; Margit Frenk, autora del Cancionero folklórico de México, la editora Marina Garone, infalible detective de erratas, Briceida Cuevas Cob, poeta maya bilingüe, y la recientemente fallecida Julieta Fierro, astrónoma que difundió las maravillas del cosmos.

La Academia Mexicana de la Lengua, desde su fundación, acogió a escritores, científicos e intelectuales de todas las creencias y pensamientos, de todas las posturas políticas mientras cada uno de sus integrantes trabajaba para dar lustre y vigor al idioma español, tal y como se habla y escribe en nuestra patria. En ella, desde un principio, convivieron conservadores y liberales, curas y comecuras, juaristas e imperialistas, gente de vanguardia y recalcitrantes nostálgicos. Todos, a su manera y con sus saberes y conocimientos, ayudaron a que nuestra Academia fuera un foro, un ágora, una mesa de conversaciones, un salón de clases y una sala de investigaciones y proyectos para darle su lugar a nuestro idioma y también a las lenguas de los pueblos originarios de nuestro país. Porque antes que todo México es tierra de mezclas, nación de naciones, espacio de lenguas que comparten una misma geografía y una misma historia.

En el 150 aniversario de la AML, nuestra institución tiene como director a Gonzalo Celorio, narrador y ensayista, como directora adjunta a Concepción Company Company y como gerente a Antonio Crestani. Los festejos para celebrar tan magna ocasión han incluido desde las jornadas “Siglo y medio de presencia en la vida nacional”, que se llevaron a cabo en la hace poco recuperada sede de la Academia en Donceles 66, en el Centro Histórico de la ciudad de México, recinto que por mucho tiempo fuera ocupado por la editorial Porrúa. Además, se han llevado a cabo conciertos, conferencias y presentaciones de libros para hacer presente lo que nuestra institución ha levantado en siglo y medio de labor ininterrumpida.

Por último, ya a nivel local, la Academia Mexicana de la Lengua tiene más de cincuenta años de relacionarse con Baja California. Primero hay que recordar que Clementina Díaz y de Ovando, vino a esta entidad fronteriza y colaboró con el Instituto de Geografía e Historia de la UABC-Mexicali, a cargo del ingeniero Adalberto Walther Meade, desde principios de los años setenta del siglo pasado, siendo frecuente colaboradora de la revista Calafia. Y lo mismo hizo Miguel León Portilla, desde 1975, con el Instituto de Investigaciones Históricas UNAM-UABC, que dirigiera el historiador David Piñera. Ese mismo año, el 10 de enero de 1975,  Miguel de Anda Jacobsen, el poeta de origen jalisciense pero avecindado en el puerto de Ensenada, fue el primer bajacaliforniano en ingresar a la AML como miembro correspondiente en esta población costera. Lo siguió el escritor Gabriel Trujillo Muñoz en 2011 como miembro correspondiente en Mexicali y en 2020, el historiador David Piñera ingresó como miembro correspondiente en Tijuana.

A sus 150 años de haber sido fundada, la Academia Mexicana de la Lengua prosigue su marcha. Muchos proyectos están siendo elaborados ahora mismo, entre ellos el Diccionario del Español Contemporáneo, pero trabajado desde una perspectiva mexicana, la colección Clásicos de la Lengua Española, donde se han publicado o están por publicarse obras como Santa, Los bandidos del Río Frío, Las voces de la pandemia, entre otros. A la vez, se han puesto a disposición del público los servicios del portal de la Academia con más de cincuenta mil visitas al mes, donde se pueden realizar consultas lingüísticas y el Archivo de la Palabra. Porque no olvidemos que, como nuestra institución lo dice: “La AML analiza, estudia y difunde la lengua española con particular atención a los modos y características de su expresión oral y escrita en México”. Y para ello necesita la colaboración desinteresada de todos nosotros, sus hablantes y escribientes, sus creadores y mantenedores. De todos los que la pulimos a diario y a diario la hacemos nuestra.

Y por mientras, ¡feliz 150 aniversario! Que pocas instituciones de nuestro país -hablo de las independientes- llegan a esa edad con el ímpetu de sus inicios, con el intenso afán de seguir adelante, de no rendirse. Como lo ha dicho la académica Marina Garone, lo que hermana a los miembros de la Academia es, ni más ni menos, que “el amor y el trabajo con las letras, las palabras, los libros y las lenguas”. Y yo añadiría: y con aquellos que los usamos para comunicar nuestros anhelos, para compartir nuestros saberes, para decir lo que somos, lo que queremos ser en este México de lenguas vivas, de culturas tan antiguas, tan modernas y tan vigentes. Que así sea.

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Un comentario

  1. Gabriel, excelente artículo. Me ha gustado mucho por tres aspectos: uno, por el repaso histórico. Dos, por el tono que me ha remontado a épocas pasadas como si yo hubiese existido en ellas y tres, por darme cuenta de que fuiste incluido en 2011.
    Un saludo cordial.

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