Las reliquias como vehículo de esperanza

Por: Marisol López Menéndez
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En su texto clásico The Cult of the Saints, Peter Brown (1981) plantea el hecho de que las comunidades cristianas de la Antigüedad tardía (a partir del siglo iii) rememoraban a sus muertos –especialmente a quienes habían muerto como mártires– como “amigos especiales”. Se trataba de figuras que concitaban la memoria de comunidades de fe y, en la cercanía con los restos mortales de aquéllos, los antiguos cristianos experimentaban la posibilidad de plantearse un futuro común. Los primeros cristianos experimentaban en el vínculo entre la corporeidad y lo sagrado: las tumbas de los santos, los fragmentos de los cuerpos o incluso los objetos físicos que habían hecho contacto con aquellos cuerpos, eran considerados “sitios privilegiados” (Brown, 1981, p. 2). Esta manera de concebir la importancia del cuerpo frente a la muerte se ha mantenido presente en las sociedades cristianas occidentales y permite explicar la importancia social del ritual funerario, del memorial y de la intensa necesidad de identificación y ubicación de restos humanos en casos de violencia, sea esta política o de otra índole. En este contexto, la reliquia es “aquello que es preservado como garantía de que la persona muerta no volverá” (Fédida, 2003, p. 62). En otras palabras, la reliquia opera como garante de la muerte y permite a los vivos incorporar la idea de ésta al presente. Esto contribuye a explicar la tensión que se percibe en la búsqueda de los restos de personajes como el propio Cabañas:[1] deudos y seguidores requieren encontrar sus restos para hacerse cargo de que la muerte se ha producido.
Ello es también una insoportable realidad en los casos en donde personas han sido sujetas de desaparición y sus familiares se afanan por encontrarles. Pero la reliquia, a diferencia de los meros restos se considera poseedora de un poder particular –que según el catolicismo emana directamente de Dios–. Proveniente de la voz latina reliquiæ, significa “lo que queda”. La cristiandad tardía asimilaba las reliquias de los mártires a poderes extraterrenos como la sanación y el milagro, que comunidades cristianas de diversa índole continúan creyendo. La búsqueda de los restos de Lucio no tuvo motivaciones religiosas de ninguna índole y, sin embargo, se planteaba como una empresa que permitiría restaurar la completud de la comunidad fracturada por la violencia. El guerrillero poseía entonces virtudes cristológicas: sus éxitos militares tienen rasgos milagrosos y su muerte es esperada como la de Jesús mismo, tal como en el cuento “Él”, del escritor guerrerense Roberto Ramírez Bravo (2005). En este contexto la reliquia es
un fragmento material extraído del cuerpo de una persona, que legitima la visibilidad de lo que está escondido. En la muerte, aquello que está escondido es a primera vista la descomposición del cadáver, su destrucción progresiva (la traducción es mía, Fédida, 2003, p. 64).
Ella hace posible la plena experiencia de la muerte. Al mismo tiempo, la recuperación de los restos para darles un lugar de descanso se asocia con el poder propio de la reliquia: un sitio donde la comunidad se re-une –en un sentido durkheimiano– en el duelo por el muerto.
El obelisco de Atoyac que hoy contiene las cenizas de Lucio tiene un epitafio: “Lucio Cabañas Barrientos ¡Comandante, contigo está sembrada la esperanza del futuro!” (ver fotografía en capítulo de Sánchez y Rangel).
El rescate de los restos de Cabañas y su posterior ubicación en el obelisco significaron, por otra parte, la elaboración de un ritual de orden religioso a la Durkheim, quien en Las formas elementales de la vida religiosa argumentaría sobre la importancia de la reliquia en la creación y mantenimiento de formas de solidaridad social: los objetos –los restos corporales de ciertos individuos en las sociedades cristianas– operan simbólicamente para unir a los creyentes y proporcionarles un sentido de identidad y pertenencia construyendo vínculos en la veneración (Durkheim, 2012).
En este sentido, podemos explicar que el obelisco de Lucio Cabañas se haya convertido –a partir de su compleción– en uno de los espacios de memoria y protesta más importantes de la zona: sus restos mortales fueron exhumados en 2003 del cementerio municipal de Atoyac, donde fue enterrado en secreto el 3 de diciembre de 1974, para trasladarlos al obelisco del zócalo de Atoyac. Ese sitio es el último donde el guerrillero fue visto públicamente tras la matanza de los padres de familia del 18 de mayo de 1967 (Sirenio, 2019).
Ahora bien, una historia circula sobre el periplo de los restos mortales de Cabañas una vez que fue exhumado del cementerio. Éstos fueron identificados como pertenecientes al guerrillero el 12 de agosto de 2002, por peritos forenses del Equipo Mexicano de Arqueología y Antropología Forense en coordinación con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (cndh) (Muñoz, 2002) la identificación se realizó mediante la comparación con muestras de adn de sus hermanos y de su hija. Víctor Cardona Galindo,[1] un habitante de Atoyac sumamente activo en el mundo virtual hizo una publicación en el perfil en Facebook Atoyac mi Matria en la que narra:
Los restos de Lucio Cabañas estuvieron durante un año en custodia del padre Máximo Gómez en la Iglesia del Dios Único, de donde fueron sacados el sábado 30 de noviembre de 2002 para ser llevados a Ayotzinapa y luego a Chilpancingo. Ya de regreso a Atoyac pasaron por el poblado El Treinta, municipio de Acapulco, y por El Cayaco, municipio de Coyuca –en donde vivió parte de su infancia– para llegar la noche del domingo primero de diciembre a nuestra cabecera municipal. En la Normal Rural de Ayotzinapa, escuela en la que se graduó como maestro en 1963, se realizó un gran acto en el patio del plantel donde se levantó un altar en honor a Lucio Cabañas y se congregaron representantes de las 17 normales rurales del país vestidos de negro y con banderas rojas. Los alumnos, integrantes de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México acompañaron con consignas los discursos de los oradores en ese evento.
Más tarde, unos 500 asistentes, entre estudiantes de diversas Normales de Guerrero, Morelos, Estado de México y Coahuila; así como líderes de organizaciones de colonos y campesinos, acudieron al homenaje póstumo al guerrillero que se realizó junto al palacio de gobierno en Chilpancingo.
A un día de cumplirse 28 años de su muerte sus seguidores y familiares le rindieron un homenaje, trasladaron sus restos en una manifestación que salió de la preparatoria 22 a la plaza pública de Atoyac. Durante la noche del domingo 1º de diciembre se realizó una velada cultural en la plaza Morelos, con la participación de todas las organizaciones presentes.
Por la mañana del 2 de diciembre del 2002, los restos de Lucio Cabañas fueron llevados al panteón de la comunidad de San Martín de las Flores donde está sepultada su madre la señora Rafaela Gervasio Barrientos. Allí se montó una guardia de honor en el panteón ante la presencia de los restos.
Luego, los restos de Lucio Cabañas fueron regresados a la cabecera municipal. En la entrada de la colonia 18 de Mayo comenzó la marcha encabezada por la urna con los restos al frente, pasaron a la escuela primaria Modesto Alarcón, donde fueron recibidos por maestros y alumnos. Después, el cortejo partió con los restos para darle sepultura en el zócalo de la ciudad bajo el obelisco erigido en su honor, mismo que proyectó el arquitecto Hilario Arroyo Valadez.
Finalmente, los restos del legendario guerrillero fueron colocados en una urna con motivos prehispánicos que hizo el escultor Pedro Zamudio bajo el obelisco donde después se instaló su estatua, con la presencia de organizaciones sociales de izquierda y de destacados promotores de la justicia como el padre Máximo Gómez Muñoz y del escritor Carlos Montemayor.
Dos años después, las organizaciones sociales de izquierda colocaron, el 2 de diciembre del 2004, una estatua de Lucio Cabañas que esculpió el escultor Jorge Ramírez (de Celaya, Guanajuato) en la fundición de los hermanos Rivero en la Ciudad de México y la develaron en el obelisco, con la presencia del escritor Carlos Montemayor, el padre Máximo Gómez y la luchadora social Hilda Flores Solís (Tomado de “Los restos de Lucio”, publicado el 26 de mayo de 2020 en el perfil de Facebook Atoyac mi Matria).
Otras fuentes periodísticas permiten corroborar el carácter de peregrinaje de la movilización de los restos óseos de Cabañas. La Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (fecsm) informaba, el 29 de noviembre de 2002, que desde las 22:30 horas del día 30 se realizaría en Ayotzinapa una velación de los restos en la cual organizaciones políticas y sociales harían guardias de honor (Ocampo Arista, 2002).
[1] Vale la pena hacer referencia aquí a la apasionante búsqueda de los restos del Che Guevara, en Bolivia, empresa en la que colaboraron historiadores, geólogos, biólogos, antropólogos forenses e historiadores y que culminó en lo que Prensa Latina ha descrito como una victoria simbólica contra quienes pretendieron obscurecer el legado de Guevara. El video (1997) puede verse en: <https://www.youtube.com/watch?v=sb6jUycWuc4>.
[2] Ha realizado un intenso trabajo de divulgación sobre Atoyac de Álvarez en su perfil de FB y en su blog alojado en Myspot <http://atoyacmimatria.blogspot.com/>. Su perfil recupera eventos y figuras históricas asociadas a la localidad y su cultura.
Este fragmento del capítulo: Reliquias y esperanza: Los restos del Lucio Cabañas en la expresión de la memoria mesíanica, es parte del libro: Genaro Vázquez y Lucio Cabañas tensiones de la memoria y movilización social, editado por Bonilla Artigas Editores y coordinado por Marisol López Menéndez, Amilcar Carpio Pérez y Jorge Mendoza García.
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