El agua como nueva frontera urbana

Por: Alejandra Trejo Nieto*
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“El agua entiende
bien a la civilización;
empapa mi pie, pero con belleza,
refresca mi vida, pero con ingenio,
no siente desconcierto
ni tiene el corazón roto:
bien usada, adorna la felicidad,
adornada, redobla la felicidad:
mal usada, destruye,
en tiempo y medida perfectos,
con un rostro de placer dorado,
con elegancia destruye.”
Ralph Waldo Emerson[i]
El agua es, cada vez más, el límite invisible que traza fronteras urbanas en el siglo XXI. Esta frontera no es geográfica ni visible, pero sí marca líneas claras de exclusión. No es casual que las ciudades latinoamericanas vivan sequías prolongadas, cortes constantes y tensiones por el acceso. Lo que está en juego no es únicamente la gestión de un recurso natural, sino la manera en que se configura la ciudad: quién puede abrir la llave y quién no, quién paga más y quién se queda sin servicio, qué barrios quedan marginados del suministro y cuáles concentran las inversiones. En este texto propongo pensar el agua como una nueva frontera urbana, no solo en términos de infraestructura y recursos naturales, sino como un espacio de disputa política y social que define quién puede habitar y cómo se organizan las ciudades.
Las ciudades crecieron durante el siglo XX bajo la premisa de que el suelo era el principal recurso a gestionar; hoy, lo que delimita las posibilidades de habitar no es la tierra sino el acceso al agua. Los megaproyectos inmobiliarios requieren fuentes de abastecimiento que suelen extraerse de comunidades periféricas; mientras tanto, las colonias populares padecen cortes prolongados y deben recurrir a pipas y sobrecostos que convierten al agua en un bien de lujo.
En este escenario, el agua no es solo un recurso natural y técnico: es un terreno de conflicto. La definición de redes, la sobreexplotación de acuíferos y la inequidad en la distribución hacen visible cómo lo urbano se sostiene sobre desigualdades hídricas. La escasez no es simplemente un fenómeno natural, es también un efecto político de las decisiones sobre qué ciudad se prioriza y cuáles se dejan a la intemperie.
Los ejemplos se multiplican a lo largo y ancho de las regiones. En la Ciudad de México, los barrios populares de Iztapalapa llevan décadas enfrentando cortes constantes, sobrecostos y mala calidad, mientras que los desarrollos inmobiliarios de lujo en Santa Fe y Polanco ven asegurado su abastecimiento. En Monterrey, la crisis hídrica de 2022 reveló la paradoja de una ciudad industrializada que dejó a cientos de miles de habitantes sin agua corriente, mientras las grandes cerveceras y refresqueras mantuvieron el suministro para sostener su producción. En Sao Paulo, un “apagón hídrico” en 2014 mostró cómo las élites urbanas podían sortear la escasez con tecnologías privadas de almacenamiento, al mismo tiempo que las periferias experimentaban racionamientos severos.
Estos episodios ilustran cómo el problema no radica únicamente en el cambio climático o en la disminución de lluvias, sino en un modelo urbano que restringe las fuentes, sobreexplota los acuíferos y distribuye de manera desigual los costos de las crisis. El agua se convierte, así, en una nueva mercancía urbana: objeto de especulación, negocio de las empresas de pipas, motivo de desalojos y fuente de conflictividad social.
En este escenario, pensar el agua como frontera urbana implica reconocer que su acceso define las condiciones mínimas de ciudadanía y está configurando otra cartografía de la desigualdad. Mientras unos barrios concentran infraestructuras modernas de tratamiento y distribución, otros sobreviven con cubetas, garrafones y deudas impagables. Si el agua se vuelve privilegio de pocos, la ciudad misma se fragmenta. La ciudad incluyente se erosiona cuando abrir la llave es un privilegio. Pero si se recupera el agua como beneficio común, se abre la posibilidad de un futuro urbano distinto, menos marcado por la exclusión y más por la solidaridad, y donde la vida cotidiana no dependa de la capacidad de pago, sino de la capacidad de garantizar derechos básicos.
La política urbana debería situar el agua en el centro de la justicia espacial. No como un recurso técnico a gestionar desde indicadores de eficiencia, sino como un recurso cuyo acceso equitativo redefine qué ciudad es posible. No basta con reparar fugas ni construir nuevas redes: se requiere reorientar prioridades, cambiar la arquitectura institucional y diseñar mecanismos de financiamiento y control que pongan el acceso universal al centro de la ciudad. Son necesarios tanto principios como medidas concretas, organizadas estas últimas en acciones inmediatas, de corto, mediano y largo plazo.
Los principios guía de una política urbana del agua deben partir del reconocimiento y la práctica del agua como bien común y derecho humano, no como una simple mercancía sujeta a la lógica del mercado. Ello implica garantizar un suministro seguro, continuo y universal como meta mínima de cualquier estrategia. Al mismo tiempo, es indispensable concebir la gestión hídrica de manera integral: vinculando la planificación urbana, la gestión del suelo, la protección de cuencas y la regulación de los recursos subterráneos.
La transparencia y la rendición de cuentas deben situarse en el centro de la gobernanza del agua en las ciudades. Para ello, la política hídrica no puede permanecer cerrada en oficinas técnicas, sino que debe abrirse a la participación social. Consejos ciudadanos de agua con poder real de supervisión, auditorías externas independientes y datos abiertos accesibles son pasos esenciales para reconstruir la confianza pública y combatir la corrupción en los organismos operadores. La crisis hídrica no se resolverá con tecnocracia de gabinete, sino mediante alianzas entre comunidades, academia y gobiernos locales que permitan generar soluciones viables y socialmente legítimas.
En el plano de la acción, se requieren distintas escalas temporales:
Acciones inmediatas de emergencia y alivio que incluyen la realización de auditorías rápidas y reparación de fugas en zonas críticas y vulnerables; regulación estricta de los servicios privados (pipas) para evitar abusos; y puesta en marcha de programas de suministro básico garantizado para hogares en situación de mayor precariedad.
En el corto plazo se debe consolidar un suministro universal básico con continuidad mínima; establecer tarifas progresivas, con tarifa social para hogares y cobros diferenciados más altos para sectores de alto consumo; impulsar proyectos piloto de captación de lluvia y sistemas comunitarios de abastecimiento; y crear sistemas de información abiertos que permitan monitorear cobertura, calidad y disponibilidad en cada colonia o barrio.
En el mediano plazo se requiere invertir en infraestructura verde y gris de largo alcance, modernizar redes con tecnología eficiente para reducir pérdidas, proteger cuencas y zonas de recarga periurbanas, e implementar esquemas de gobernanza metropolitana que superen la fragmentación administrativa y fortalezcan la autonomía de las empresas públicas de agua.
Y en el largo plazo es necesario reorientar la estructura urbana en función de la disponibilidad hídrica, favoreciendo la densificación en áreas servidas y controlando la expansión en zonas problemáticas; revisar los derechos de extracción y priorizar usos domésticos y ambientales sobre los industriales; fomentar el reuso de aguas tratadas en escala masiva; e implementar un portafolio de financiamiento sostenible y mecanismos redistributivos que garanticen justicia hídrica.
En síntesis, una política urbana del agua no puede limitarse a responder a emergencias sino que debe transformar las reglas del juego y asegurar que el acceso equitativo al agua sea la base misma de la ciudadanía urbana en el siglo XXI. Así, el agua como frontera urbana interpela a la política en su núcleo: o se convierte en un privilegio que fragmenta aún más las ciudades, o se recupera como derecho común que sostiene la vida colectiva. La disyuntiva no es técnica: es política. Y lo que está en juego es la ciudadanía urbana.
[1] En Poets of the English Language, Viking Press, Nueva York, 1950.
*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México
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