Musarañas 23

Por: Francisco Segovia

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23.

TRADICIÓN, AUTENTICIDAD, NACIONALISMO

TRADICIÓN, AUTENTICIDAD, NACIONALISMO

Hace unos días escuché la “Gallarda napolitana”, de Antonio Valente. ¡Pero si es un son!, pensé. Busqué más datos en la internet y acabé encontrando un video donde se tocaba exactamente la versión que acababa de escuchar en disco. Se lo envié a un amigo músico dedicado al son. “Ésa es sólo la parte europea —respondió—; le falta el jícamo afro”… No sé. ¿Puede pedírsele jícamo a una pieza del primer barroco italiano? ¿Había siquiera jícamo en el África de aquel tiempo? Quizás. En cualquier caso, yo no creo que le falte nada a la pieza de Valente, que me parece un son hecho y derecho. Por lo demás, el argumento de mi amigo no alcanza a ser un verdadero argumento. Decir que le falta jícamo a la pieza es como decir que la versión que se oye en Ostinato (la del disco, que luego hallé en YouTube) no es lo bastante guapachosa, o que le falta feeling, o que le falta swing; que es, en suma, demasiado blanca, demasiado occidental… Se juzga así una forma antigua según los valores modernos: no por lo que es en su tiempo sino por lo que debió ser para resultar pertinente hoy. Es un prejuicio común: así como sólo los negros pueden tocar el blues, así también sólo los jarochos pueden tocar de veras el son… No es éste un prejuicio sólo de negros y jarochos sino también de blancos y europeos. Todos hemos oído a Eric Clapton lamentarse de haber nacido blanco y no negro. Y, sin embargo, ¡cómo toca el blues!… Lo que hace mi amigo es reiterar esto: reclama el son verdadero como propiedad de los jarochos, dejándoles a los blancos sólo una versión como deslavada y espuria, sin jícamo… Otros, más radicales que él, no les dejan ni eso.

El radicalismo que se basa en esta idea de autenticidad declara que los músicos auténticos brotan un día por generación espontánea y no les deben nada a los demás; y menos a los blancos, a los ladinos. Los radicales quieren hacernos creer que la música europea es esencialmente un préstamo que las demás razas han hecho a los occidentales —esos hombres que se distinguen por no tener tradiciones, al menos no tradiciones propias y auténticas… Porque, bien visto, lo auténtico no puede ser occidental… Todo lo que los occidentales tienen, lo han robado…

            Uno entiende desde luego este resentimiento contra el colonialismo y el imperialismo de los occidentales, que han saqueado impunemente y con avidez a todos los otros pueblos del mundo, pero no debe olvidarse que tras la defensa de lo auténtico se esconde el germen del nacionalismo —un invento plenamente occidental—, con todas sus atrocidades; que el ideal de pureza, cultural o racial, ha llevado a unos pueblos a exterminar a otros. Los nacionalismos son resultado del imperialismo occidental, es cierto, pero al aceptarlos como propios no sólo no detenemos el influjo occidental sino que lo agudizamos sin saberlo. Aceptar el nacionalismo vale tanto como dejarse morir para que con uno mueran los gérmenes que lo están matando. Todos sabemos que eso no sólo no detiene a los gérmenes sino que aumenta el número de los muertos. No, el aislamiento no es una cura, ni el nacionalismo es una vida que mata para propagar su propia vida, sino una muerte que impide que la vida se propague, para propagar su muerte…

Si el son ha tomado de Europa algo que no lo ha matado, es que es vida lo que ha tomado; y si ha tomado algo de África, o de América, también ha sido vida… Su tradición no ha residido nunca en no tomar vida prestada de otra parte sino justamente en lo contrario: en tomarla. ¿O no están ahí para probarlo las estrofas castellanas que en él se cantan, coplas y décimas sobre todo? A decir verdad, ninguna tradición, ninguna cultura ha vivido sólo de comerse a sus padres, a sus hijos, a su propia carne. Ninguna vive de verdad royéndose los codos. Todas se alimentan de otras. Unas a otras se alimentan. Es el casticismo, el purismo, el nacionalismo, lo que las mata de hambre….

El nazismo nos probó, sobradamente, que el nacionalismo mata de hambre a la cultura.

Una tradición es una manera particular de elegir (tomar o rechazar) lo que se le ofrece, lo que se le da, sea propio o ajeno. Y no por nada es justamente así como forman sus versadas de los jaraneros, tomando de los otros lo que los otros ponen a disposición de todos.

La autenticidad no es una esencia sino una cualidad: la cualidad del acto con que una tradición decide tomar o rechazar algo. Ese acto no sé si es libre o siquiera consciente, pero es en todo caso soberano. Y en principio no se impone; no, al menos, como se imponen las decisiones del poder.

            Defender lo auténtico no es distinto de defender el derecho de la tradición a esa elección; defenderlo de los usurpadores. Cuando Televisa, por ejemplo, nos ofrece como típica de México su versión de La Bamba, nos la impone. Es un acto de poder.

El poder siempre aspira a remplazar a la tradición. Xi Huan Di, el primer emperador de China, mandó quemar todos los libros anteriores a su reinado, como si la historia de China comenzara con él. Lo mismo hizo Pol Pot en Camboya. Y algo parecido han intentado todos los totalitarismos, de uno y otro signo… Orwell dice esto mismo en 1984; y Bradbury en Fahrenheit 451… Hitler nos enseña que sólo hay un paso entre la limpieza de la lengua y la limpieza étnica; y que hay algo más que un mero aire de familia entre el purismo (el regreso de la lengua a su pureza) y el exterminio en los campos de concentración (el regreso de la raza a su pureza)… Como si existiese tal pureza… José Bergamín se burlaba con ironía de la vanidad de esas empresas: “Ir en busca de las raíces —decía— es una manera subterránea de andarse por las ramas”…

En el extremo, algunos tradicionalismos acaban volviéndose contra sí mismos: se deshacen tanto de lo ajeno que acaban por liquidar también lo propio. Por no deberle nada a nadie, se dedican a limpiarlo todo, a comenzarlo todo de nuevo, desde cero… Es lo que piden todos los que no vacilan en mancharse las manos de sangre… Lo que oculta el impecable uniforme de los nazis, o el pelo engominado de los políticos, son esas manos llenas de sangre… Todo reluciente y recién lavado, como si antes no hubiera pasado nada.


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