Ermilo Abreu Gómez: retrato de un maestro de la mente

Por: Gabriel Trujillo Muñoz
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Si es difícil encontrar datos sobre los escritores mexicanos que vivieron hace un siglo, más lo es hallar noticias que permitan conocer mejor a los autores de géneros marginados de la república de las letras de nuestro país, como ha sido el caso de la narrativa policiaca o la de ciencia ficción. Cuando comencé a indagar en género de la narrativa de anticipación (como primeramente se le llamó a la ciencia ficción), junto con personajes como Juan Nepomuceno Adorno y Amado Nervo, surgió el nombre de Eduardo Urzaiz, cuya novela Eugenia (1919) es considerada una de las contribuciones pioneras a esta literatura y una de las obras más importantes que dieron nuestras letras a la ciencia ficción mundial en la primera mitad del siglo XX.
Los pocos datos que pude encontrar sobre Urzaiz, en la última década de la centuria pasada, los llegué a publicar en dos libros míos: Los confines (1999) y Biografías del futuro (2001), donde expuse que don Eduardo fue un escritor cubano que vino a radicar a México, específicamente en Mérida, Yucatán, durante el porfiriato, y que Eugenia fue la única obra suya de temática de anticipación, donde se trataba un asunto que entonces como hoy sigue causando escozor: la eugenesia, un término utilizado por Francis Galton (1822-1911), genetista, psicólogo y naturalista británico, que se definía como un método científico -siguiendo las leyes de la herencia genética- para producir seres humanos más perfectos y la eliminación de los seres humanos que no lo eran (mestizos, razas inferiores, enfermos con discapacidades físicas y mentales) a través de la segregación y el genocidio. Como se ve, esta “ciencia” buscaba mantener la supremacía blanca (lo que en el medioevo era la sangre pura ahora, con el disfraz de la ciencia, se convertía en la genética pura) por medio de una división tajante de la humanidad y dio argumentos para ideologías como el fascismo y el nazismo pocas décadas más tarde.
Desde entonces nada encontré sobre este autor cubano-mexicano. Pero la suerte me hizo conseguir, gracias a la generosidad de Juan Luis Bonilla, uno de los dueños de la librería Bonilla-Artigas de la ciudad de México, el libro del escritor yucateco Ermilo Abreu Gómez (1894-1971), Sala de retratos. Intelectuales y artistas de mi época, originalmente publicado en 1946 y que Bonilla-Artigas editores publicara de nuevo en 2019 y bajo el cuidado del maestro Adolfo Castañón, quien además proporciona los datos biográficos de cada retratado en este libro.
Es evidente que Sala de retratos es una obra que tiene como propósito ser un compendio de la clase artística e intelectual del México de los años cuarenta, del sexenio de Manuel Ávila Camacho, de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Sin duda es una galería de retratos, un quién es quién de los escritores y artistas que vivían y pululaban en el centro del país, en la capital de la nación, en los círculos de creadores y diletantes que se movían alrededor de ciertos cafés (principalmente el Café París) y otros lugares donde se reunían, socializaban y debatían las creaciones propias y ajenas. En esta sala verbal, estructurada en orden alfabético, cabían lo mismo José Aceves que Jesús Zavala, e incluía a Justo Serra, Julio Torri, Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Diego Rivera, José Revueltas, Alí Chumacero, María Izquierdo, Renato Leduc, León Felipe, Narciso Bassols, Octavio Paz, Alfonso Caso, Juan de la Cabada, Joaquín Clausell, Martín Luis Guzmán, Efraín Huerta, Clementina Otero, Carlos Pellicer, José Moreno Villa, Luis Cardoza y Aragón, Ramón López Velarde, Mary Douglas, Isidro Favela y José Gorostiza, entre muchos otros retratados.
Pero Ermilo Abreu no sólo mencionaba a los artistas célebres o famosos de la ciudad de México, a los que gozaban de prestigio cultural en sus respectivas artes, sino que también les daba su lugar a aquellos creadores que, según su conocimiento y aprecio, consideraba que debían formar parte de su exhibición de talentos por sus aportaciones a la cultura mexicana, no importando dónde residieran o qué tan conocidos fueran. En este rubro estaba el retrato que hizo de Eduardo Urzaiz en las páginas finales de su obra monumental. ¿Qué decía nuestro autor, orgullosamente yucateco, sobre este vecino suyo? En su retrato breve (no pasa de tres páginas) explica que llevaba más de medio siglo viviendo en Yucatán y que era un “ilustre médico” de origen cubano, “pero su vida, su ciencia, su actividad docente, sus cariños, pertenecen a Yucatán” y que sus actos, como médico y como persona, siempre habían sido para “engrandecer el espíritu de Yucatán”. Para ello, “no ha escatimado sacrificio alguno. Pocos hombres como el doctor Urzaiz merecen el agradecimiento de la patria chica. Ha trabajado sin cesar en su profesión y en su cátedra”. Abreu lo señalaba como un hombre que “ha dado todo lo que vale” a Yucatán” y por eso “más de dos generaciones le deben no sólo el saber que han podido recibir de sus labios de maestro, sino también -y esto es lo que más vale- el ejemplo de su hombría”.
Lo que describía don Ermilo como hombría era, en sí, la capacidad del retratado para ser un hombre de bien para su comunidad, pues “no se ha enriquecido, ni juntado dineros, ni aglomerado tesoros, ni guardado bienes temporales. Vive con modestia, con sencillez de apóstol. Su actividad está puesta al servicio de la ciencia y ésta al servicio del pueblo. No figura el doctor Urzaiz mi em saraos ni en fiestas ostentosas de carácter oficial, pero figura siempre a la cabecera de sus enfermos o junto a la mesa en que se discuten temas de categoría espiritual”. Bajo tales matices, podemos empezar a hacernos una idea de don Eduardo como un doctor que se sentía más confortable entre colegas médicos o entre intelectuales que desfilando en las pasarelas del poder o de la fama social. Según Abreu Gómez, después de ofrecer estas características de la personalidad de su retratado, hablaba de él por conocimiento personal:
Yo le conocí hace muchos años, cuando vivía cerca de mi vieja casa del barrio de Mejorada. Venía yo del colegio y pasaba por la puerta o por la ventana en que, vestido de blanco, tomaba el fresco de la tarde. Los amigos de mi padre hablaban ya del doctor Urzaiz con respeto y con encomio.
-Es un sabio, decían. Lee los más extraños libros y discute, entre los médicos, teorías. Dice que existen unas glándulas de secreción interna y que el carácter y la naturaleza de los sexos dependen de unos cursos endócrinos que antes se ignoraban.
El doctor Urzaiz fue además, uno de los primeros hombres de ciencia que dieron a conocer, en el medio de Yucatán, los trabajos de la moderna psiquiatría. El doctor Urzaiz es un psiquiatra, como parece debe decirse en buen romance. Los estudios que fue publicando en revistas médicas le dieron fama y crédito de entendido en estas disciplinas de tanta dificultad técnica. Su nombre traspasó los límites de la provincia y aquí en México he oído su nombre pronunciado con respeto.
Don Ermilo ofrecía la descripción de un científico de las ciencias de la salud, de un adelantado en el estudio de la mente humana, de un investigador al día que le interesaba divulgar las novedades de la ciencia médica en Yucatán y en todo el país. Y no sólo eso, pues en su retrato aclaraba que este sanador de males físicos y mentales contaba con “el insólito mérito de saber expresarse con soltura, cosa que no siempre acontece entre las gentes demasiado apegadas a su oficio científico”, lo que indicaba que no sólo era un investigador de laboratorio, un intelectual de cubículo, sino un difusor de su ciencia entre el público en general. El retrato de Urzaiz quedaba, perfecto, como ejemplo de lo que Adolfo Castañón menciona en su prólogo de la edición de 2019 de Sala de retratos: aquí “la historia habla al oído, dice y se dice al tú por tú, se da y aparece el individuo, sobre todo la persona y su carácter. Podría decirse que aquí la historia literaria se declina y desgrana en gestos y actitudes de personas concretas”.
No hay que olvidar, como lo señalara de nuevo Adolfo Castañón, que en este libro se reúnen “más de 110 siluetas de escritores, poetas, historiadores, arqueólogos, filósofos, músicos, dramaturgos, actrices, militantes, bibliógrafos y tipógrafos, entre otros muchos oficios”. En el caso de don Eduardo, estaba en ese otro oficio que era el de la medicina. Y en el caso de su nacionalidad, don Emilio era de brazos abiertos y no distinguía entre hombres y mujeres nacidos en México o en el extranjero mientras unos u otras contribuyeran al desarrollo artístico e intelectual de nuestro país desde sus respectivas áreas de la creación o del saber humanista. Volvamos a las palabras de Abreu sobre Urzaiz y cómo lo define no sólo en su aspecto externo sino en sus intereses intelectuales, que mucho tenían de heterodoxos al momento de meterse con la literatura nacional:
El doctor Urzaiz es de estatura media: más bien delgado; viste con pulcritud, casi siempre de blanco. Usa barba -una barba entrecana, recortada al modo de D. Francisco A. de Icaza. Habla sin acento particular -ni cubano ni yucateco. Lee con claridad y elegancia sus trabajos académicos. Sabe intercalar en sus doctos mensajes, gracias y humoradas que ponen un tinte de contentamiento entre los oyentes. En la quinta de la gentilísima doña Flora Gutiérrez tuve oportunidad de escuchar de los propios labios del doctor Urzaiz, un notable trazo sobre las características anormales, desde el punto de vista de la confirmación sexual que concurrían en Sor Juana Inés de la Cruz.
Para don Ermilo, las lecciones del médico cubano-yucateco estaban destinadas a las generaciones jóvenes, de las que no sólo sería su maestro sino también su guía. Era, en cierto modo, el retrato de un profeta que divulgaba nuevas ideas sobre la condición humana en la misma época en que el psicoanálisis se consolidaba en Europa y se volvía parte de la cultura en general. Por eso Abreu exponía que “No es ni con mucho un demagogo; ni un hombre que haga del extremismo un arma. Es, sencillamente, un hombre que está de acuerdo con los avances de la humanidad hacia un mundo más libre, en consonancia con la realidad del cuerpo y del espíritu”. Lo que significaba, para mediados de los años cuarenta, que sus conocimientos científicos le habían permitido romper tabúes y prejuicios sociales para explorar las implicaciones de la conducta humana en todas sus facetas a experimentar en la vida. Por ello, concluía nuestro autor, Urzaiz “era digno de figurar entre los hombres más avanzados en un medio superior. Su ciencia y su calidad humana lo han hecho acreedor al respeto de la sociedad”. Pero el doctor no se le veía únicamente como un profesor que enseñaba las claves de la mente humana: “Un día sus méritos extraordinarios, puestos en el olvido por su modestia, serán pregonados para gloria de la ciencia. En la historia de Yucatán figurará como uno de los más preclaros maestros. Yo me honro llamándole: maestro y amigo”.
Lamentablemente, Ermilo Abreu no le dedica ni un renglón a la labor de Urzaiz como autor de la novela Eugenia que, como su título lo indica, fue una obra que le sirvió al retratado para seguir divulgando sus ideas novedosas, en clave de ciencia ficción utópica, sobre el comportamiento humano en una sociedad que habría evolucionado en usos y costumbres en el futuro. Por último, hay que advertir que los datos biográficos que agrega, con tanta diligencia y exactitud, Adolfo Castañón sobre don Eduardo Urzaiz Rodríguez (1876-1955) son esenciales para comprender su trayectoria profesional y su actividad literaria a la vez. De su vida, los datos más conocidos son que nació en Guanabacoa, un pueblo de la provincia de La Habana, fundado en el siglo XVI y que, entre sus características, está que allí residió el científico y viajero alemán Alejandro de Humboldt (1769-1859) a principios del siglo XIX. Pero en cuanto a la trayectoria profesional del médico Urzaiz, entre cuyos méritos deben destacarse el haber sido uno de los primeros cirujanos en practica la operación de cesárea en nuestro país, mientras que en lo literario le interesó la poesía. Por eso Abreu declaraba que “Ninguna suposición infundada entra a su mundo. Las únicas que ama son las suposiciones poéticas porque éstas responden a una necesidad vital del hombre y de la sociedad en que vive”.
De ahí que tradujera el famoso poema Evangeline (1847) del poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882), que relata la historia de una utopía, de una comunidad feliz, en el norte de América. Y don Eduardo en su novela Eugenia hace lo mismo: muestra una sociedad del porvenir, Villautopía, situada en el año 2218, donde existe una comunidad pacifista, que no requiere de la violencia o las fronteras, para vivir en paz, pero para ello requiere, muy científicamente, de la eugenesia para controlar los impulsos irracionales de la humanidad futura. En cuanto al ensayo, Urzaiz lo practicó en dos áreas afines a sus intereses intelectuales: la historia universal y la literatura novohispana. En el primer caso, escribió y publicó una Historia de las religiones y en el segundo hizo lo mismo con un ensayo titulado “El espíritu varonil de Sor Juana”, publicado en la revista El hijo pródigo de abril de 1945 y de cuyo contenido ya había hablado Abreu al recordar su conversación con el doctor y que, en el caso de la monja mexicana, era un tema que a ambos escritores les interesaba en una época en que todo logro femenino era considerado como un anhelo por llegar a la altura de lo conseguido por los hombres y mucho antes que las teorías queer hicieran su aparición en el horizonte intelectual de los estudios sorjuanianos.
Al final, es necesario puntualizar que estos retratos aparecieron originalmente en el periódico El Nacional desde 1942 y por eso su estilo literario no deja de contar con la impresión periodística, con la crónica personal. Por eso el mismo don Ermilo explicaba en la advertencia de su libro que: “Un poco de mi vida y otro poco de la vida de los demás, va entre las sombras y los claros de esta Sala. Acaso, con el tiempo, más de un detalle cobre relieve, en tanto que otros irán esfumándose. Allí los dejo un poco al cuidado de la discreción de mis lectores, encargados de disimular, como en las comedias, sus muchas faltas”. Pero ahora, a casi ochenta años de distancia de su publicación en formato de libro, podemos decir que la Sala de retratos de Abreu nos permite atisbar la vida y obra de intelectuales que hoy nos parecen indispensables para comprender el desarrollo de la literatura mexicana, para entender la evolución de un género como la ciencia ficción, gracias a un médico cubano que se asentó en la península de Yucatán y desde ella creó, entre varias otras obras, Eugenia (1919), la primera novela de anticipación mexicana del siglo XX, antecesora de obras como Un mundo feliz (1931) de Aldous Huxley. Una narración que nos permite conocer cómo se veía el futuro desde la óptica científica, cómo se avizoraba el mañana desde el saber psiquiátrico, biológico, experimental. Un escritor mexicano que es necesario volver a visitar en su laboratorio narrativo, en el diván de sus especulaciones y deseos.



