Cómo escribí algunos de mis sonetos (III)

Por: Dan Russek

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          Del arte poética aplicada a la propia obra

Debo el título de esta serie a Raymond Roussel, excéntrico narrador francés cuyo volumen Comment j’ai écrit certains de mes livres (Cómo escribí algunos de mis libros), publicado póstumamente en 1935, detalla los procedimientos de su creación literaria.

No es lo más común que los escritores vuelvan los pasos sobre su obra y, convertidos en críticos de sí mismos, decidan publicar sus hallazgos. El hecho, sin embargo, no es del todo excepcional. De hecho, en la lista de autores que han examinado su propia escritura, hay no pocos nombres ilustres. Cabe adivinar que en cartas, papeles privados, entrevistas y comunicaciones con el editor en turno, medra todo un arte poética aplicado a la propia obra.

Uno de los textos canónicos de nuestra modernidad literaria, The Philosophy of Composition (La filosofía de la composición, 1846) de Edgar Allan Poe, se propone hacerle saber a los lectores lo que se trama detrás de bambalinas en el quehacer literario. Escribe Poe: “A menudo me he puesto a pensar que cualquier autor podría escribir un artículo muy interesante para una revista si quisiera o pudiera detallar, paso a paso, los procesos que permitieron completar sus composiciones”.

Muchos siglos antes, ya Dante, en La Vita Nuova (1294), había acompañado sus sonetos con alusiones personales acerca de las condiciones en las que los compuso. El libro bien podría llevar como subtítulo: “Sonetos de amor, comentados por su autor”.

En su ensayo comentando El cementerio marino (1933), Paul Valéry, fiel lector de Poe, responde a la exégesis que el profesor Gustave Cohen emprendió de su poema. El autor de Monsieur Teste expone algunos principios de una poética a la que va aparejada una ética del intelecto, ética de inspiración cartesiana y fenomenológica en que tiene preponderancia el recursivo acto de la reflexión. Para Valéry, en “el bosquejo de las circunstancias que acompañaron la generación” de su poema, se destacan tres momentos: primero, la atención a una peculiar cadencia, “una forma rítmica vacía” previa a toda verbalización; segundo, la decisión de emplear el monólogo, y tercero, el uso de estrofas de seis decasílabos. Antes de tener en mente un contenido que sería puesto en palabras, lo que originó su poema, a decir del autor, es una serie de consideraciones de orden formal.

(Dicho sea entre paréntesis, agrego esta nota al margen: el lector excesivamente curioso podrá consultar en los archivos de La Gaceta del Fondo de Cultura Económica un ensayo titulado “Génesis de un poema” que publiqué allende el día (junio de 1995), al amparo de las ideas de Poe y Valéry. Detallo ahí las condiciones que rodearon el largo proceso de creación de un breve poema inspirado en Mallarmé y en la poesía concreta brasileña).

Hay autores que no hablan directamente de sus poemas, sino de las circunstancias materiales, e incluso ambientales, en las que los crearon. Así, Gabriela Mistral, en un breve texto titulado “¿Cómo hago mis versos?” (1938), se refiere a su estado de ánimo en el momento de escribir, a sus hábitos de trabajo y a las condiciones propicias para la escritura (“Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado, ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro de casa urbana. Siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y que Europa me da borroneado.”).

Otros escriben de su obra como a regañadientes. Es la impresión que dejan los múltiples Borges que se dan cita en introducciones, conferencias y entrevistas. En “Borges y yo”, Borges, en tanto persona, reconoce que se deja vivir para que el otro, el autor, “pueda tramar su literatura”. Señala, casi como disculpándose, que “nada le cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas”. Sin embargo, nunca dedica mucho espacio a interpretarlas a fondo. Reticente, sucinto y casi desengañado, Borges nos hace saber de sus poemas favoritos, aquellos que quisiera que sobrevivan al paso del tiempo, pero declara a continuación que “toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir” (Prólogo a su Obra Poética, p.15).  El Borges maduro, aun con toda su erudición a cuestas, expresa, tal vez inesperadamente, su escepticismo acerca de la intervención de la crítica en la creación. Contra Poe, el autor de El Aleph objeta: “No creo que la inteligencia tenga demasiada relación con el trabajo del escritor. Pienso que uno de los pecados de la literatura moderna es que tiene demasiada conciencia de sí misma” (Arte poética, p.141).

Octavio Paz, en sus ensayos “Quevedo, Heráclito y algunos sonetos” (1981) y “Reflejos: replicas diálogos con Francisco de Quevedo” (1996), elabora una suerte de ajuste de cuentas con un escritor que le resultó central. Por una parte, consigna la importancia del poeta español en su formación y las diferentes apreciaciones que tuvo sobre él a lo largo de sesenta años de lectura. Por otra, aprovecha la ocasión y se vuelve crítico de sí mismo, examinando en detalle sus poemas “Homenaje y profanaciones” (1960) y “Respuesta y reconciliación” (1996), ambos en diálogo con Quevedo.

Finalmente, Gabriel Zaid, en su ensayo “Poemas fallidos” (2008) emprende una crítica de algunos de sus poemas tempranos, en un lúcido y honesto repaso de la propia poesía que, a ojos del autor, no acabó de funcionar. Pero el fracaso, como muestra el texto de Zaid, ilustra. A la manera de las teorías del error elaboradas por los filósofos, o los experimentos malogrados en las ciencias, mucho se puede aprender de los poemas fallidos.

La primera parte del ensayo opone los poemas malos a los poemas pasablemente buenos, o sea, los que son, por un lado, “borbollones informes”, y por otro, los que se dejan leer, en el mejor de los casos, pero no dicen mayor cosa. La segunda parte del texto ofrece una suerte de confesión literaria, donde el autor se desdobla en crítico y da cuenta, a la distancia de los años, de algunos vicios de esos poemas (“En la Revista de la Universidad de México (febrero de 1967), aparecieron cinco poemas que lamento haber publicado.”). Las virtudes, que las hubo, no alcanzan, a su parecer, a salvar esos textos.

Centrado en el poema “Homero en Cuernavaca”, que alude a la colección de sonetos que con ese título publicó Alfonso Reyes a fines de los años cuarenta, el texto de Zaid repasa las versiones que, al pasar de los años, produjo de su propio poema, y su final insatisfacción con los resultados. “Poemas fallidos” es una breve lección magistral del arte de la crítica aplicada a la propia poesía.

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