El rey de los objetos

Por: Fernando Clavijo M.
Compartir este texto
El objeto más codiciado es uno sin ninguna utilidad inmediata: el dinero. Este instrumento de intercambio solo tiene valor en tanto la sociedad ha convenido otorgarle un poder de compra. Es, en gran medida, la potencialidad de comprar, de tener y de disfrutar otros objetos y experiencias o, como diría un economista, bienes y servicios. Como potencia es un símbolo de todo el placer, estatus o seguridad que la riqueza puede dar y es de esperarse que la población en general lo desee. Es, para ser más claros, un símbolo de la energía vital o libido y por ello completamente racional el desearlo. El problema viene cuando se confunde el símbolo con la cosa en sí. Creer que el dinero es la vida misma lleva a absurdos tan grandes como la acumulación enfermiza, algo tan fuera de lugar como querer “ahorrar” tiempo.
En la película “Romeo sangra” (1993), el policía corrupto interpretado a la perfección por Gary Oldman, Jack Grimaldi, narra: “Lo único en lo que podía pensar era en alimentar al hoyo…” y más adelante explica, “en mantener contento al hoyo”. Este “hoyo” era literalmente un hueco donde guardaba bolsas de dinero, pero también una metáfora que representaba la avaricia que le destroza la vida a Grimaldi. El deseo enferma, pues es sabido que ninguna cantidad de un objeto puede llenar un vacío psicológico, tal como toda la bebida del mundo jamás quitará la sed a un alcohólico. A continuación, un ejemplo real en el cual solo los apellidos han sido omitidos.
Mauricio parecía un tipo solvente, se enorgullecía de no tener que trabajar. Decía que él ya había trabajado suficiente de joven, y que ahora nada más cobraba rentas. Pasaba su día jugando Candy Crush, hasta que un amigo de su club social le contó sobre un negocio y un problema. El negocio era comprar coches que ya trabajaban en Uber, coches que algún incauto había intentado llevar como emprendimiento pero que le había resultado demasiado complicado, porque el chofer desaparecía, o trataba mal el coche, o no hacía bien las cuentas, etc. Este amigo, llamado Alonso, compraba los vehículos dados de alta con anterioridad al 2015, pues aparentemente tenían contratos con un porcentaje menor de comisión, y recuperaba su dinero en unos pocos meses. El problema era que no tenía más dinero para invertir a la velocidad que deseaba.
El negocio funcionaba así: Alonso compraba un coche a medias con un socio —en este caso, Mau—en unos 140 mil pesos, es decir 70 mil cada quien. Como el primero tenía un taller mecánico y un centro de capacitación de choferes, no había problemas de operación y el Uber le dejaba 5,600 pesos mensuales al socio. Nada mal, un rendimiento de casi el 10% mensual, libre de impuestos y en efectivo. Mau se arriesgó con un primer coche, y a los tres meses de pago puntual invirtió en otros tres. Decía que Alonso quería llegar a tener 50 coches. A finales de año, entre los dos tenían 200, poniendo más capital y reinvirtiendo los pagos. “Mi problema ahora es qué hacer con tanta lana en efectivo”, decía Mau.
Por ayudar a los que veía que recién estaban empezando, y tal vez por presumir lo chingón que era —seguía sin hacer nada, pero ahora contaba fajos de billetes—, invitó a familiares y amigos. “Para que mi mamá reciba 28 mil pesos al mes necesitaría tener 10 millones a plazo fijo en el banco, pero con 5 coches, que son 350 mil pesos, ¡le doy el mismo rendimiento!” Estaba claro, los productos financieros convencionales no servían, mejor arriesgar un poco y duplicar la inversión en 13 meses. Para principios del año siguiente ya había una veintena de socios nuevos, todos atraídos por los rendimientos. Preguntaban, “¿y si este amigo desaparece?”, a lo que Mau respondía, “si se va con tu dinero, se va con el mío. Pero, ¿adónde se va a ir con tantos coches?”
Al cabo de un año, los amigos y familiares de Alonso tenían cerca de 600 coches, y la familia y amigos de la esposa de Mauricio otros 400. Al verlo y hablar con él, casi escuchaba el tema The ecstasy of gold de Ennio Morricone, joya de la película “El bueno, el malo y el feo”(1966). El suegro, un asturiano llamado Justo, tenía cientos, los amigos decenas, la tía uno o dos, algunos más osados habían incluso incurrido en préstamos para aumentar su inversión. En teoría, los pagos mensuales sumaban 5.5 millones de pesos, algunos en efectivo y otros en transferencias.
De pronto, los pagos se retrasaron. Alonso estaba de viaje, era cuestión de un mes. Pasó un mes más y dijo que solo era que la Unidad de Inteligencia Financiera de la SHCP había congelado la cuenta debido a los montos. Se aclararía pronto. Luego, dijo que funcionarios de la UIF pedían 2 millones de mordida para desbloquear la cuenta. Luego fueron funcionarios del banco. Pasaron otros 6 meses.
$
El Esquema Ponzi toma su nombre del caso más notorio de este tipo de fraude, en 1920, que no fue el primero ni el último: hasta Charles Dickens lo describe en su novela Martin Chuzzlewit, en 1844. Consiste en atraer inversionistas para un supuesto activo, y pagar “dividendos” —que en realidad no existen— con las aportaciones de nuevos inversionistas. Normalmente se ofrecen retornos fijos de 8% hasta 15%, y si el esquema original de Carlo Ponzi explotaba arbitraje de cupones postales, ahora están de moda los de Bitcoin, bienes raíces, y el de “préstamos de amigos”. El negocio de Uber fue solo uno de 3 casos famosos de los que pude obtener conocimiento de primera mano.
No son, como se piensa, exclusivos de un nivel educativo bajo, los hay tan sofisticados que han llegado a NASDAQ, como el famoso y billonario caso de Bernard Madoff en 2009. Madoff era tan de fiar, que una de sus víctimas fue el Premio Nobel, y sobreviviente notorio del Holocausto, Elie Wiesel (escritor de la novela imperdible, Noche —tema que más tarde retoma Leonard Cohen en su canción If it be your will—). Tanto su familia como su beneficencia, la Foundation for Humanity, perdieron todo, más de 15 millones de dólares.
Las personas desconfían naturalmente de un negocio fácil. Sin embargo, una explicación sencilla puede ser suficiente, en especial cuando es acompañada de cierta presión social. Si todo mundo está ganando, ¿por qué yo no? “Es que esto es sólo para los amigos”, dirá el estafador, “ya no podemos aceptar más”. Sin embargo, cuando se da el primer paso, luego de que varios conocidos están en lo mismo y los retornos llegan sin falta, el hábito de ganar se apodera de uno. Recibir billetes puntualmente, ¿puede haber algo más adictivo? Pero, y si en vez de recibir 10 mil pesos al mes, ¿uno recibiera 20 mil? Las cifras imaginarias cierran la puerta a la desconfianza inicial.
La cultura de “ser chingón” y “un ganador” es particularmente fuerte en círculos sociales informales. Entre padres de familia de una escuela prestigiosa, por ejemplo, o amigos que frecuentan un club de golf. En ambos casos es importante la apariencia de riqueza, el estatus, y en ambos casos se valora el tiempo libre sobre el trabajo.
$
Para que la gente confíe en uno, hay que parecer confiable. Cuando, al cabo de meses de insistirle a Mau que me presentase al famoso Alonso, empecé a entrevistar víctimas, uno de ellos me contestó, “la última vez que lo vi estaba muy preocupado, se nota que él también necesitaba de esos fondos, sentí lástima e incluso le ofrecí mi ayuda.” Pregunté si parecía adicto a los juegos de azar o a las drogas, pero todo mundo hablaba bien de él: “es gente decente”. El sentido común se parece y confunde con el prejuicio. No se desconfía de un tipo simpático, aunque reservado, seguro de sí mismo, con familia y camioneta del año. Ser guapo también ayuda.
Luego viene la dificultad de aceptar haber sido timado. Los que más dinero metieron fueron los últimos en aceptar que habían perdido todo. Cuando le dije a Mau que lo habían estafado, luego de meses de defender la integridad de Alonso, me contestó que no era tonto, estaba protegido porque le había pedido que le endosara las facturas de los coches como garantía. “Pero los coches no existen”, le dije, “debes demandarlo por fraude”. En ese momento en el que la verdad iba entrando en la mente de las personas, algunos que se creían “vivos” compraron coches a otros “desconfiados”, haciendo trizas los restos de amistad.
Alrededor de esta ola de desgracia se hicieron pequeños remolinos, como ventas de última hora entre socios que buscaban salir o acaparar, comisiones ocultas, fraude dentro del fraude. Ya sea por ambición o por buena gente, Mau arrastró consigo a decenas de sus conocidos más cercanos. La familia, afectada financiera y personalmente, fue la más que más se resistió a creer la realidad. “Alonso no es transa”, me dijo una prima suya, “nomás quería chingarse al SAT”.
Pero Alonso, yo quería conocer a Alonso. Encontré a su esposa por Facebook, le escribí un mensaje y fui a verla bajo pretexto de ver una camioneta que tenía en venta. Entré a su casa esperando, conforme a mis prejuicios, ver cajas empacadas y gente nerviosa, como en las escenas finales de Goodfellas (1990), en las que las joyas se meten en bolsas de plástico a toda prisa. Pero no, la casa estaba bien puesta, con una foto de su hijo pequeño en el refrigerador. Sara me recibió recién duchada y descalza, y me saludó con un pequeño abrazo. Me cayó bien al instante. Vimos la camioneta de casi un millón de pesos y cuando le pregunté por qué la vendía me contestó sin tapujos, “tengo pedos de lana, y esta casa es rentada así que la troca es lo único que tengo; las cosas buenas sirven para deshacerse de las cosas malas”. Cuando ya me iba, llegó Alonso en su Mercedes Benz. Aun de coche a coche, el brillo de sus ojos me pareció encantador.
Así que en eso se perdieron unos 35 millones de pesos, ¿en devolver un poco, gastar otro tanto, viajar y aparentar? Al más chingón de esta trágica pirámide de decepción se le fue gran parte en la fiesta: drogas, una ida a un partido de americano, otra a Las Vegas, y un poco más en coches de lujo. Pero al final no queda ni la evidencia: no es dueño de su propia casa ni tiene inversiones por ningún lado. En un país sin ley, era dudoso que terminase en la cárcel. A más de seis años de su desaparición, hace pocas semanas una prima suya me dijo que ya estaba de vuelta en México.
El despilfarro es algo tan enfermizo como la propia acumulación. Es una forma de escapismo. El consumismo es la mezcla de ambas cosas, acumulación y huida hacia adelante. Es, tal vez, la encarnación de la envidia. En la película El silencio de los inocentes (1991), Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) pregunta a Clarice Starling (Jody Foster), “¿Cómo empezamos a codiciar?”, a lo que ella responde, “Empezamos por codiciar lo que vemos cada día.” Este intercambio dirige a la agente del FBI a la motivación que impulsa al criminal que buscan: la envidia. Me parece que este sentimiento es lo que promueve la plataforma Instagram, solo que en vez de piel humana vende la llave a la “felicidad”: esta se encuentra en bolsos de marca, viajes exóticos, botellas de champán. Me pregunto si habrá quien trabaje o ahorre para tales bienes, o si esta enfermedad llamada consumismo viene necesariamente acompañada de la obtención de dinero fácil, como el que buscaba Alonso.
La obsesión por los objetos suntuosos es tan solo el motor individual del aparato capitalista. Hasta el artista Peso Pluma canta “lo que un día soñé, todo ya me lo compré”, así que toda esa muerte y violencia asociada al narcotráfico ¿sirve para eso, para una camioneta? Que se caiga en el delito o deja de ser lo importante, el toma y daca de la economía es en sí una forma de violencia económica.
Cada vez que un casero le quiere subir la renta a su inquilino, y cada vez que este trata de regatearle, hay violencia económica. Cuando un ama de casa se siente frustrada porque el proveedor económico decide hacerle rogar por los medios para llevar el hogar, esto es control o manipulación; y cuando esa misma mujer manda al diablo al mismo hombre porque no genera suficiente, también. Nuestra sociedad está enferma de dinero, y el mecanismo está tan engranado en nuestra realidad, que hasta el gobierno participa cobrando impuestos, regulando las tasas de interés o generando inflación. La plutocracia ha llegado al poder para quedarse, y eso se ve en el malestar generalizado y violento de México. Fronteras afuera, no hay mayor ejemplo que el país más poderoso del mundo sea gobernado por un gánster como Donald Trump. Hoy en día la humanidad teme ser rebasada por el clima o por la inteligencia artificial, pero parece no darse cuenta de que es gobernada por uno de sus ídolos inventados más poderosos, y que este patrón habita su propia psique.




