Crónica de interrupciones

Por: Fernando Vizcaíno

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El concepto de “estación” no necesita defenderse con citas de teorías consagradas. Para empezar, la estación es el sitio donde para el tren. Donde se detienen y encuentran las personas. El instante, en una parada cualquiera, del cruce de miradas y sonrisas. En cualquier caso, la estación se nos ofrece como un texto para leer entre líneas: un guiño entre desconocidos no es sólo parpadeo, sino el instante que desbarata el aislamiento moderno; la sonrisa, más que agradecimiento, tiene la intención de interrumpir el flujo de anónimos; un “nosotros” efímero es una alusión velada para construir identidad colectiva. 

La estación es una interrupción —del tiempo, del movimiento, del lenguaje, del sonido, de la luz…— donde se articula la historia, lo biográfico y lo colectivo. Por ejemplo, el “alto al fuego” en la guerra, el “minuto de silencio” que abre un paréntesis para honrar a los muertos o los tiempos del violín que también crea silencios en el devenir de la música.

Pero en la estación siempre pasan cosas raras: amantes se encuentran y su erotismo desafía las miradas, policías vigilan, video cámaras descubren rostros, cualquier banca o rincón se convierte en lecho y, a veces, alguien llora, alguien canta, un niño pierde a su madre y otro niño encuentra su perro.

Una estación de moscas y de polvo: la muerte del padre de Octavio Paz

Como es sabido, el padre de Octavio Paz murió (¿1936?) atrapado por el Ferrocarril Interoceánico en la Estación Los Reyes-La Paz, en el oriente de la Ciudad de México.

Del vómito a la sed,

atado al potro del alcohol,

mi padre iba y venía entre las llamas.

Por los durmientes y los rieles

de una estación de moscas y de polvo

una tarde juntamos sus pedazos.

Yo nunca pude hablar con él.

Lo encuentro ahora en sueños,

esa borrosa patria de los muertos. (Pasado en claro, 1978)

Octavio Paz quiso olvidar a su padre, pero no pudo. El padre siempre habitó en la poesía, en la interpretación de la cultura y en la memoria del hijo. ¿No es El laberinto de la soledad (1950) la síntesis de la cultura en México y del hombre cuya soledad se resuelve en la fiesta y borrachera y donde la vida comulga con la violencia, la pobreza y la muerte?

Cuando Octavio Paz recoge pedazos de su padre esparcidos sobre rieles, la estación es una herida. Allí donde el tren no puede frenar sus vagones de acero, el mundo se desangra en significados. Las moscas permanecen sobre la sangre seca mientras el polvo remite al tiempo y los andenes son espejos de vómito.

La ausencia dolorosa (“yo nunca pude hablar con él”) prueba la importancia de la relación con el padre. A sus 22 años, aunque Octavio desea olvidarlo de pronto lo encuentra. Se arrodilla, no para recoger a un extraño porque nunca había podido realmente negarlo ni enterrarlo en el olvido. Y mientras recoge los pedazos del cuerpo de su padre y lo toca, Octavio se toca a sí mismo, se descubre y escribe un poema. Pero Octavio Paz no sólo dejó un poema, sino la escritura de los mitos rotos de una cultura.

La muerte de mi padre: una estancia para descifrar el mundo

El cuerpo roto del padre de Paz fue estallido exterior: el tren que mata, aunque el alcohol (potro que lleva del vómito a la sed) era ya una suspensión hipnótica del tiempo. Mi padre murió al amanecer  también en la Ciudad de México (2021), pero lo suyo fue una implosión interior: la sangre era un amasijo cada vez más espeso y su corazón estalló. La rutina matutina pasó a estancia definitiva. ¿No es el alba la estación universal donde la vida se detiene antes de reiniciar?

Sus últimas palabras fueron no gritos de auxilio, sino del impulso natural para continuar la vida. Cada objeto: la taza intacta, el periódico desdoblado, la luz a través de la ventana, la sangre apagada entre la piel y sus huesos, su cuerpo tendido boca abajo, se convirtió en un jeroglífico y en un durmiente sobre el que descansa el misterio de la vida y su fragilidad. Si el padre del Octavio Paz flota en la memoria, mi padre late en cada amanecer que nos atrevemos a vivir.

La estación como umbral amoroso

Son estancias amorosas el instante antes del beso, la cama después del sexo o la pausa sudorosa donde el movimiento se hace aliento.

Marc Augé (Non- lieux, 1992) diría que una estación (en el aeropuerto, en el tren, el metro, la plaza pública, el parque) es un “no-lugar” o espacio de tránsito impersonal resultado de la “sobremodernidad”. Sin embargo, los amorosos lo contradicen. El andén no es un lugar anónimo ni impersonal cuando dos cuerpos eligen detenerse, bajar del tren y encontrarse. En silencio o en movimiento colonizan el cemento y la banca de fierro y el anuncio de horarios y destinos es un juego de estrategias.

Cuando escribió Sabines “los amorosos callan”, quería decir que viven con intensidad. La misma estación donde se recogen cadáveres a veces engendra amantes, que desmienten la muerte con su erótica terquedad. Mientras nosotros levantamos restos humanos, los amorosos juntan manos, bocas, promesas. Estación de moscas y estación de amantes. En cualquiera el mundo se desnuda y pone a prueba su ética.

El padre del embajador y la prisión como estación de vida

El 9 de agosto de 2025, 80 años después de la rendición de Alemania que prefiguró el fin de la Segunda Guerra Mundial, el embajador de ese país en Nicaragua, Karsten Warnecke, compartió en su sitio en Facebook (https://www.facebook.com/share/p/17Fd47w8oW/) el relato de cómo sobrevivió su padre, a los 15 años de edad, en agosto de 1945. Días antes de la capitulación de la Alemania Nazi, su fusil fue estrellado contra una roca por un soldado mayor, lo cual evitó para ese adolescente de 15 años el combate inutil con el ejército soviético, donde inevitablemente habría perdido la vida. La muerte retrocede para ese joven, pero el peligro persiste: tres meses de campo de prisioneros, trabajos forzados, hambre, debilidad y enfermedad, hasta que un soldado soviético “de aspecto asiático” le ofrece pan comprimido. El gesto trastoca la lógica de la guerra: el enemigo se vuelve salvador, el pan se convierte en puente, la misericordia irrumpe en el horror.

La capitulación de Alemania no fue solo fin, sino condición de posibilidad para existencias futuras. “Si no hubiera sido por aquella rendición, yo no estaría aquí”. El final de la guerra permitió que un joven berlinés sobreviviera, tuviera hijos, y uno de sus hijos deviniera embajador que narra esta historia desde Managua.

La historia, suspendida en el estruendo del arma destrozada o en el pan compartido, nos enseña algo distinto del enemigo: la guerra termina no cuando se ganan territorios, sino cuando reconocemos al otro como igual en vulnerabilidad. No es casual que el soldado soviético fuera “de aspecto asiático”: quizá un soldado siberiano o kazajo, que también conocía el hambre. El arma destrozada prefigura la posguerra alemana: desarme material y moral. El pan comprimido, compartido, era un tratado de paz en miniatura y un intercambio silencioso.

Esta historia no conmemora muertos. Celebra sobrevivientes. Un adolescente que debería haber muerto, vive. Un soldado que debería haber matado, comparte. Un fusil que debería haber disparado, se quiebra. Un pan que debería haber sido devorado en secreto, se ofrece. La verdadera estación no es 1945, sino el instante en que reconocemos que el fin de toda guerra comienza cuando alguien elige quebrar un fusil y partir su pan con un extraño.

El aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial: ochenta años de pausa global, es una estancia colectiva. La celebración, es cierto, no detiene guerras (Ucrania, Gaza). Es un llamado de alto a la barbarie entre identidades nacionales, pero no es suficiente. Los desfiles militares en Beijing o Moscú celebran la victoria. En cambio, predominan los silencios en Londres, en Tokio o en el ¡Peace at last! en Berlín (https://kulturprojekte.berlin/en/exhibition-kriegsende/). ¿Liberación u ocupación? ¿Quién está realmente ganando la guerra?

Estas cuatro estaciones: estación de moscas, estación doméstica, estación amorosa, estación de rendición de rendición que conmemora, ilustran una constelación que abarca lo íntimo y lo público. Un diálogo transhistórico donde el relato se humaniza desde la vulnerabilidad corporal; donde la lógica de la guerra y la rendición se tejen por micro actos solidarios; donde lo significativo no es describir un hecho sino la revisión crítica de enfoques dominantes y, a su vez, indagar en las narrativas ocultas, en los olvidos y sus contradicciones. La comprensión, por ejemplo, no se limita a la ausencia del padre sino a develar que ese problema individual (“yo nunca pude hablar con él”) en realidad es un problema universal: la negación del padre es inseparable de la formación de la propia identidad. Y ello, en el caso de Paz, exige el extremo de la violencia de vagones de acero que despedazan al padre.

Detener la historia para leer entre líneas o buscar en lo no dicho y en el olvido es un manifiesto para no asumir pasivamente las narrativas -académicas y políticas-, sino preguntarnos a qué intereses sirven y qué silencian. Un lugar donde las interrupciones se reúnen para construir un relato crítico de nuestro tiempo.

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