Bula primera: sobre la búsqueda

Por: Adrián Muñoz
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Hubo un buscador que, buscando, perdió el nombre. Cayó en la inseguridad y la desorientación. Recorrió el mundo para hallar de nuevo su nombre, redescubrirlo, y, así, redescubrirse a sí mismo. Porque lo que no se puede nombrar, no se puede conocer. La ignorancia, dicen unos, es felicidad. Pero sólo por un tiempo; tras un periodo de sólo dar tumbos y reír como hiena, esa felicidad se convierte en pesadez y desazón. Así le pasó a este amigo sin nombre. Como de algún modo hay que llamarle, le llamaremos Pilgrimo.
Pilgrimo cruzó, desmemoriado, tierras y fronteras; conoció mercaderes, trujamanes y viajeros; conversó con sabios, pillos y lunáticos. Meditó acerca de montañas y granos de arena. Viajó mucho. Leyó cuanto pergamino le cayó en las manos. Aprendió lenguas. Mas no descubría aún su nombre, su verdadero rostro.
En alguna ocasión, Pilgrimo llegó a un curioso concilio donde los asistentes —todos muy doctos y serios— discutían con absoluta seriedad cuestiones que parecían tan profundas como un pan sin levadura. Quedóse unos días en ese sitio, esperando hallar verdad. Escuchó muy sesudas discusiones acerca del pan, del vino y las deliciosas de la carne, pero no quedó convencido ni del régimen alimenticio, ni pudo comprender el candil de la sensualidad. Desorientado, Pilgrimo continuó su camino, sin rumbo fijo, a veces siguiendo el vuelo migratorio de los gansos, a veces caminando por el borde de un arroyo o río.
Quiso el destino que nuestro Pilgrimo alcanzara el pico de una montaña, tras largas jornadas de ambulantaje impreciso y fatigoso. Una vez en la cima, encontró una hendidura que sugería una cueva medio oculta. Se asomó y, ¡oh sorpresa!, descubrió que los sonidos en las palabras esconden múltiples sentidos, incluso ideas opuestas. Adentro de la cueva había una pendiente: la cima escondía una sima, pues.
Pilgrimo caminó la ronda, atravesando recovecos imposibles de acceder. Acostumbró los ojos a la penumbra y asió los dedos a la soga que hacía las veces de pasamanos. Finalmente, llegó a una galería más amplia que el pasadizo descendente; miró en derredor. En los muros, tres antorchas encendidas. En el centro del salón, un pedestal de piedra, antiguo. Sobre el pedestal, un pergamino desenrollado. En el pergamino, estas sentencias:
- Si Dios decidió inventar el mundo, fue por mero aburrimiento.
- Cada quien tiene los dioses y demonios que merece.
- Siempre me ha llamado la atención que los ateos profesen tanta religiosa aberración hacia los creyentes.
- Por preocuparme de mis demonios, me olvidé de mis ángeles.
- Dios creó el mundo con faltas de ortografía.
- En la noche, atesora la luz. En el día agradece la sombra.
- Si los dioses escucharan nuestras plegarias, se quedarían sordos.
- Qué se puede esperar de Dios, si somos su imagen y semejanza.
- Ojalá existieras, Dios.
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