Ciudades cuidadoras: hacia una infraestructura urbana del cuidado

Por: Alejandra Trejo Nieto*

Compartir este texto:

En las últimas tres décadas, la discusión sobre las ciudades ha estado dominada por conceptos como competitividad, innovación o sustentabilidad. Sin embargo, en medio de estas agendas globales, ha emergido con fuerza un debate que interpela de manera directa la vida cotidiana: ¿cómo hacer de las ciudades espacios que reconozcan y sostengan el trabajo de cuidados? La noción de ciudades cuidadoras empezó a cobrar relevancia en la primera década de los 2000; no obstante, fue en 2013, durante la reunión anual de la red de ciudades “Metrópolis” dedicada al tema Caring Cities, cuando adquirió mayor visibilidad. En este encuentro participaron representantes de 42 países y 78 ciudades —entre ellas la Ciudad de México—, lo que marcó un punto de inflexión en el impulso de su estudio dentro del ámbito urbano.  Sin embargo, la pandemia de COVID-19 dejó en evidencia frente al público amplio y las autoridades la centralidad de las actividades de cuidados para la reproducción de la vida urbana, mostrando tanto su carácter indispensable como su histórica invisibilización. En América Latina y México, el cuidado es un pilar invisible que sostiene la vida cotidiana y la economía urbana. Esta contribución permanece encubierta, especialmente frente a las persistentes desigualdades de género.

Una ciudad de cuidados o ciudad cuidadora importa porque reconoce lo que ya sostiene silenciosamente a la ciudad —el trabajo de cuidar— y lo convierte en prioridad pública y urbana. Una ciudad cuidadora no solo atiende las necesidades de la vida, sino que apuesta por la equidad y el bienestar colectivo. Pero no se trata de añadir un componente “blando” al urbanismo, sino de reestructurar la ciudad alrededor de lo más básico: la reproducción de la vida. Hoy, hablar de ciudades cuidadoras implica pensar la infraestructura urbana desde la perspectiva de las necesidades de infancia, vejez, discapacidad y de quienes sostienen las actividades de cuidados.

El cuidado como cuestión urbana

El cuidado suele pensarse en el ámbito privado, reducido al hogar y al espacio doméstico. No obstante, su organización y sostenibilidad dependen también del entorno. La distribución de servicios públicos, el diseño del transporte, la existencia (o ausencia) de espacios públicos seguros y accesibles, y la provisión de equipamientos de salud y educación determinan en gran medida la manera en que las familias —particularmente las mujeres— organizan su vida cotidiana.

Por ejemplo, la fragmentación y expansión urbana de las metrópolis latinoamericanas obliga a muchas mujeres a invertir varias horas al día en trayectos para llevar hijos a la escuela, atender adultos mayores en hospitales o realizar compras básicas. En este sentido, la desigualdad urbana se traduce en sobrecarga de tiempo y esfuerzo para quienes cuidan, lo cual limita su acceso al empleo, a la educación y a la vida pública.

Una ciudad de cuidados se erige como un modelo de desarrollo urbano y social que prioriza el bienestar de todas las personas, especialmente de quienes son más vulnerables, y reconoce la importancia de las tareas de cuidado, históricamente realizadas de manera informal y predominantemente por mujeres. Se busca un urbanismo que, desde una perspectiva de género, ofrezca infraestructura y servicios para aliviar, redistribuir y reconocer el trabajo de cuidado, así como garantizar la seguridad y el acceso equitativo a la ciudad para toda la población.

De la infraestructura dura a la infraestructura del cuidado

Hablar de infraestructura urbana del cuidado supone ampliar la noción tradicional de infraestructura, que suele referirse a carreteras, puentes, drenajes o alubrado, para incluir dispositivos urbanos que sostienen la vida y su reproducción social. Esto comprende desde la idea tradicional de guarderías y centros de día hasta espacios comunitarios, parques seguros y transporte accesible. En la Ciudad de México y el resto de ciudades del país, por ejemplo, el reciente impulso del Sistema Nacional de Cuidados a nivel federal abre la puerta a repensar el papel de municipios y alcaldías en la construcción de una red de servicios que acerque el cuidado a los barrios y colonias.

Sería útil revisar las experiencias de ciudades que han avanzado en este ámbito. Por ejemplo, en Barcelona, la estrategia de “supermanzanas del cuidado” ha ensayado un rediseño del espacio público y la movilidad para priorizar la accesibilidad y el bienestar de personas dependientes. Montevideo, por su parte, ha desarrollado un Sistema Nacional Integrado de Cuidados que articula políticas sociales, servicios y capacitación, con un fuerte anclaje territorial. Estas experiencias muestran además que pensar el cuidado en clave urbana requiere articulación multiescalar: desde políticas nacionales hasta intervenciones en la escala barrial.

Ciudades desiguales, cuidados desiguales

La geografía del cuidado refleja y reproduce las desigualdades urbanas. Mientras los barrios de altos ingresos concentran servicios privados de cuidado —guarderías, residencias geriátricas y servicios médicos—, en la periferia popular son las redes familiares y comunitarias las que sostienen la vida cotidiana, sin apoyo institucional suficiente. Así, el déficit de infraestructura de cuidado se superpone con otras desventajas como la precariedad laboral, la falta de transporte adecuado y la inseguridad en el espacio público.

En el sur-sureste de México, por ejemplo, la escasez de servicios de salud y educación, junto con mayores índices de pobreza, agudiza la carga de cuidado sobre los hogares, sobre todo en mujeres que enfrentan dobles y triples jornadas. Esta territorialización de los cuidados plantea un desafío crucial para las políticas públicas: no habrá equidad de género ni inclusión social sin una redistribución espacial del cuidado.

Hacia una agenda de ciudades cuidadoras

Impulsar ciudades cuidadoras supone transformar los criterios de planeación urbana y de política pública. Algunas líneas clave son: el diseño de servicios de cuidado de cercanía, accesibles en el barrio, que reduzcan tiempos de traslado; un transporte público seguro, accesible y con infraestructura adecuada (rampas, ascensores, vagones inclusivos) que reconozca las necesidades de quienes viajan con niñas, adultos mayores o personas con discapacidad; espacios públicos incluyentes como parques, plazas y calles pensadas no solo para el ocio, sino como entornos seguros para la crianza y el encuentro comunitario; fortalecer guarderías, centros de día y servicios de apoyo comunitario, integrándolos en la planeación urbana y no como anexos marginales; articular esfuerzos entre gobiernos locales, sociedad civil y sector privado para financiar y sostener redes de cuidado urbano.

La ciudad cuidadora no tendría que ser un proyecto utópico ni un lujo: es una necesidad urgente en regiones como América Latina, donde las desigualdades urbanas y de género se entrelazan para limitar las oportunidades de millones de personas. Reconocer el cuidado como un eje de la política urbana implica reconfigurar prioridades y asumir que la competitividad y la sustentabilidad, por sí solas, no garantizan vidas dignas. Hacer de nuestras ciudades espacios cuidadores significa, en última instancia, apostar por un modelo urbano que coloque la vida —y no solo el crecimiento económico— en el centro de su proyecto colectivo.

* Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *