La belleza de la historia: cuando la prosa y la poesía se enamoran

Por: Sthephanie Rendón
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Si se interpreta la literatura como un símbolo de nuestros sentimientos, sería justo decir que Viivi Luik ha logrado convertirla en una rica exploración poética de la autoexpresión. Su prosa poética es profundamente evocadora. Quizás la autora sea alguien que se siente más vieja en el bosque que en la ciudad, al igual que su personaje —la joven estonia que acepta posar como modelo para un famoso escultor llamado Lion, quien intenta evadir el servicio militar en los tiempos de la Unión Soviética— en la novela La belleza de la historia. A lo largo y ancho de las páginas de esta obra, la voz escrita de Viivi Luik suena única, casi hipnótica, muy femenina y calculada. Es casi como una meditación sobre el tiempo, sobre cómo el poder de la historia pesa sobre el individuo. Esta novela fue publicada por Eesti Raamat en 1991, el año en que Estonia recuperó su independencia, al derrumbarse el régimen soviético. Sin duda, es necesario comprender los antecedentes históricos de la Unión Soviética en los países bálticos, donde se desarrolla esta historia ficticia. He aquí un extracto de la novela en el que se puede apreciar el peso y el poder de la historia que carga la narración:
«… Que el sabor de las lilas es amargo es algo que también sabe todo el pueblo de Estonia. Cada año, cuando las lilas florecen junto a los cobertizos y los almacenes de papas como emisarios de mundos extraños, parece como si un silencio sepulcral, el silencio descrito por los supervivientes en sus memorias, descendiera sobre Tallin y Tartu. Cuanto más dulce es el olor de las lilas y más azul el resplandor del cielo, más peligroso se vuelve permanecer en las repúblicas bálticas…».
Esta novela, la cual no ha sido traducida al español, todavía, mezcla constantemente descripciones sobre lugares, épocas y personas que desfilan por sus páginas. La prosa hace sentir al lector como si estuviera presente en diferentes momentos del tiempo; a veces incluso resulta confusa, pero siempre está magníficamente escrita. La historia se desarrolla de manera parsimoniosa, como en un sueño o en un mundo atemporal. Después de terminar la lectura, tuve la sensación de que se trataba de un poema extenso, en el que los ecos de la guerra y el miedo se mezclaban con imágenes de la naturaleza y la hermosura.
La joven protagonista de la historia, cuyo nombre nunca se menciona, por cierto, afirma que es políticamente analfabeta. Solo conoce palabras abstractas como paz y guerra y solo le interesan la estética y la poesía de las cosas. Sin embargo, tampoco logra ignorar a la perfección el contexto político que existe en su vida. A ratos, la narración deja entrever la oscuridad y lo turbios que podían ser los días para una persona común y corriente, que vivía en los países bálticos en 1968, cuando las noticias sobre la Primavera de Praga se extendieron por Europa causando revuelo a ambos lados de la Cortina de hierro. El ambiente en el que se desenvuelve La belleza de la historia está compuesto por comentarios sospechosos que vienen y van en el tren o en la calle y por las miradas raras, cruzadas entre las personas, mientras que los recuerdos gotean lentos en aquellos tiempos políticos difíciles bajo la ocupación soviética.
Hay horrores entremezclados con inocencia e ignorancia en frases igualmente llenas de belleza equilibrada. ¿Cómo puede un escritor manejar tales contrastes? Sin embargo, de alguna manera, con Viivi Luik, todo es posible.
A lo largo del recorrido narrativo de la novela, se describe muy bien la atmósfera opresiva y desolada de 1968 en los países bálticos, mientras que la escritora lleva al lector a un viaje emocional y pictórico:
«…Algo está sucediendo. Órdenes secretas se transmiten por cables, por el aire, el agua y la tierra… ¿Qué está haciendo Brezhnev? ¿Acaso disfruta de un festín de mantequilla y miel, y por la noche duerme entre pieles? Nadie pronuncia una palabra. El silencio se extiende desde la capa del mar Ártico hasta el río Danubio. Solo se oye el susurro de los periódicos… las paredes tienen oídos…».
Viivi Luik es una de las autoras más importantes y reconocidas de la literatura estonia contemporánea. Su trayectoria literaria comenzó a mediados de los años sesenta, cuando publicó sus poemas en la conocida revista literaria estonia Looming, cuando tenía dieciocho. Su novela más conocida, La séptima primavera de la paz (obra traducida al español) se publicó en 1985 y fue un gran éxito desde su publicación. Se trata de una maravillosa historia sobre la generación de la posguerra durante la ocupación en Estonia. Otra obra destacada es El teatro de sombras, que refleja las experiencias vitales de la escritora durante su estancia en Roma. En este texto describe encuentros memorables con personas que conoció y se presentaron en su vida por diversas razones. Por otra parte, los ensayos de la autora también son extraordinarios. En 2024, la editorial Ilmamaa publicó los ensayos titulados Pühaduse purunemine (Rompiendo con lo santo) en su serie Eesti mõttelugu (Historias del pensamiento estonio).
Aún permanece vívido en mi mente un fragmento del texto, la parte en la que el escultor Lion le explica a su modelo que, cuando un artista crea una escultura en piedra, tiene la difícil tarea de crear la escultura en materia muerta a partir de un cuerpo vivo, y es ahí donde su sombra debe cobrar vida. Entonces, hay tres elementos: el cuerpo que está vivo, la piedra sin vida y la sombra que cobrará vida una vez que la piedra adopte la forma deseada del cuerpo, y esa es la magia que el artista debe lograr. Esa es la meta final de un artista. Mientras leía esta novela entrañable, algo me hizo recordar el estilo narrativo de Jon Fosse, el escritor noruego que escribió Septología. Su novela está escrita en siete partes y cuenta la historia de un pintor ermitaño que vive en los fiordos. Para él un cuadro no está terminado sino hasta que deja de ver en su cabeza las imágenes de lo que debe pintar. Pinta para liberarse de esas imágenes. Para saber si un cuadro es bueno, en términos artísticos, hay que ser capaz de notar, de hallar una cierta luz, una especie de oscuridad brillante, una luz invisible que habla en silencio y que dice la verdad, es decir, cuando la imagen pintada cobra vida, al igual que para Lion, cuando las sombras de sus esculturas cobran vida. Esa es precisamente, supongo, la esencia de la creación de la belleza en el arte: dar vida a algo que no la tiene.
Los temas principales de la narración giran en torno a la búsqueda del sentido de la vida y la identidad en un mundo de opresión, el deseo de recuperar la libertad, la fuerza de la memoria y las raíces y la apreciación de la belleza en todas sus formas. Todas estas son temáticas universales, eternas y relevantes para la naturaleza humana. La belleza de la historia es una novela corta sobre lo frágil que es la vida, lo difícil que es encontrar la libertad en el arte para los artistas bajo un régimen político opresor y sobre cómo la belleza persiste a pesar de todo.
A veces, el poder evocador de las descripciones vívidas se transforma en algo nostálgico, algo olvidado, tal vez, y aunque mi pasado personal o el de mi pueblo no tiene nada que ver con el de V. Luik, ni con el pasado de los países bálticos, de alguna manera esta novela me hizo sentir que nosotros, los latinoamericanos, y los estonios compartimos tragedias históricas en las que fue posible vislumbrar lo terrible, pero también lo bello; ese pasado que algunas personas decidieron ignorar, otras prefirieron olvidar, pero también el pasado que otras quisieron recordar con belleza aterradora. Concluyo este texto, citando las palabras del escritor estadounidense Paul Auster: «Un libro no acabará con la guerra ni alimentará a cien personas, pero puede alimentar las mentes y, a veces, transformarlas».




