Ursula K. Le Guin: una mujer libre, una poeta independiente

Por: Gabriel Trujillo Muñoz*
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Por regla general y aunque practiquen todos los géneros literarios habidos y por haber, los escritores son reconocidos o se vuelven famosos por un género en particular. En el caso de Ursula Kroeber Le Guin (1929-2018), la narradora estadounidense, su reconocimiento vino como autora de los géneros de ciencia ficción y fantasía, del primero con sus novelas La mano izquierda de la oscuridad (1969) y Los desposeídos (1974); y en cuanto al segundo con su saga de Terramar (1968-2001). Pero Ursula también escribió libros de ensayos y de poesía, que siguen siendo relevantes para nuestro tiempo y que, en el caso de su obra poética, se han traducido a nuestro idioma en una antología titulada En busca de mi elegía (Nórdica Libros, 2023). En ella se reúnen poemas tomados de diferentes poemarios suyos, empezando por Ángeles desenfrenados (1974) hasta Las muchachas salvajes (2010), que abarcan textos publicados de 1960 a 2010. Cincuenta años de versos y de visiones, escritos principalmente en la costa del océano Pacífico, entre California y Oregon, donde nació, vivió y trabajó hasta su muerte.
En su narrativa, lo fantástico y el futuro, el encuentro con otros mundos y culturas, la magia y la tolerancia, el feminismo y la crítica social se amalgaman en una prosa que va de la claridad narrativa a la opulencia descriptiva. Como hija de un antropólogo y de una psicóloga que escribió una biografía de un nativo americano que fue el último de su pueblo, Ursula supo, desde niña, darle valor al otro, al distinto, al extraño, al extranjero, al alienígena. En sus obras de ficción, la vida es una voluntad de abrirse a todas las posibilidades del porvenir, a todas las civilizaciones del espacio exterior, a la vez que acudió a contar, en formato de parábola, alegoría o relato de magia, las contradicciones inherentes a su país de origen, los afamados Estados Unidos de América. No hay que olvidar que un cuento suyo, Los que se van de Omelas (1973), expone lo que es ser parte de la primera potencia del mundo y el costo que esto tiene para sus ciudadanos, lo quieran reconocer o no, en el dolor que provocan a los demás, en la miseria con que apuntalan su propia riqueza.
En su trabajo poético, esto también aparece, pero en un lugar secundario. Lo que aquí predomina es el encuentro, asombroso y asombrado, con la naturaleza en todas sus formas, ya sean montañas, pájaros, ríos, pantanos, gatos, árboles, oasis o glaciares. Pero también tienen sitio en sus versos los recuerdos propios, las ciudades que visitó, los amantes que tuvo, la vida literaria en sus palabras y creencias. Son textos escritos para meditar sobre lo que va descubriendo de un mundo que la desafía y la intriga a partes iguales. En un poema titulado “Una suerte increíble”, Le Guin alaba a su tierra natal con el énfasis de quien conoce sus fortalezas y debilidades, sus fracturas y estremecimientos:
Oh California, oscuras, sacudidas, rotas colinas,
niebla brillante que llega hasta las playas,
madroños y pinos y robles de los valles,
soy vuestra hija de corazón seco.
Presté atención cuando habló el terremoto
y aprendí lo que enseña la codorniz.
Hay en los poemas de nuestra autora una diafanidad a la hora de nombrar el mundo, de advertir los detalles del paisaje desde la intuición de la mirada que va más allá de lo obvio y penetra en el sentido de las cosas, en la urdimbre de la vida en todas sus formas y manifestaciones, no importa si lo que tiene frente a sí es un rinoceronte o una gacela. Pero Le Guin no acepta sólo nombrar la realidad. En el poema final de su antología, titulado “Reunión”, dice:
Entre muchos caminos y otros mundos,
galaxias de galaxias, numerosas vibraciones,
temblor de átomos, cuantos, el paso del los kalpas,
la tierra prosigue su cambiante camino circular,
bailando su baile de vueltas y revueltas,
barriendo su sombra bajo las tierras iluminadas,
hacedora de oscuridad, madre de la noche,
cuyos hijos también arrojan sombras allí donde van.
Como se ve, el paso de la humanidad en su viaje hacia el porvenir, hacia el espacio sideral, hacia las fronteras por conocer, no es una travesía victoriosa, un desfile ejemplar. Al final, los hijos de la humanidad llevarán las sombras de la injusticia, la desigualdad y la violencia con ellos, harán en las galaxias que lleguen a explorar no una utopía sino una repetición de los errores y cegueras que hoy padecemos. Esta vena poética que se aproxima a la poesía de protesta, pone los puntos sobre las íes en relación a su propio país, una nación democrática e imperialista al mismo tiempo. En su poema “Aquí, allá, en el pantano”, escribe:
En los periódicos no hay más que guerra y
en mi cabeza el dolor de las batallas
y las ruinas de ciudades antiguas
En la luz lluviosa una gran garza azul
emprende el vuelo sobre las pardas hierbas
pesada, tierna y despiadada
En otro poema suyo, titulado “La cresta”, asegura que vivir en su nación es una forma de no ver las cosas como son realmente hasta que ya es demasiado tarde, que concentrados sus compatriotas en poseer lo material, tal ideología los hace creer a pie juntillas que eso es suficiente para sentirse seguros y felices: “Nosotros que hemos vivido en lo alto de la cresta/ de la gran ola de la posesión,/¿creíamos de verdad que la ola nunca rompería/y que no acabaríamos ahogados?” Al igual que en sus narraciones, Le Guin hace de sus poemas piezas de pensamiento humanista, de despojamiento del yo para acceder al mundo sin anhelos de poder o de control. En uno de los poemas de su vejez, “Salir de la jaula”, el pasado y el presente se entrelazan en un lugar específico, el de su niñez y adolescencia, antes de que tomara su propio camino y ejerciera su independencia como mujer que sólo tiene alabanzas a la “repentina, completa libertad”.
Y libre fue Ursula en todos los sentidos. En vez de seguirle el juego a los escritores que dominaban el campo de la ciencia ficción y la fantasía en los años sesenta del siglo XX, produjo un corpus de obras que sirvieron de alternativa frente a la ciencia ficción militarista y conquistadora de mundos a la Robert Heinlein. En sus cuentos y novelas de aquellos años expuso una filosofía anarquista, radical, evidentemente peligrosa, como la llama Damien Walter, pues en sus ficciones -y se puede decir lo mismo de sus poemas- se nos presentan mundos mejores que el nuestro desde una imaginación que no acepta limitaciones ni prejuicios a la hora de crear otras especies, otros modos de ser y comportarse, de pensar y actuar en la realidad. Ficciones donde sus protagonistas resisten los golpes de la tiranía, los dogmas políticos y religiosos, las asechanzas de la censura y de la represión cuando lo que se defiende se aleja de lo establecido. En ellas hay una perspectiva taoísta del mundo en sus ciclos de creación, en su armonía fundamentada como ser humano que no está fuera de la naturaleza sino inmerso en su caudal, en su equilibrio. Por otra parte, si examinamos sus poemas, además de los temas de los fantasmas personales, de la vejez y sus percances, de los cambios que la vida le reclama, hay una veta hispanoamericana en sus versos, donde Latinoamérica se presenta desde la perspectiva de los desposeídos, de los rebeldes, de los inadaptados. Literariamente hablando, Le Guin hace referencia a poetas como la chilena Gabriela Mistral y el español Federico García Lorca. De la primera dice que, aunque haya fallecido, quiere conocerla a través de la geografía del sur de nuestro continente:
Si camino hacia el sur
con el océano siempre a mi derecha
y las montañas a mi izquierda,
si cruzo a nado las desembocaduras,
los estuarios y el gran canal, si camino
de la marea alta a la marea baja
y de la luna nueva a la llena, hacia el sur,
y desde el equinoccio al solsticio, hacia el sur
a través del ecuador en un sueño de volcanes…
Si camino hasta allí, mi poeta,
si puedo caminar hasta allí,
te encontraré.
Y hablaré tu idioma.
En busca de mi elegía es una ruta nueva, aunque con ideas bien conocidas de antemano, para adentrarse en ese bosque de complejos prodigios que es la obra toda de nuestra autora. Son estos poemas escogidos, creciendo “desde la misma raíz profunda”, como el punto de partida de “las sombrías arboledas del futuro”. Esa tierra apenas vislumbrada que Ursula nos convidó con tanta generosidad y sapiencia. Hay que precisar, sin embargo, que la poesía de Le Guin no encaja ni en la poesía confesional a la Sylvia Plath ni en la poesía vociferante a la Patti Smith. Tampoco es un canto ingenuo a la naturaleza. Ella afirma en uno de sus versos: “El mundo me soñó, yo sueño el mundo”. Pero lo dice con un sentido de responsabilidad asumida a través de las palabras que son su escudo, su verdad, su fortaleza. Para Ursula, la poesía salva, sí, pero sólo si se comparte con los demás, si nos permite sanar nuestros miedos, curar nuestras heridas. No es un artefacto cultural: es un conjuro. Lleva la magia consigo. Brilla en la ominosa oscuridad. Da esperanza aun sabiendo que es poca y frágil y apenas perdura. Por eso nuestra poeta dijo en su poema “Escritores”:
Trabajamos con el agua, con el viento,
no hacemos ni sostenemos cosa alguna.
Todo lo que podemos formar o cantar
es el temblor de una cuerda intocada,
un aleteo de sombras sobre un muro.
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