Musarañas 20

Por: Francisco Segovia

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20.

            EL MITO DE LA INFANCIA : RILKE, PAVESE, ET AL.

Dice Rilke en los Cuadernos de Malte Laurids Brigge que si la infancia no está del todo clausurada, entonces es que aún está por hacerse. Para mí, otro modo de decir esto es que está por contarse, por llenarse de palabras; o, más bien, que debemos dejar que su misterio empape todas nuestras palabras. Desde el romanticismo (como se ve en The Prelude, de Wordsworth o en las bildugsroman alemanas), los poetas siempre han reconocido esto. Pavese, por ejemplo, decía que la infancia es el resorte de todo lo demás. Esto muestra que la infancia era ya un mito antes de Freud, y que los románticos fueron quizá los primeros que la miraron como una historia que debía ser contada, porque sólo contándola se adivina el tesoro que yace enterrado en ella. Es verdad que en esta narración los románticos veían una exposición del inconsciente en el que creían (quien tenga ojos, que mire; quien tenga oídos que oiga), pero esta exposición no culminaba en una explicación y una resolución —más bien, una disolución— de su misterio, como sucedería luego en el psicoanálisis. Continuar la infancia no era para ellos volverse niños (adultos intolerablemente pueriles) sino hacerse cargo de su sentido; es decir, cuidar que ese sentido fuera vigente siempre. Por eso a Pavese le parecía que lo peor para un poeta era “no sentirse ya en los comienzos”… La mera mención de los comienzos indica que nos hallamos aquí frente a un pensamiento mítico, por lo que resulta extraño que Pavese —que tanto y tan bien pensó en los mitos— no se resolviera nunca a declarar que la infancia es un mito. Quizá porque, mientras obraba en él, no podía mirarlo desde fuera. Dicho de otro modo, porque la infancia era tal vez el único mito que aún guiaba su vida al modo en que suelen hacerlo los mitos; esto es, inconscientemente. Y aun me parecería posible que, incluso reconociendo que la infancia era un mito, se guardara de decirlo en voz alta, como si temiera que la mera declaración de esa verdad racional fuera a disolver el hechizo que ejercía en él su misterio… Podríamos calificar esto de superstición, sin duda, pero entonces nos declararíamos abiertamente sordimudiciegos al mundo del mito y nos parecería completamente ridícula, por ejemplo, la manía de muchos escritores que se niegan a hablar de la obra que tienen en proceso, por temor a que “se les cebe”. Este temor, tan poco racional, es justamente un temor a la razón, a la racionalización; una negativa a ver bajo la luz de la vigilia lo que apenas está germinando en el umbráculo del sueño; un rechazo, en suma, a que la razón confisque las palabras de la Musa antes de que el poeta pueda oírlas. 

            La pausa en que el poeta pone a la razón no es en absoluto extraña, ni prerrogativa suya en exclusiva. Todos suspendemos nuestro juicio racional cuando leemos un cuento fantástico o vemos una película de superhéroes… 

La idea de que la infancia está todavía por hacerse no es muy distinta de esa otra que pide la renovación constante del amor. Porque, así como el amor que se da por hecho ya no puede ser de verdad amor, así también la infancia se seca si no echa nuevos brotes todo el tiempo. Ambas ideas son casi una misma; ambas suponen que el sentido, como el tiempo, es un despliegue; o, mejor dicho (dicho en gerundio) un estarse desplegando. Pedir que se detenga el despliegue del sentido es pedir que el muera el sentido, del mismo modo que pedir que el tiempo se detenga es pedir que no haya tiempo. 

La infancia que está por hacerse es pues una infancia que no se ha detenido. Por eso ni Rilke ni Pavese la buscan volviéndose a mirar atrás. Para ellos, la infancia queda delante. Esto le da un carácter futuro a la idea de que “infancia es destino”, pues muestra que el destino no es (como cree el psicoanálisis) una fatalidad que la infancia le impone a la edad adulta sino el sentido de la infancia desplegándose en la edad adulta. 

Quien se vuelve hacia atrás para mirar su infancia, la convierte en una estatua de sal, la condena al mundo de los muertos. Figurado en forma de mujer —y no por nada—, el destino que se mira hacia atrás es la mujer de Lot, o es Eurídice, condenada al infierno por Orfeo… 

Recordar no es desandar lo andado, no es volver sobre los propios pasos para hacernos presentes en el pasado sino todo lo contrario; es traer el pasado aquí, a este momento; es presentar el pasado, hacerlo presente. Esta presentación no puede hacerse de forma literal, desde luego, sino que ha de hacerse metafóricamente. Por eso toda presentación del pasado es una re-presentación… Eurídice no vuelve a la tierra literalmente, en carne y hueso; vuelve, en cambio, metafóricamente, en los poemas de Orfeo. 

            Recordar es traer algo a la memoria para mirarlo hoy, aquí. Pero también es, simplemente, despertar, recobrar la conciencia, recuperar el sentido. Jorge Manrique lo dijo todo junto: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso e despierte”… Recordar es despertar, volver en sí, retomar el hilo de la conciencia que se había perdido… Pero ese hilo no puede ser otro que el hilo de un relato…

            JORGE CUESTA Y LA “ÍNTIMA TRISTEZA REACCIONARIA”

Dice Jorge Cuesta (“La provincia de López Velarde”) que en la mirada que ve la infancia como un paraíso hay una nostalgia por los instintos y la tradición; es decir, una actitud parecida a la del “fachismo”. Es la que se ve también en aquellos versos de Saint John-Perse que dicen: “Si no la infancia ¿qué había entonces allí que no hay ahora?… Llanuras, pendientes… Ahí había más orden”… Al final de su vida, Salvador Elizondo abogó por un regreso a ese orden, pero a la manera asertiva de Pound; esto es, sin la conciencia trágica de López Velarde, que reconocía en su nostalgia “una íntima tristeza reaccionaria” y un “retorno maléfico” a “el edén subvertido que se calla —en la mutilación de la metralla”…

            López Velarde se aviene dolorosamente a su nostalgia —y como adulto es fiel a la experiencia del niño que vivió en aquel paraíso—, pero no exige la restauración literal de ese orden, cosa que en un adulto resulta pueril… Lo que Cuesta quiere resaltar aquí es la madurez que alcanza López Velarde en sus últimos poemas (y, con él, la poesía mexicana en su conjunto). Una madurez que pretende mostrar el sentido del pasado sin pretender una vuelta literal a él; es decir, una conciencia para la que el paraíso vale más como perdido y evocado (en un poema) que como recobrado y actual (en la realidad). Por eso dice Cuesta que “el retorno no pude ser sino poético”. La vuelta al paraíso sólo se cumple como fidelidad a su sentido, no como restauración literal de un antiguo régimen.             Es ésta una idea —y más, una actitud— que permea la obra entera de Cuesta y que caracteriza su enemistad con toda clase de nacionalismo. Quizás él habría discernido entre el nacionalismo del que efectivamente escapaba Elytis y el nacionalismo del que —ahora lo sé— no logró nunca escapar del todo (un nacionalismo que, por recomendación suya, obligó a pintar las casas de las islas griegas de azul y blanco: un folklorismo)… En esto Cuesta no era en absoluto un reaccionario —como dicen los ociosos—, pero tampoco, va de suyo, un campesino…

La Guerra de las galaxias : Realismo y moral ~ La novela realista quiso retratar a los hombres como lo que son: seres complejos, contradictorios. Por eso, para pintar a sus personajes, huía del blanco y negro y echaba mano del claroscuro. La idea caló tan hondo que hoy hasta la trama más simplista y fantasiosa de Holywood incluye personajes que quieren ser complejos, y por eso, “reales”. Nada de aquellos caracteres burdos y esquemáticos de los cuentos tradicionales. Pienso en La guerra de las galaxias y su Han Solo (un bandido bueno), pero sobre todo en su Princesa Leia (una princesa que no es de veras bella), donde la complejidad moral del realismo y la simplicidad moral del cuento tradicional se entreveran en un cartabón políticamente correcto. Este “realismo holywoodense” —como lo llama González Dueñas— mezcla en una misma pócima aquello que antes se servía en dos: la imagen de lo que somos y la imagen de lo que queremos ser. Pero eso, claro, significa que lo primero devora a lo segundo. Porque, si las princesas ya no tienen que ser bellas, ni los príncipes deben ser buenos, ni los buenos deben serlo de corazón, entonces lo que se ha perdido en nombre del realismo es la aspiración, el ideal de belleza y de bondad.

            Cuando un padre llama a su hija “princesa”, la concibe como un ideal cumplido: belleza y pureza encarnadas en una niña. Lo mismo hace la muchacha que ve en su novio al “príncipe azul”: un sueño realizado. Pero Holywood viene a decirnos que eso no es real y que no está bien que nos dejemos engañar: las princesas en realidad son feas y los príncipes azules, cuando mucho, grises. “La fábrica de sueños” destruye así nuestros sueños. “Seamos realistas dice—: la hija no puede encarnar los anhelos de sus padres, ni el novio los sueños de la muchacha”. Y nos dice esto en una película de príncipes y princesas…

           


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