UNA SINFONÍA DE SILENCIOS EN 22 MOVIMIENTOS

Por: Jesús Gómez Morán

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La metafísica acompaña a las ciencias, y depende en parte de sus resultados y sus métodos. Pero una vez asimilado el conocimiento metafísico de sus resultados y sus métodos en lo que se ha ido alcanzando, cobra la metafísica un vigor tal, que son en ese momento las que dependen de ella”. Mauricio Beuchot

¿Alguna vez se han quedado ensimismados, por no decir obsedidos, absortos, capturados por la mirada de un niño de tierna edad? Ese brillo ocular como venido de otro mundo, quizás de un ámbito de extrema pureza nos conecta con alguna reminiscencia (oscurecencia o luminiscencia) y nos desarma de las habituales corazas con las que enfrentamos la cotidianidad. Desde luego el espectro emocional puede ser amplio e ir desde la terneza hasta el reproche silencioso (¿qué clase de mundo les estamos heredando?). Quizás, aunque sea de modo instantáneo, podemos estar sufriendo una especie de desdoblamiento (similar al sueño, ese astral viaje), que también puede ser causado por la fija contemplación de un insecto en la pared o en el techo, como le sucede a Espíritu en el primer capítulo de En la oscuridad de su vientre. (Adarve, Madrid, 2024).

¿Y por qué me atrevo a hacer una equivalencia de este desdoblamiento o transmutación de obvia procedencia kafkiana con la contemplación de una mirada infantil? Ambas en principio pueden ser vistas como una regresión, además de que suelen manifestarse desprejuiciadas y libres de convencionalismos. Quizás por eso la conciencia de Pinocchio, el personaje ideado por Carlos Collodi, sea un grillo, alguien delante de quien los disfraces y las máscaras se nos caen, alguien con quien no podemos sino sincerarnos.

En la novela de la escritora mexicana, Claudia Fulgencio, ese alter ego es un cara de niño, stenopelmatus o en náhuatl pinahuiztli (ser tímido), pero cuya denominación, al menos en el habla del centro de México, resulta doblemente significativa para los fines del relato. Y además es doblemente regresiva, si se toma en cuenta sus condiciones de vida, internándose ciegamente en las entrañas de la tierra, haciéndola fértil de modo que en gran medida su hábitat representa el origen, nuestro origen. La historia va así desenvolviéndose en varios planos narrativos, temporales e incluso metaescriturales, pues no sólo somos testigos de esta especie de memoria o autobiografía introspectiva de Espíritu, yendo y viniendo de pasajes retrospectivos y prospectivos, en un presente que no es propiamente un hoy (más adelante me arriesgaré lanzando una hipótesis respecto a la localización temporal), sino que también presenciamos el acto de escritura en el que el discurrir (un discurso de recuerdos, y por supuesto también de palabras) acontece: aquí es inevitable recurrir a El grafógrafo de Salvador Elizondo y su “escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía”.

Y a fin de hacerlo más complejo, ¿por qué no?, para quienes tenemos una cercanía con la autora, se nos revela un proceso autoficcional, pues los lugares referidos en la novela son justamente los parajes donde ella creció (el centro de Tlalpan) o en los que ha transitado (la Facultad de Filosofía, el Instituto de Filológicas en la UNAM) y esto lleva a preguntarnos hasta dónde podría ser que sus personajes sean una invención o acaso una recreación de personas de carne y hueso. A saber, diría Joan Manoel Serrat, quizás por la implicación misma de la trama en el que la conciencia del personaje se halla nepantla, que en náhuatl quiere decir entre dos tierras, o en medio de un océano de recuerdos y sensaciones, entre dos mundos, el cual esquemáticamente puede dividirse en un esquema de oposiciones:

mundo de arriba / adultos / compañías constantes / diálogos /contemplación al espejo para desconocerse / conversaciones inconclusas / vigilia asfixiante
versus
mundo de abajo / niñez / aislamiento / soliloquios / contemplación del cara de niño para reencontrarse / comunicación sin palabras / oscuridad donde algo se ilumina

La división con mucho dista de ser tajante y, por ejemplo, a raíz de las consultas a las que es llevado el niño en el Instituto Nacional de Salud Mental, resulta viable recordar la amplia prosapia de filósofos y escritores que han reivindicado a la locura como un alternativo estado de lucidez.

Ahora bien, decía que pensaba en una hipótesis para desentrañar por qué la novela se desarrolla en un idus de marzo, esto es el día 15 de ese mes. Conforme pues a su ubicación temporal, “Un día en la vida” podría ser un título tentativo al estilo del sonido Mersey, o propiamente “la novela del día después”, después del natalicio sí, de la novelista (su bloomsday a la manera de el Ulysses de Joyce), un día después del día Pi, el del número infinito como el de la cinta de Moebius que lleva el arcano del mago en su cabeza. Es decir, hablamos de una ubicación que hubiera sido recorrida una posición, una casilla. Y a partir de aquí es que arriesgo esta lectura hecha más con base en intuiciones que certezas, porque en lo poco que conozco de la simbología del tarot a veces, en esa cercanía que lleva a empezar su ciclo en la carta del Mago, o en la del Loco, sólo hay un número, sólo un sitio, sólo un sentimiento de desplazamiento como el que acompaña a Espíritu. Y es que en determinado momento, ya avanzada mi lectura, me percaté que los personajes a su modo podrían encarnar arquetipos a la manera jungiana, y precisamente en la p. 183, se presenta una clave hermenéutica, cuando en sus diálogos con su alter ego y reflexionando sobre esa Babilonia de voces que es el hospital donde fue operada su madre, Espíritu afirma: “El lenguaje tiene expresiones herméticas que escapan a tus oídos y a tus ojos”. El lenguaje y quizás también una construcción consciente del perfil de los personajes novelísticos, agrego yo.

Más allá de que la estructura de la novela en 22 capítulos podría remitirnos a los arcanos mayores del tarot, mi propuesta lectora se enfoca en señalar conexiones imbuidas de analogías, de guiños que se estructuran en un correlato alternativo. Por ejemplo, comenzando con las referencias al arcano del Mago, si bien no es en el capítulo I sino en el II (¿por qué se usa una numeración en romanos como en la baraja del tarot?), el alter ego que le habla a Espíritu es definido como “un mago de mi propia voz”, y resulta enigmático que ese parlante niño interno tiene, como el Mago, una cinta de Moebius: la edad de 8 años en la que se quedó estacionado.

Desde luego hay otras menciones que acaso sean catalogadas de casuales, como la de afirmar que hace su aparición el arcano del Juicio precisamente en el capítulo XV, cuando Espíritu y Laia, su hermana, son regañados por volver tarde de sus juegos o cuando la Muerte es invocada en el capítulo XIII, titulado “Clara” y que a la letra leemos a través del pensamiento de Espíritu, mientras medita en la posibilidad de contarle a su mujer la causa de sus conflictos: “tienes miedo de revelarle la verdad y causarle una gran impresión que le provoque la muerte”. Empero no hay que olvidar que, por su noción cíclica, dentro del tarot la muerte también es un renacimiento y en el caso de Espíritu algo empieza a desatorarse, pues a partir de ahí y hasta el capítulo XV con la terapia a la que entra Espíritu puede al fin darle nombre al mal que lo aqueja.

Otro arcano se hace notar, digamos, de forma casual con el Carro en el que el padre lleva a sus familias a esas reuniones cuasiclandestinas de apoyo a los exiliados salvadoreños. Sin embargo, dicha mención al Carro resulta más reveladora si la vinculamos con el arcano del Ahorcado en el capítulo VIII, cuando Espíritu experimenta un ataque de asfixia, la misma sensación que de niño sufría y que llevó a confundir ese síntoma con el asma. Más adelante viene a cuento la imagen de la cueva en la que Espíritu se esconde “en debates internos, en estancamientos que no te permitirían ver hacia adelante y olvidar”, ataduras como las cadenas con las que el Diablo sujeta a sus condenados (¿o acaso no estaremos con ese estancamiento frente al arcano XVIII, y el cangrejo atorado en la laguna y encandilado por el fulgor de la Luna sea en realidad un cara de niño?).

El pintor amigo de la cantina, que ayuda a empezar a desatorar esas ataduras (aunque el mismo sea un hombre que no sabe resolver) bien podría prefigurar al Ermitaño del arcano IX, mientras que en el medular y alado capítulo XIX, todos los personajes giran en torno a lo que representa el arcano XXI: para Espíritu, para su madre, para su padre y hasta para Viviana, la anciana de los loros, el asunto a resolver es su vínculo con el Mundo. Confiesa Espíritu: “Piensas que no depende solo de la capacidad intelectual para entender el mundo y descifrarlo, sino también de los sentidos y de la condición de cada organismo”. Y más adelante surge otra remisión, cuando se remonta al recuerdo de cuando su padre fue por él a la salida del colegio: “Tal vez hoy sí me ayude a reparar mi mundo roto”.

Y cierro esta lista de alusiones arcanas con una analogía, diríase hasta fenomenológica. El arcano 0 (o sin número, pues hay que recordar que los romanos desconocían esta cifra) atraviesa la epopeya de Espíritu, especialmente cuando es tachado de anormal (debido a esa sinfonía de silencios en la que está atrapado) y llevado al Instituto Nacional de Salud Mental. Buena parte de la novela (hasta la resolución de su conflicto que obviamente no voy a revelar) su condición queda bien representada por el referido arcano, quien en la baraja egipcia es perseguido por un cocodrilo, mientras que Espíritu es acosado por un pinahuitztli, mordiéndole los talones de la memoria y en ambos casos se trata animales simbólicamente ligados a la tierra.

Quede esta propuesta interpretativa como invitación a leer una opera prima de una novelista que se muestra dueña de sus recursos y madura en su oficio narrativo de acuerdo a las razones aquí ya esgrimidas.

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