Libros y pliegos de ciego

Por: Luis Manuel Reza Maqueo
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La literatura en América, y por lo tanto en México, está documentada a partir de la conquista española y la implantación del idioma castellano y su escritura. Sin embargo, las diversas culturas precolombinas contaban con una gran cantidad de manifestaciones culturales como parte de ritos, representaciones religiosas y leyendas; también había formas de narrativa, cantos y poesía. Los códices mexicas, mixtecos y mayas, así como las expresiones pictográficas e ideográficas son invaluables testimonios, pero no constituyen propiamente un idioma escrito. La creación literaria en las culturas mesoamericanas era de transmisión oral, de ahí la dificultad de su preservación, estudio y clasificación. Ejemplo de ello son algunas de las composiciones de la escuela poética de Texcoco, cuya autoría, atribuída a Netzahualcóyotl, aún es materia de debate.
La transcripción de antiguos códices con el uso del alfabeto europeo, complementada con ilustraciones, permitió la edición de obras muy valiosas, como los Anales de Tlatelolco, que documenta la historia de Tenochtitlán y sus alrededores antes y después de la conquista, también la preservación de importantes testimonios de la cosmogonía y la historia maya, como el Popol Vuh y el Chilam Balam.
Al abordar este tema, el investigador Darío Gómez Sánchez, en su estudio Literaturas precolombias: entre lo ancestral y lo colonial, expone: «Por ahora nos es posible concluir que, con todo y sus especificidades, ya sea considerada como sustrato o versión, como expresión amerindia o como memoria colonizada, la literatura precolombina es una realidad. La diversidad y singularidad de sus textos, ya sean transcripciones literales, adaptaciones o interpolaciones, así lo demuestran. Se trata de una literatura que tiene un valor no solo antropológico o histórico, sino también estético y cultural, que reclama una mayor atención en el campo de los estudios literarios en la actualidad».
La Nueva España, contemporánea del Renacimiento y el auge de la imprenta, nace asociada a la literatura, por la adaptación de las expresiones americanas, por las diferentes visiones de la colonización en registros históricos elaborados por conquistadores y religiosos y por los libros, folletos y representaciones teatrales que llegaron desde las primeras expediciones europeas. México aportó códices, tradiciones, cantos y poesía; España libros, dramaturgia, juglaría y la llamada literatura de cordel, o pliegos de ciego, hojas sueltas en las que se divulgaban cantares, noticias amarillistas y leyendas urbanas. Se les denominaba así pues la mendicidad estaba prohibida, pero a los invidentes se les permitía pedir unas monedas a cambio de esos escritos ilustrados, que exhibían colgados en un cordel, en los parques o en los atrios de los templos españoles.
Si en las embarcaciones, entre los libros religiosos, llegaron ejemplares de El cantar del Mio Cid, Amadís de Gaula y Las sergas de Esplandián, la Nueva España escribía su propia épica en las Cartas de relación de Hernán Cortés, la Historia de los Indios de la Nueva España, de fray Toribio de Benavente, mejor conocido como Motolinía y la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de fray Bartolomé de las Casas. Después, como contrapeso a la versión de los religiosos, vendría la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.
A escasos veinte años de la caída de Tenochtitlán y a cinco de la creación de la Nueva España, en 1540 se fundó en México la primera imprenta americana, propuesta al Consejo de Indias por el obispo fray Juan de Zumárraga. Para hacerse cargo de ella llegó el impresor italiano Juan Pablos, quien hasta entonces trabajaba en la imprenta de Juan Cromberger, en Sevilla. Así, mientras Europa editaba sus incunables, como se llamó después a los libros publicados en la segunda mitad del siglo XV, en México se inauguraban los incunables americanos, textos escritos en el Nuevo Mundo entre 1540 y 1600. Entre ellos destacan el Manual de adultos, la Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana y la Escala espiritual de san Juan Climaco. También a instancias de Zumárraga, en esas fechas se fundó la primera biblioteca de América, en la catedral metroplolitana de la Ciudad de México. Después, en 1646, el obispo Juan de Palafox y Mendoza fundaría en la ciudad de Puebla la primera biblioteca pública americana, hoy conocida como Biblioteca Palafoxiana.
El desarrollo de las letras en la Nueva España no fue ajeno al llamado Siglo de Oro, con una notoria filiación de sus plumas a diversas órdenes religiosas. Para quienes estudian la cultura novohispana resultan imprescindibles las crónicas de Francisco Fernández de Salazar y la Grandeza Mexicana de Bernardo de Balbuena, ambos de origen español. En el pináculo de esa época se encuentra la dramaturgia y la poesía de sor Juana Inés de la Cruz y de Juan Ruíz de Alarcón. Menos conocida, pero de gran importancia, es Catalina de Eslava, quien destaca por ser la primera poetisa mexicana documentada en la historia (un siglo antes de la Décima Musa), por conocerse únicamente un soneto de ella y por no llevar hábitos de ninguna congregación.
No pasó mucho tiempo para que el tribunal del Santo Oficio se percatara del peligro que representaba el acceso a la literatura entre conquistadores, criollos y naturales. En su obra Los delincuentes de papel, inquisición y libros en la Nueva España, José Abel Ramos Soriano sostiene que, entre 1576 y 1819, se emitieron ciento sesenta edictos en los que se prohibía la circulación de más de dos mil libros. La censura no solo aplicaba a obras teatrales, poesía y novelas; se proscribió todo lo relacionado con la Revolución Francesa, el protestantismo, la masonería, filosofía laica y hasta algunas obras de religiosos, como los textos de fray Bartolomé de las Casas. Las justificaciones aludidas son geniales: Contener respectivamente muchas proposiciones malsonantes, sediciosas, temerarias, escandalosas, irreverentes, y gravemente injuriosas. Por expresiones impías e inductivas al ateísmo. Por contener proposiciones falsas, erróneas y próximas a herejía. Porque se trata con sumo desprecio el espíritu de penitencia para sujetar la carne al espíritu. Por tratarse de un tejido escandaloso de amores lascivos y conjunto de obscenidades las más provocativas, de blasfemias, de injurias escandalosas.
Pasaron doscientos años desde la conquista para que circulara, en 1722, el primer periódico de América Latina, la Gaceta de México y Noticias de la Nueva España. Casi un siglo después, en 1816 se publicó El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi. Esa obra es considerada convencionalmente como la primera novela de América, sin embargo, hay narraciones anteriores que se acercan al género, como La portentosa vida de la muerte, emperatriz de los sepulcros, vengadora de los agravios del Altísimo y muy señora de la humana naturaleza, escrita por otro mexicano, fray Joaquín Bolaños, en 1792. En su ensayo Letras de la Nueva España, Alfonso Reyes sostiene que ese texto, a pesar de sus méritos y antecedentes lizardianos, no alcanza la estatura de novela ya que «las ráfagas del sermón todo lo arrastran y deshacen».
Fernández de Lizardi fue el escritor más influyente del movimiento de independencia, de su labor periodística dan cuenta varios ejemplares de El Pensador Mexicano, que circuló entre 1812 y 1814. Fue un persistente defensor de la Libertad de Prensa, en 1813 estuvo preso durante varios meses, lo que no impidió que El Pensador se siguiera publicando en plena insurrección. Después fundó otras publicaciones como Alacena de frioleras, El conductor eléctrico, El payaso de los periódicos y Conversaciones entre el payo y el sacristán. Con su sátira aguda y estilo picaresco, cuestionaba los excesos de la aristocracia y el gobierno virreinal, planteaba preocupaciones sociales y promovía preceptos morales. Además de El Periquillo Sarniento, publicó otras novelas como La Quijotita y su prima, Noches tristes y día alegre y Vida y obra del famoso caballero don Catrín de la Fachenda.
El ingenioso hidalgo, don Quijote de la Mancha, obra cumbre de Miguel de Cervantes, máximo exponente de la novela del Siglo de Oro español, fue publicada en 1605, pero igualmente mereció la censura del Santo Oficio de la Nueva España, aunque circulaba ampliamente en el mercado negro. Este libro tuvo que esperar más de dos siglos para editarse, ya en el México independiente, en 1833, seis años después del fallecimiento de Lizardi, quien pasó a la historia identificado con el nombre de su publicación: El Pensador Mexicano.
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