700 años del conejo en el ombligo de la Luna (Segunda parte)

Por: Jesús Gómez Morán
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A la Dra. Ana Luisa Izquierdo, mi maestra en
la facultad de la materia de Mesoamérica.
Decir que algo está en el ombligo de la luna tiene implicaciones más bien místicas o mitológicas, y en este caso correspondencias analógicas como habrá de guardar el Templo Mayor mexica con el cerro de Coatépec, donde vive la madre de Huitzilopochtli y a quien Moctezuma envía una embajada de brujos y nahuales cuando se avecina la llegada de los hombres barbados, asimilados como los descendientes de Quetzalcóatl. La investigación de Tibón, a la que me refería en la anterior entrega de esta columna, inicia justamente con esta expedición a la región de sus orígenes para así saber cómo responder ante los acontecimientos que comenzaban a desencadenarse: quizás en el momento actual fuera conveniente hacer lo mismo, rascar en nuestras raíces para encontrar algo de luz.
Y es que, al remontarme a tales datos no pretendo desmitificar los mitos, sino procurar digerirlos. “En el ombligo de la luna”, aun careciendo de su glifo en algún códice, es una imagen de fuerte carga mística como la pueden tener las esculturas de Coyolxauhqui o su madre la Coatlicue que, tal como la descifra Rubén Bonifaz Nuño en Imagen de Tlaloc, representa más bien el mito de la creación del mundo. En cuanto a la importancia histórica y mitológica de la fundación de la capital de los mexicas, es ilustrativa la evocación de Carlos Fuentes en El espejo enterrado (como enterrado quizás pueda estar ese códice con el glifo anhelado): “cuando llegaron al sitio predestinado fundaron su ciudad, Tenochtitlan, sobre las islas y pantanos de los lagos, en el año 1325 (uno casa, según el calendario náhuatl). A la ciudad le añadieron el prefijo ‘México’ que significa ‘en el ombligo de la luna’. Es la más antigua ciudad viva de las Américas” (Fuentes, 2008, p. 64).
Enrique Florescano registra con precisión, en La bandera mexicana. Breve historia de su formación, cómo en varias representaciones al verificarse una conquista de parte de los mexicas sus tlacuilos anotaban el glifo del tunal brotando de la piedra-corazón de Cópil: “hoy sabemos que esa piedra es el corazón sacrificado de Cópil, quien era hijo de Malinalixóchitl, la hermana mayor del dios tutelar mexica, [quien] se refugió entonces en Malinalco y ahí procreó a Cópil, a quien le inculcó su odio hacia Huitzilopochtli. Más tarde, cuando los mexicas se asientan en Chapultepec y son hostigados por los pueblos vecinos, Cópil aprovechó esta ocasión para sublevar a los pobladores del valle contra la tribu de los recién llegados” (Florescano, 2014, p. 26). Adicional a esto, como lo demuestra Tibón, dicha narración mítica guarda hondas raíces selenitas, pues Malinalxóchitl, en tanto hechicera (Malinalco hasta ahora es famoso por sus brujos), posee una advocación lunar.
Dicta el precepto que como es arriba es abajo, ley de correspondencias que al parecer queda reivindicada por el misticismo mexica. El resto del relato resulta elocuente en este punto al establecer Tibón el siguiente paralelismo: “el hijo de la luna es sacrificado por su tío Huitzilopochtli, en el cerro del Peñón, exactamente como éste sacrificó a la propia luna [Coyolxauhqui] en el cerro de la serpiente [Coatépec]: la mató, degolló y le sacó el corazón”. Fernando de Alvarado Tezozómoc describe así el episodio: “con el cuchillo de pedernal le abrió el pecho, le arrancó el corazón. Se repite el holocausto, que esta vez permitirá encontrar, mágicamente, el lugar donde ha de fundarse la ciudad de México”. [Tibón, 1977, p. 557].
En otras palabras, mientras la luna es la primera sacrificada en el mundo celeste, Cópil, quien es interpretado como hijo de la luna (no por serlo de Coyolxauhqui, sino de una maestra en artes oscuras, la cual, como es lógico, posee un perfil que se afilia a las facultades lunares), resulta ser el primer sacrificado en el ombligo terrestre de la cosmovisión mexica, reflejo del de arriba. Al respecto no hay que olvidar las correspondencias míticas que guardan los relatos fundacionales con relación de lo que podría acercarse a una versión histórica, más aun cuando sabemos que, para legitimar el poderío mexica, Tlacaélel ordenó la quema de antiguos códices en los que su pueblo no figuraba y mandó elaborar unos nuevos conforme al relato que arriba hemos comentado. Parte de esto se pudo rastrear, merced a otras fuentes, a partir de las cuales sabemos que fueron los acolhuas quienes se empeñaron en exterminar a los mexicas que merodeaban en sus dominios, algo que casi consiguen hacer justamente en una reyerta que tuvo lugar en Chapultepec. El mito en cuestión sublima dicho acontecimiento y lo plantea de modo tal que funciona en tanto argumento para justificar ante ellos mismos y ante la posteridad, la prevalencia de los mexicas como pueblo elegido y salvado por su dios, además de que, en ambos casos, el acto fundacional habrá de sustentarse en un hecho sangriento.

Gracias a este panorama que venimos realizando, es entendible el fuerte ascendente que el corazón de México Tenochtitlan ha tenido desde antes de la llegada de los españoles y hasta la fecha. Cuando los acolhuas obligan a los mexicas a habitar los islotes que ellos consideraban de poca valía, en su mente pudo asentarse la idea de que esa circunstancia derivaría en su exterminio. Lo curioso es que al paso de los siglos han sido sus descendientes quienes de forma progresiva terminaron exterminando a los islotes.
De vuelta al relato mítico, uno de esos islotes brotó del punto donde fue arrojado el corazón de Cópil. Ahí precisamente nació un nopal, el altépetl mexica y que explica el locativo Tenochtitlan, “donde surge el nopal”. La fundación de México está simbólicamente registrada en la escultura del Teocalli de la Guerra Sagrada: en ella figura el mencionado islote como una calavera de donde nace un nopal. Se entiende que esa calavera es la de Cópil y, de acuerdo a una síntesis de advocaciones, el orificio del que brota la planta sería un lunar ombligo (el águila y la serpiente consabidas pueden interpretarse como elementos episódicos, relevantes sí, pero durante el instante de su aparición epifánica). En suma, resultaría factible (apoyado en una lectura hermenéutico-analógica) en dicha piedra encontrar grabado el significado del nombre México-Tenochtitlan como “del ombligo de Cópil nació nuestro nopal altépetl”.
A modo de conclusión para lo que venimos repasando, si los mitos mexicas poseen una correlación con sucesos verificados en términos históricos, queda como tarea pendiente para investigaciones arqueológicas futuras ubicar el punto más sagrado de la ciudad, ese en el que la clase teocrática mexica pudo haber fijado el nacimiento del nopal surgido de la calavera de Cópil, en espera del águila que en él habría de posarse, arca con la que Huitzilopochtli firmó su alianza con los peregrinos mexicas. Se daría por sentado que ese islote pudo estar en el lugar exacto donde se descubrieron los restos del Templo Mayor, encubierto por las sucesivas etapas de construcción que fue sufriendo. ¿Podría haber estado acaso en el promontorio que se le denominó la Isla de los Perros, al mantenerse a salvo durante las inundaciones de la época virreinal? ¿Acaso rumbo a la Merced, en la plaza de la Aguilita donde, como su nombre lo indica, se erige una escultura que reproduce el suceso fundacional, retratado en nuestro escudo patrio?
Lo cierto es que, en estos días, más allá del vaivén de los siglos que se empeñen en naufragar su influjo, el poder imantado de ese símbolo, puesto en el ombligo del lábaro nacional, ha abanderado el movimiento de resistencia civil ante quien ostenta el gobierno en Estados Unidos de Norteamérica e, insensatamente, pretende reescribir la historia, cuando gran parte de esta ya está inserta de forma indeleble en la memoria colectiva de ambos lados de la frontera.




