Aquello que no es, es de alguna forma

Por: Ernesto Priani Saisó
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Todos sabemos de primera mano que uno de los rasgos más inquietantes de la fantasía, mientras no caemos en cuenta de que se trata precisamente de una fantasía, es su capacidad para hacerse pasar por real. Los sueños, las ensoñaciones y las alucinaciones, crean un doble de nuestra existencia, donde las cosas son, pero de una manera distinta, alterada, a veces incluso dañina. Por ello se les ha dado, por lo general, una connotación negativa. A nadie, en realidad, le gusta ser engañado.
La fantasía, como la pensó Aristóteles, no permite explicar este costado de ella, pues el interés estaba puesto en mostrar cómo ésta transmite de manera fidedigna lo percibido a través de los sentidos hacia el juicio. Para Aristóteles, todos los sueños tienen una explicación en la percepción o en el pensamiento, y descree que permitan la adivinación. En realidad, para adentrarse en el aspecto ilusorio de la fantasía se requiere hacer primero otro tipo de pregunta. Una que se refiera a la manera cómo está conformado lo que existe para explicar por qué la misma facultad que nos ayuda a conocer el mundo, puede también engañarnos. Antes, pues, de intentar comprender cómo funciona la fantasía, es necesario resolver la cuestión metafísica: ¿cómo son las cosas que podemos percibir unas como que son y otras como que no son?
Marsilio Ficino, un filósofo florentino de Renacimiento, reparó en este problema al comentar uno de los diálogos de Platón, el Sofista, donde se hace una minuciosa descripción de ese personaje, maestro de retórica, que enseñaba a argumentar para convencer, sin importar si los argumentos eran verdaderos o falsos. En palabras de Patricio Azcárate, en el diálogo es presentado “como un cazador de jóvenes ricos; como un comerciante negociando las cosas del alma, los conocimientos relativos a la virtud; como un fabricante de estos mismos objetos… como un purificador de almas mediante la refutación”. Sin embargo, no es esta la cuestión central para Platón, sino cómo es posible el arte mismo del sofista, que describe como fantasmagórico, porque intenta pasar lo que no es, como si lo fuera. El momento culminante del diálogo es aquel donde el Extranjero, quien lleva la discusión, pide a su interlocutor que no lo considere un parricida porque explicar los sofismas requiere negar la afirmación del filósofo Parménides, quien sostenía que sólo el ser es. El engaño, piensa el Extranjero, sólo puede ocurrir cuando aquello que no es, es de alguna forma. De otro modo no habría la posibilidad de ser timado, pues la ilusión no tendría lugar en un mundo donde solo las cosas que son existen.
La discusión dentro del diálogo platónico se refiere a los principios metafísicos que hacen posible el engaño, pero Ficino ve algo más que el problema de los fundamentos de la existencia de la ilusión. Como señala Michael Allen, encuentra en él “la aceptación del trabajo de la imaginación y de la fantasía, y de su poder para engañar, pero también para instruirnos”.
El mérito de Platón se encontraría, para Ficino, en mostrar cómo lo no existente posee una cierta forma de existencia, y también en permitir un giro en la apreciación del valor de una facultad cuyo objeto propio son las imágenes ilusorias. Así, estas no sólo usurparían falsamente, y con engaños, la realidad, sino que además nos dejarían aprender algo más del lugar y del modo en que existimos y comprendemos. Serían una vía de conocimiento además de, por supuesto, una fuente inagotable de ilusiones. Escribe Ficino en el Comentario al Sofista:
“Platón junto con los suyos quiere que las imágenes sean algo, no ciertamente cosas íntegras que pueden aparecer de otro modo en los espejos. Así pues, tanto aquí como en el Timeo asevera que las imágenes existen. Aquí ciertamente, cuando dice que las imágenes y los cuerpos no son lo mismo, quiere decir que aquellas tienen su propia naturaleza, pero no tienen materia. “
Ficino afirma, por supuesto, que las imágenes tienen una forma de existencia. Pero va un poco más allá, porque dice que tienen una existencia distinta a la de las cosas de las que son imagen. La imagen de mí que aparece en el espejo no es la de mi cuerpo porque no podría aparecer cortada. Necesita ser otra distinta. Por eso puedo ver mi cabeza en el cristal de la ventana, separada del tronco, como obviamente no podría ocurrir en la realidad sin, digamos, perder la vida. Las imágenes que son los objetos de la fantasía existirían así de manera autónoma y separada de aquello de lo que son imagen. Y la diferencia fundamental entre unas y otras, es decir, entre lo que aparece en el espejo y lo que está en el cuarto, es que en las primeras no habría materia, mientras en las otras sí. La razón de esta diferencia es que cada una se generará por un proceso distinto e independiente, y no como normalmente pensamos, una a partir de la otra.
Un corolario a esta afirmación es el siguiente: las imágenes no estarían solamente encadenadas al proceso de la percepción y el juicio, como pensaba Aristóteles. Por el contrario, serían captadas y/o producidas por la imaginación y la fantasía de manera autónoma y separada de la percepción sensible y del juicio mismo, y por eso serían capaces de inducir a una y a otro al engaño, además, de por supuesto, ayudarnos a comprender lo que sentimos y a formular un juicio.
Con este breve pasaje del Comentario al Sofista, Ficino deja establecido que la fantasía es un territorio autónomo e independiente, que funciona a partir de reglas diferentes a las de otras facultades, porque sus objetos son distintos. La fantasía, y con ella, las imágenes fantásticas en toda su variedad –desde las que constituyen las obras artísticas hasta las que brotan en nuestra cabeza, elaboradas o simples- constituyen un aspecto de lo que existe, un cierto grado del ser. La pipa en el cuadro de Magritte no es una pipa, pero es una de las formas de la existencia de las pipas: su imagen. Y si bien con ella no es posible fumar, sí es posible hacer otras cosas: como hacerla aparecer en el centro del cuarto, dentro de la pecera, antes de que llegue un mago.
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