El desafío de las infraestructuras urbanas frente al cambio climático

Por: Alejandra Trejo Nieto*

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La madrugada del jueves 29 de mayo se registró una fuerte tormenta en el oriente del Valle de México. En el municipio de Chalco, Estado de México, como ocurre cada temporada de lluvias desde hace al menos tres décadas, las calles amanecieron inundadas. Esta situación, recurrente en la zona, se había agravado año con año. En 2024, por ejemplo, colonias como Culturas de México permanecieron anegadas durante casi un mes debido a las lluvias.

El Trolebús Chalco–Santa Martha, inaugurado el 18 de mayo, no había experimentado aún los efectos de las precipitaciones hasta ese día 29. Y es que las estaciones ubicadas en el municipio de Chalco se localizan en zonas propensas a inundaciones. A través de redes sociales, usuarios del trolebús denunciaron que las unidades tuvieron que circular muy lentamente por las calles afectadas por la intensa lluvia.

Situaciones como la descrita nos recuerdan que el cambio climático y sus repercusiones representan uno de los mayores desafíos contemporáneos para las ciudades. Ante la intensificación de fenómenos extremos –inundaciones, olas de calor, sequías y tormentas–, las infraestructuras urbanas se convierten en un elemento clave tanto para la adaptación como para la mitigación.

No obstante, la infraestructura no es únicamente un conjunto de obras físicas; implica también decisiones sociales, políticas y técnicas que definen qué se construye, para quién y con qué propósito. Este texto explica el papel de la infraestructura urbana frente al cambio climático e identifica desafíos y potenciales transformaciones hacia ciudades más adecuadas a los tiempos que corren.

La importancia de las infraestructuras urbanas para el cambio climático

Las infraestructuras urbanas –entendidas como el conjunto de sistemas físicos y tecnológicos que permiten el funcionamiento de la ciudad (agua, energía, transporte, saneamiento, vivienda, comunicaciones)– cumple una doble función en el contexto del cambio climático y los eventos naturales extremos. Por un lado, son un factor que contribuye al cambio climático, dado que muchas infraestructuras tradicionales dependen de combustibles fósiles y procesos intensivos en carbono. Por otro, son una herramienta clave para la adaptación: sistemas de drenaje que evitan inundaciones, redes de transporte adaptables, infraestructuras verdes que reducen islas de calor, o edificaciones que implementan la eficiencia energética.

El diseño, renovación y mantenimiento de infraestructuras urbanas debe, por tanto, responder a nuevos parámetros ambientales, pero también sociales. Las ciudades más vulnerables al cambio climático suelen estar en países de ingresos bajos y medios, donde la infraestructura es escasa, frágil o excluyente. En este sentido, la planificación y desarrollo de las infraestructuras urbanas no puede desligarse de la justicia ambiental, social y espacial.

Diversas estrategias se han implementando a nivel mundial para adaptar las infraestructuras urbanas al nuevo clima, entre ellas: las infraestructuras verde y azul que permiten el manejo natural del agua, la reducción del calor y la restauración ecológica; soluciones basadas en la naturaleza, que son intervenciones que integran procesos ecológicos en el diseño urbano, combinando beneficios ambientales, sociales y económicos; tecnologías digitales para monitoreo, alerta temprana y gestión eficiente de recursos ante eventos extremos; o el rediseño urbano y zonificación climáticamente sensible mediante políticas que limitan la urbanización en zonas de riesgo, promueven la densificación y mejoran la conectividad así como las accesibilidad a los servicios básicos. Estas estrategias exigen una renovación del pensamiento técnico tradicional y una mayor interdisciplinariedad entre ingeniería, urbanismo, ecología, salud pública y gobernanza.

Retos, contradicciones y oportunidades

A pesar de ciertos avances, la implementación de infraestructuras urbanas enfrenta importantes obstáculos frente al cambio climático. Primero, la inercia institucional y normativa impide la rápida adopción de soluciones. Muchos códigos urbanos y manuales de diseño siguen anclados en patrones del siglo pasado, desconectados de las realidades actuales. Segundo, el financiamiento para infraestructura climáticamente resiliente es insuficiente, especialmente en ciudades del Sur Global. La falta de inversión pública y la dependencia de financiamiento privado o internacional impone condiciones que priorizan criterios económicos sobre necesidades locales. Tercero, existe el riesgo de un “sesgo tecnocrático”, es decir, soluciones centradas exclusivamente en la infraestructura dura o en tecnologías sin un enfoque social y territorial, lo que puede generar exclusión o incluso mayor vulnerabilidad. Por último, los efectos del cambio climático son inherentemente inciertos, lo que exige un enfoque de infraestructura flexible y adaptativa, capaz de responder a escenarios cambiantes sin comprometer su funcionalidad ni sostenibilidad.

Las infraestructuras urbanas ante el cambio climático deben transformarse como parte de una transición hacia ciudades más justas, incluyentes y sostenibles. Esto implica repensar las prioridades urbanas, pues una infraestructura transformadora no es solo aquella que responde al cambio climático, sino que contribuye a solucionarlo al tiempo que reduce desigualdades y mejora la calidad de vida.

Desafíos, brechas y oportunidades de las infraestructuras urbanas

México es uno de los países más vulnerables al cambio climático, no solo por su ubicación geográfica, sino por sus profundas desigualdades sociales, urbanas y territoriales. Las ciudades son espacios donde se manifiestan con intensidad tanto los efectos del cambio climático como las debilidades estructurales de las infraestructuras. En este contexto, las infraestructuras no solo son clave para la adaptación y mitigación climática, sino también un campo de disputa por el derecho a la ciudad, la justicia ambiental y la equidad social.

Las ciudades mexicanas enfrentan una combinación crítica de déficits de infraestructura, expansión urbana y creciente exposición a riesgos climáticos. A pesar de avances en cobertura de servicios, millones de personas aún carecen de acceso adecuado a agua potable, drenaje y transporte público. Esta situación se agrava en asentamientos informales, donde la falta de planeación y la precariedad de las viviendas aumentan la exposición a desastres naturales y estrés ambiental.

El desarrollo urbano expansivo y fragmentado, promovido por décadas de políticas de especulación del suelo, ha generado ciudades altamente dependientes del automóvil y con enormes costos energéticos y ambientales. Ello se traduce en infraestructuras ineficientes, mayor consumo de recursos y baja resiliencia climática.

Estas infraestructuras son vulnerables a eventos extremos, como se ha evidenciado en los recurrentes colapsos de drenaje durante lluvias intensas (Ciudad de México, Monterrey y Villahermosa), escasez crónica de agua (zona metropolitana de Monterrey en 2022) y afectaciones por huracanes (como Otis en Acapulco en 2023). Estos eventos revelan no solo una crisis climática, sino también los problemas de la gestión urbana.

México ha incorporado en su política pública cierta preocupación por la infraestructura resiliente al clima, pero su implementación es limitada, con escasos recursos, capacidades institucionales dispares y sin un marco vinculante. De manera más bien aislada, algunos municipios impulsan iniciativas innovadoras, pero estas acciones suelen depender de recursos de cooperación internacional o de apoyos aislados, y no de una política nacional robusta. A nivel federal, la infraestructura sigue pensándose más como motor económico que como herramienta de resiliencia ambiental.

Las poblaciones urbanas más pobres –quienes menos contribuyen al cambio climático– son también las más vulnerables a sus efectos, y suelen quedar fuera de los beneficios de nuevas infraestructuras. Uno de los retos centrales desde la esfera pública es evitar que la transición infraestructural frente al cambio climático reproduzca o profundice desigualdades.

Hacia infraestructuras transformadoras

El cambio climático interpela a las ciudades no solo como espacios de riesgo, sino como escenarios clave de acción. Las infraestructuras urbanas deben pasar de ser parte del problema a ser parte de la solución. Para ello, es necesario reconocer que la infraestructura no es solo una cuestión de ingeniería, sino también de justicia, gobernanza y visión de futuro.

Se requiere repensar las infraestructuras urbanas como herramientas de transformación social y ecológica. Pero las infraestructuras urbanas en México se encuentran en una encrucijada frente al cambio climático: pueden seguir reproduciendo modelos insostenibles y desiguales, o convertirse en el eje de una transición justa y resiliente. Para ello, no basta con innovaciones tecnológicas o financiamiento; se requiere una transformación profunda de la manera en que concebimos, planificamos y gobernamos las ciudades. En última instancia, la infraestructura debe responder no solo al clima, sino a la dignidad, la equidad y el derecho colectivo al futuro urbano.

*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México

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