Scherezada y la creatura

Por. Armando Enríquez
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Dos personajes literarios que me acompañan y sugestionan desde la adolescencia, cuando por primera vez leí la novela y también los relatos árabes, sin embargo el azar los junto en el mismo espacio de una manera fortuita.
Al llegar de la escuela hace ya más de 40 años y tras comer, me apoltronaba en un sillón y con la suite sinfónica de Rimsky-Korsakov leí la novela gótica de la inglesa, de los salones palaciegos con los aromas de oriente y los dedos escurriendo de miel y sangre del tirano, a los gélidos bloques de hielo que estrujan los cascos de las naves y el corazón lleno de odio del médico que se creyó Dios, todo cabía en una sala de clase media mexicana con regusto de greñudas en salsa verde.
De Scherezada me atrae su capacidad e ingenio para mantenerse viva por mil y una noches gracias al poder de sus historias. Frente a ella, siempre lo imagino oculto en las sombras que la noche marca en las celosías de su recamara, se encuentra la figura y la mente autoritaria, sanguinaria del sultán. La mujer árabe despierta la admiración y envidia de cualquier escritor o creador de contenidos; prolífica, inquietante y logrando mantener la atención de su escucha, lo suficiente para preservar su vida a diario, en el primer: A la misma hora y por el mismo canal.
Debemos imaginar que más allá de cualquier característica física, fue la sagaz y creativa mente de la esclava el motivo por el que noche tras noche por casi tres años regresó a la recamara del gobernante.
Scherezada es una creación literaria más, que como muchas otras se ha convertido en un personaje constantemente citado. Ha inspirado nuevos relatos, así como obras musicales y gráficas. Scherezada producto de la leyenda y el mito es un personaje que en sí mismo encanta y seduce a quien escucha de ella por primera vez y que permanece en un lugar entrañable a través de los años. La voz que acompaña tras la jornada. Y las páginas del libro a visitar de vez en siempre.
Siempre la he imaginado sentada en la prisión y más tarde en el harén donde maquina, ensaya y busca el cliffhanger que le permita ver un día más. En el que paradójicamente deberá crear el siguiente episodio de la historia. Sola, ensimismada, Scherezada no entiende el sentido del mundo físico, al menos, no en esos tres años en que se ha convertido en narradora para un hombre sanguinario que busca en el relato fantástico ahogar el pragmático mundo que demanda sus decisiones concretas.
Imagino a Scherezada alisando sus prendas cada noche con nerviosismo al dirigirse a estancia donde la espera aquel hombre despiadado. Su vida depende de lo atractivo de su historia.
Tal vez así, una noche de 1816, en una velada de diversión y excesos típicos de Lord Byron, Mary Wollencraft Godwin Shelley una adolescente de 18 años acompañada por su amante el poeta Percy Shelly y su media hermana Claire Clairmont a las orillas del lago Lemán, contó, con cierta reserva, me imagino además de cierto temor al ridiculo por parte del barbaján de Byron, la historia de su creatura, por primera vez. Con la misma calma falsa que la ficticia mujer árabe, la joven inglesa develó la historia hipnotizante de esa creatura nacida de la soberbia y arrogancia. Ese que jamás mereció nombre y al que erróneamente mucha gente llama con el nombre de su creador. Esa creatura condenada a vagar en un mundo que carece de orden para él, cuya belleza le es ininteligible, en el que sólo la venganza blanca e infinitamente fía, es real.
La vileza del sultán resulta nimia comparada con el alma putrefacta de Víctor Frankenstein.
Scherazada y la creatura, una con un final de leyenda, el otro cargando una tragedia legendaria. Dos historias que se perpetúan.
Y así fue como una mujer de fantasía y una fantástica escritora se juntaron por varias tardes en un lugar de la Colonia Nápoles, para no ser jamás olvidadas.
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