80 años sin Tablada (Segunda parte): La camaleónica estela de José Juan

Jesús Gómez Morán

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Para Dula Alicia Ortega, compañera de catalogación dentro del Archivo Tablada

Para Columba Galván Gaytán, in memoriam

Como continuación en este repaso a la marcadamente proteica obra de Tablada, es necesario hacer una acotación: desde finales del siglo pasado, la propiedad intelectual de la obra tabladiana la detenta el Centro de Estudios Literarios de la UNAM (actualmente adscrito al Instituto de Investigaciones Filológicas). ¿Cómo sucedió eso? El origen de dicha conexión se remonta hasta el Edificio Condesa, donde José María González (el Abate) de Mendoza cuenta haber ido, en compañía de Manuel Horta y Guillermo Jiménez, a conocer a Tablada. Con el tiempo esta amistad se fortificó y al morir Tablada, el Abate, quien era asesor del Centro de Estudios Literarios a finales de los cincuentas (y quien además del poeta mexicano analiza en sus Ensayos selectos, la obra de Apollinaire, por lo que se erigió como un especialista tanto de los poemas sintéticos tabladianos como de su poesía ideográfica), consiguió la autorización de la viuda Eulalia (Nina) Cabrera de Tablada para custodiar el archivo de Tablada, a fin de poder consultar de primera mano documentos con los que podría sacar a la luz, bajo el sello de la UNAM, el libro Los mejores poemas de José Juan Tablada.

Derivado de ello, nació la iniciativa para que se editara una colección de las obras completas de Tablada, esto a pesar de la muerte del Abate en 1967: la conexión ya estaba hecha y Nina decidió ceder en 1971 los derechos de su obra a la UNAM. Diez han sido las ediciones anotadas salidas a la luz y trabajadas, más que por un equipo (que, a diferencia de los colectivos que se han enfocado a las obras completas de Lizardi o Gutiérrez Nájera, nunca se constituyó como un grupo bajo una única línea de trabajo), por una nómina diversa de investigadores, lo cual manifiesta otra vertiente camaleónica del legado literario de Tablada. En dicha nómina figuran Héctor Valdés, Jorge Ruedas de la Serna, Adriana Sandoval, Guillermo Sheridan, Eduardo Serrato, Esperanza Lara y Fernando Curiel. Como autor de vanguardia que fue, su obra resultó pionera dentro del Centro de Estudios Literarios para ser colgada en un portal electrónico, proyecto que desde finales del siglo pasado ha sido encabezado por Rodolfo Mata, con el apoyo en años más recientes de Gabriel Enríquez. Previamente, en los años noventa ya se habían publicado sendos CD Roms con las crónicas neoyorkinas y chilangas de Tablada (mismas en las que tuve oportunidad de colaborar realizando la edición de notas) y el de su obra de creación Letra e imagen. No está de más consignar que en más de dos décadas, dichos equipos han visto desfilar a una amplia gama de investigadores y becarios universitarios, contando en su momento con el apoyo de distintos programas presupuestarios.

Dicha vertiente digital, no está de más decirlo, ha tenido una de sus más ricas fuentes de abastecimiento documental en el Archivo de Tablada, en el cual también tuve oportunidad de participar, a invitación expresa de su coordinadora, la maestra Columba Galván Gaytán, hace ya 30 años, llevando a cabo tareas de conservación, organización, descripción y catalogación. De ahí en más, para mí quedó definida la imagen de Tablada como un reporter de su tiempo, desde la privilegiada posición que le permitía residir en Nueva York y cubrir para el lector mexicano sus temas de actualidad, lo mismo la recesión del 29 y algunas de las fechorías de Al Capone, o las singulares repercusiones de Krishnamurti y Madame Blavatsky como representante de la teosofía, que el jazz (para sus oídos una música sicalíptica) o las películas de Rodolfo Valentino, Gloria Swanson y Douglas Fairbanks, por dar solo unos cuantos nombres. Hablar de todo esto representa echar una mirada a mi propio pasado reciente. En los poco más de dos años que, al lado de mi querida amiga Dula Ortega Pineda, estuvimos en contacto con los papeles tabladianos, pude valorar su talento artístico en dibujos a lápiz, al carbón, óleos sencillos, acuarelas, una obra plástica que me lleva a considerar que, en grado sumo, la aportación poética de Tablada no puede desligarse de una propuesta visual complementaria a ella.

La sentenciaut pictura poiesis de Horacio es la máxima que resume su vena creativa, y las reverberaciones de su legado se rastrean dentro de las diferentes corrientes en las que participó: parnasianismo, decadentismo, expresionismo, imaginismo e incluso simultaneísmo como lo postula en su famoso poema “Nocturno alterno” del cual poemas como “Himno entre ruinas”, e incluso en cierta medida “Blanco” de Octavio Paz, son francos deudores. Más extendida, como he dicho, es la herencia del haiku tabladiano, y cuya huella marca ese tercer reencuentro que tuve con él a partir de que la Dra. Seiko Ota me pidió, primero, guiarla en su consulta del Archivo Tablada en un trabajo (su tesis doctoral) que cristalizó en el libro José Juan Tablada, su haiku y su japonismo (2014), publicado por el Fondo de Cultura Económica, colaboración que se ha continuado con los libros de teoría sobre el haiku japonés, Seis claves para leer y escribir haiku (2020) y El secreto del haiku (2024), editados por Hiperión, e incluso, en cierta forma para Haikus de la bomba atómica, salido este año de la pluma de la maestra japonesa también bajo el sello de Hiperión, colaboraciones que se desprenden (insisto) a partir de la égida tabladiana. En términos literarios, cada vez que se abordan las relaciones entre México y Japón, el nombre de Tablada resalta por mérito propio: de hecho, el mismo Abate menciona el libro Aztecas y japoneses, que quedó inédito (lo mismo que la novela La Nao de China) al no hallarse su manuscrito, proyectado luego de su viaje al país del Sol Naciente:

“De Aztecas y japoneses cabe suponer que sería una colección de ensayos sobre las semejanzas entre el arte de ambos pueblos y sobre sus relaciones pretéritas […]. Quizás, dando generosa amplitud al título, hablaría también de que los contactos habidos durante la época virreinal; de las arribadas forzosas a playas japonesas de la Nao mal llamada ‘de China’, pues de Manila venía; acaso de San Felipe de Jesús y de los otros dieciséis mártires de Nagashaki”.

Tras leer estas líneas no puedo sino elucubrar que, de no haber muerto el 2 de agosto de 1945, lo hubiera hecho de muy honda pena cuatro días después, cuando se enterara del despiadado ataque atómico el día 6 contra la dulce y serena Hiroshima y el día 9 contra la mencionada población de Nagasaki. Quizás la muerte fue piadosa con él, sabiendo de su profundo amor por la nación y la cultura niponas. En alguna ocasión dentro de una encuesta aplicada a escritores modernistas sobre qué época del pasado les hubiera gustado vivir Tablada contestó:

“En el Japón, antes de la era actual, cuando una vida fuerte, armoniosa y llena de espiritualismo produjo la epopeya caballerosa del Bushido y el arte maravilloso de los Pano de Kiyonaga y de Hiroshigué, donde la bravura de un samurái oscuro, Taiko Sama Hideyoshi, llegó a las excelsitudes imperiales, donde el renunciamiento budista engendró el numen admirable de Kobo Daishi. En el Japón, país de los caracteres austeros y de las voluntades indomables; en la patria más llena de bellezas y más ardientemente amada por sus hijos”.

Con un pie en el entorno campirano y el otro en el citadino, poeta sensible al encanto de la naturaleza, principalmente aquella que parece insignificante (¿ya hablé de su afición a la entomología y a la micología?), lo mismo que cronista atento a un mundo cambiante inserto en la modernidad, abocado a los temas prehispánicos y de refilón aludiendo tanto a los nacionales de su tiempo (el huichilobismo que se desarrolla en varias de sus crónicas y en su novela La resurrección de los ídolos resultaría ser su tesis para explicar como algo atávico la barbarie manifiesta tras el levantamiento revolucionario de 1910), como a la cultura y el arte de Europa o el Lejano Oriente, el espíritu inquieto de su pluma estuvo constantemente sacando instantáneas y radiografías.

Tres momentos de contacto con Tablada son los que he aludido: los dos primeros serían el de los libros de texto y el que acabo de reseñar respecto a la relación directa con sus papeles personales. Vayan ustedes a saber si estas “Constelaciones de páginas” no serán a su modo emanaciones de las columnas que a lo largo de su vida cultivó el polifacético José Juan Tablada. El tercer momento de mi relación con él es este mismo, o mejor dicho el que en este espacio vengo reportando a modo de un resurgimiento del haiku, pues a poco más de un siglo de que lo aclimatara a nuestro idioma el tónico y talante de su estela como haijin guía nos sigue constelando. En referencia a dicho legado en particular, cierro este modesto homenaje citando sus propias palabras procedentes de su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en 1941 y escritas para comentar las fábulas de fray Manuel Martínez de Navarrete, pues como ellas sus haikus, “encierran un grano de sal, a veces un polvillo de pimienta, siempre el tónico amargor de la sensatez. En lo atañedero a la forma, valen por el movimiento y la vivacidad que las anima”.

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