80 Aniversario luctuoso de José Juan Tablada: De fauno a bonzo japonista (Primera Parte)

Por: Jesús Gómez Morán
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Para Coral Velázquez y su afición decimonónica
¿Cómo hablar de la huella dejada por un autor insigne en diferentes momentos de mi trayectoria dentro de las letras? ¿Acaso refiriéndome a su 80 aniversario luctuoso o a mis encuentros con su obra y legado? El primero de ellos me remonta a las lecturas de libros de texto gratuito. La imaginación quedó capturada por la impresión sintética de estas cuatro líneas:
Del verano
roja y fría,
carcajada,
rebanada de sandía.
Si además de señera, hay alguna figura surgida dentro del parnaso del Modernismo mexicano, a la que sea viable clasificarla como camaleónica, esa sin duda sería José Juan de Aguilar Acuña Tablada y Osuna, escritor que dentro de la Revista Moderna ejerció la poesía y el cuento, y posteriormente hasta el final de sus días el periodismo político, la crónica, la novela y hasta el teatro. Xavier Villaurrutia le reserva dentro del panteón de las letras nacionales el papel de Adán (el de Eva se lo adjudicó a Ramón López Velarde) por su propósito gestador, en gran parte debido a su impulso de dos formas poéticas innovadoras para su tiempo: el poema visual, siguiendo los pasos de Guillaume Apollinaire, y el haiku, del cual es el introductor absoluto en lengua española, más allá de las polémicas reformulaciones que ciertos eruditos en la materia han tratado de otorgar dicho mérito tanto a Manuel como a Antonio Machado, a Isaac del Vado y a Enrique Díez Canedo, quienes en la práctica lo que hicieron son versiones (en el sentido que justamente Paz utilizaba para traducir a poetas que admiraba) e imitaciones de haikus, no creaciones originales, que intentan recuperar el valor de la sugerencia y capturar la profundidad de una imagen instantánea como lo hace el poeta mexicano en ejemplos como este:
Tierno saúz
casi oro, casi ámbar
casi luz.
Nacido el 3 de abril de 1871, sus años juveniles son un tanto oscuros. En la ficha de autor que la doctora Pilar Mandujano (cf.https://www.iifilologicas.unam.mx/dem/dem_t/tablada_jose_juan.html#) realizó para el Diccionario de escritores mexicanos. Siglo XX en línea (y con la cual se abre el tomo VIII de su versión impresa) anota que, aunque nació en la Ciudad de México, tuvo una infancia itinerante entre Tlaxcala, Puebla y Mazatlán y, si en tal caso infancia es destino, dicho estigma habrá de perseguirlo con sendos viajes a París, Japón (durante más de un siglo puesto en duda), Colombia, Venezuela (donde publicará los que quizás sean sus dos libros más importantes, Un día… en 1919 y Li-Po en 1920) y finalmente Nueva York, ciudad a la que emigró a raíz de su apoyo al régimen de Victoriano Huerta, pero que luego de las gestiones de su primo Genaro Estrada (el formulador de la antiintervencionusta Doctrina Estrada) pudo convertirse en diplomático bajo el estatus de segundo secretario, labor que justificó con creces al impulsar en tierras norteamericanas la carrera de artistas plásticos como José Clemente Orozco o Miguel Covarrubias, abriendo incluso la librería Los Latinos, donde en efecto se dedicó a difundir publicaciones de autores hispanoamericanos. Eventualmente volverá a México, se mudará a Cuernavaca que debido al clima le ayudaría a su salud, pero ya enfermo retorna a la urbe de hierro para morir el 2 de agosto de 1945.
Su estancia en la Gran Manzana constituye un momento prolífico dentro del género prosístico, en particular la crónica que en su momento como corresponsal comenzó con Los días y las noches de París, (en edición que para la UNAM preparara la maestra Esperanza Lara) y luego continuada con La Babilonia de Hierro y México de día y de noche. Resulta digno de resaltar que dicha contribución periodística en parte se originó de su creación poética: tras haber publicado el poema “Misa negra”, que escandalizó a Carmelita Romero Rubio, esposa de Porfirio Díaz, fue cesado como jefe de la sección de cultura en el diario El País. A partir de ese momento, abanderando la libertad de expresión, no cejó en el empeño de contar con un medio libre de censura, una de las varias razones (la otra razón de peso fue tener un órgano difusor del modernismo en México) por las que Jesús Emilio Valenzuela y Jesús Luján echaron a andar la Revista Moderna, presente en el medio editorial desde 1898 hasta 1911.
Una semblanza que da cuenta del cariz proteico encarnado en la escritura de Tablada reside en cómo es calificado, e incluso retratado, por sus contemporáneos y analistas. Julio Ruelas, para la sección de “Máscaras” de la Revista Moderna, lo presenta con orejas de fauno, dando cuenta de su vertiente parnasiana, mientras que para su etapa orientalista (el mismo Tablada presumía, ataviado con un kimono, su jardín estilo japonés de su casa coyoacanense) es caricaturizado por Miguel Covarrubias como un Buda. Gustavo Jiménez Aguirre lo coloca desmarcándose de los monaguillos azules (a los que en algún momento perteneció), por haber evolucionado del decadentismo advenedizo del azur tan característico de los poetas simbolistas, y Jiménez rubrica dicha actitud con esta frase que bien puede explicar la mencionada denominación de Villaurrutia como figura genésica del canon poético mexicano: “el riesgo de mirar atrás implicaba petrificar la modernidad del modernismo”.
Esta postura le permitió a su pluma librarse del anquilosamientos en el que cayeron algunos de sus contemporáneos, a tal grado que si pensamos en la repercusión de su herencia, es decir de una contribución vigente, esta no ha dejado de manifestarse y actualizarse, principalmente en cuanto a la escritura de haikus, y de cuya proliferación ya he comentado en este mismo espacio. Dicho cultivo generalizado me permite asegurar que se trata de una forma poética familiar y recurrente entre las actuales generaciones, tal como lo deja ver el Premio Nacional de Haiku Juana María Naranjo en sus dos ediciones (la primera de ellas tuve la fortuna de ser el premiando y en la de este año la galardonada fue la maestra Gabriela Turner Saad), los tres festivales de Haiku puestos en marcha por la maestra Hortensia Carrasco Santos desde el año pasado y el Recital Voces de Otoño, que se verificó este 22 de noviembre, gracias a lla amable gestión de la maestra Áurea Leticia Reza.
Por lo que respecta a la publicación de haikus en tiempos recientes, la doctora Elsa Cross presentó una amplia sección de su antología El lejano Oriente en la poesía mexicana (2022), mientras que la doctora Ivonne Murillo editó dos títulos, Viento que florece. Antología de haijines (2020) e Instantes suspendidos (florilegio de haikus) (2024). Y por último, está Relámpagos. Antología del haiku en México (2025), coordinada por Victoria García Jolly y Cristina Rascón, así como la minuciosa compilación bibliográfica del maestro Ángel Acosta en el volumen colectivo Las primeras dalias del viento (2025), memorial del Primer Encuentro Mexicano de Haiku (mismo que junto con algunas y algunos colegas haijines habremos de presentar el próximo mes en la FIL de Guadalajara). La otra herencia poderosa de Tablada fue el poema visual, del cual da cuenta la recopilación de Carlos Pineda, La palabra transfigurada. Antología de la poesía visual mexicana (2013), en 5 prolijos volúmenes.
Por todo ello, estoy convencido de que si hubo un autor cuya intuición y ejemplo impulsó y dinamizó la tradición poética nacional (y por lo mismo resulta arduo encasillarlo), ese sin duda habitó entre nosotros con el nombre de José Juan Tablada.

(El crédito de ambas imágenes es del Archivo Tablada: La primera es de Julio Ruelas y la segunda de Miguel Covarrubias. https://www.iifl.unam.mx/tablada/interiores/iconografia.php?pos=6)
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