Musarañas 21

Por: Francisco Segovia
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21.
EMPÉDOCLES Y LAS CONVERSIONES
Son sorprendentes los versos en que Empédocles declara que fue doncella y doncel, ave, arbusto y pez. Son sorprendentes porque la serie se enumera como si no implicara una interrupción de lo que es ya una súbita conversión en otra cosa. En esa misma perspectiva puede verse todo lo demás, como si uno pudiera decir “cuando yo era joven” lo mismo que “cuando yo era pez”; es decir, como si ser pez fuera una evolución de ser joven…
O eso, o todo lo contrario; es decir, como si uno debiera ver la misma interrupción y la misma transformación que hay entre ser joven y ser pez cuando el joven se transforma en viejo: fui arbusto alguna vez, como otra vez fui joven —o, mejor, como otra vez fui un joven… Si el pez y el arbusto no son evolución uno del otro, entonces tampoco lo son el joven y el viejo. Y, en ese caso, sólo si es verdad que el pez se vuelve doncella puede ser también verdad que el joven se vuelve viejo…
La idea resulta menos sorprendente si recordamos algo en lo que insisten los clasicistas; a saber, en que para los griegos los niños eran proyectos de seres humanos, pero no seres humanos cabales; que los adultos eran otra cosa que los niños. Los niños se convierten en adultos, es cierto, pero el cambio no se veía como un desarrollo gradual sino justo como eso: como una conversión. Los ritos de pubertad señalan ese paso, lo mismo que el concepto de pecado original de los cristianos: ser fértil, ser capaz de tener hijos, es otro estado del ser. “Ripeness is all”, decía Shakespeare. Por eso Empédocles no dice, como Tiresias, que fue hombre y fue mujer sino que fue doncel y fue doncella —aunque no cabe duda de que también Tiresias apuntaba a la sexualidad; si no, no hubiera dicho que las mujeres gozan siete veces más que los hombres (¿o eran setenta veces siete veces más?).
Los modernos repiten el tema, pero alejan un poco más la conversión del ser originario y la conducen hasta el reino de la infancia. Hölderlin termina su poema “Cuando yo era niño…” diciendo sin ambages: “Yo crecí en brazos de los dioses”. Se infiere que la madurez lo arrebató de esos brazos y lo convirtió en adulto. En otro poema (“Los robles”), el mismo Hölderlin deja claro que es el amor (el amor, más que la sexualidad) lo que le impide ser algo distinto de lo que es; si no fuera por el amor, dice, “¡cuánto me gustaría ser un roble!”. Pero hay que notar aquí que aquello que lo condena a abandonar la infancia y convertirse en adulto no es el amor que recibe de sus padres, ni de los dioses (amor al prójimo, ágape) sino el amor a (y de) alguien que escapa al círculo infantil (amor erótico, amor-pasión). Se trata, pues, otra vez, del sexo.
Los modernos limitan las conversiones a ese paso entre niñez y madurez; Empédocles, en cambio, la llevaba más lejos: para él, uno podía convertirse además en arbusto, pájaro, pez y quién sabe cuántas cosas más… Quizás uno podía ser cualquier cosa, incluso raíz (o, en otros términos, elemento), como cuando Rilke dice que Eurídice en el infierno “era ya raíz”, o cuando Jorge Guillén le dice a su amada: “eres puro elemento”… No se crea que por eso ha desaparecido la sexualidad. Para Empédocles, lo que movía a los elementos eran dos fuerzas opuestas: Amor y Odio (o Discordia): el impulso que junta y el que separa. En eso consistía todo el universo: cuatro raíces (agua, aire, tierra y fuego) y dos fuerzas que los juntan y mezclan o separan y disgregan. Al parecer, pues, entre el joven y el adulto hay una disgregación y luego, tras una pausa quizá instantánea, una nueva agregación. Entre el niño y el adulto hay una conversión; esto es —como diría María Zambrano— un cambio radical en su vida…
No se trata, pues, de convertirse en un ser maduro sino de convertirse a la madurez, como quien se convierte a una religión… Convertirse a una religión como quien se convierte en arbusto…
CONVERSACIÓN CELESTE
Según la Biblia de Jerusalén, la Epístola a los Filipenses dice en 3:20: “Pero nosotros somos ciudadanos del cielo”. Las ediciones inglesas modernas concuerdan con esta traducción. La New English Bible, por ejemplo, dice; “We, by contrast, are citizens of heaven”. Sin embargo, la antigua Biblia del rey Jacobo traducía de otra manera: “for our conversation is in heaven”, lo que sigue de cerca al latín de la Vulgata: “nostra autem conversatio in caelis est”.
En un ensayo de Lenguaje y silencio George Steiner comenta brevemente el lenguaje arcaizante de la Biblia del rey Jacobo y dice que la NEB resuelve bien la palabra griega, pues πολίτευμα implica, en efecto, ciudadanía. El diccionario de Strong matiza un poco más y dice que significa “a community, that is, (abstractly) citizenship (figuratively): – conversation”.
En cualquier caso, lo que me importa de esto es que implica que toda ciudadanía (toda pertenencia a una comunidad) tiene sustento en la conversación. Hölderlin dijo lo mismo en un verso que Heidegger comentó largamente: “desde que somos un diálogo”. Esto recuerda también el poema de Jorge Guillén “Conversar es divino”, que Octavio Paz “corrigió” como “Conversar es humano”.
IDENTIDAD, ARTE Y TRADICIÓN Dice Boris Groys (Obra de arte total Stalin) que las grandes obras de arte contienen en sí mismas todas las reglas que las hacen inteligibles, reconocibles, pero deja librado ese reconocimiento a una suerte de inconsciente, y no explica más. Yo supongo que lo inconsciente que hay ahí implica una identidad, algo que nos permite reconocer que el arte del pasado es arte en el mismo sentido en que es arte el arte de hoy. Uno lee el poema de Gilgamesh y reconoce en él algo que, siendo muy antiguo, sigue estando presente y tiene sentido hoy. Como cuando, mirando una foto vieja, dice uno: “Mira, ése soy yo”. No me desconozco ahí; no digo “ése fui”, como si fuera otro, sino “ése soy”, aunque haya pasado el tiempo. Se trata tal vez de una línea que el presente lanza hacia el pasado, pero que el pasado tal vez no lanza a su vez hacia el futuro. ¿O se reconocería un niño si le mostráramos una foto suya de viejo? Supongo que no. Y lo mismo supone Borges en un cuento donde dice que el joven Borges no pudo reconocer al viejo Borges porque no supo “soñar con rigor”. El sentido pasado se recuerda; el sentido futuro, en cambio, se sueña, o se adivina. En el cuento de Borges el recuerdo es cosa segura; el sueño, dudosa. Pero quizá Borges se equivocaba: también es dudoso lo que recordamos. En cualquier caso, tanto lo que adivinamos como lo que recordamos tiene que tendernos el lazo de la identidad: “Soy el que fui” o “Soy lo que fui”. Para saber que una cosa ha cambiado, algo en la identidad de esa cosa debe haberse conservado. O, como dice el lugar común: “Es lo mismo, sólo que diferente”. Lo que siempre hemos llamado tradición es tal vez sólo una de las formas de esa identidad: elalma española, elespíritu alemán, el genio de la lengua… Alma, espíritu: eso que queda ahí para que lo recoja el tiempo.




