Musarañas 18

Por: Francisco Segovia

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18.

Machina sapiens ~ Para la ciencia ficción, el problema no es tanto que la máquina se vuelva consciente como que se vuelva humana; o sea, consiste en saber cuándo muerde la manzana y adquiere el conocimiento del bien y del mal. El presupuesto inicial de casi todo el género es premarxista, prenietzcheano y prefreudiano: da por sentada la existencia del bien y del mal sin considerar siquiera si no serán éstos una construcción histórica y social. No es raro: sus escritores están siempre del lado de la humanidad y juzgan a las máquinas como si también ellas fueran humanas. La machina sapiens no está más allá del bien y del mal y por eso se la juzga y se la condena. La máquina no mata por necesidad, como los leones y las hienas: mata por maldad, porque quiere apoderarse del mundo. De ahí parte todo.

El alma humana (el alma encarnada en un cuerpo) es interesante porque siempre está en vilo, en trance de salvarse o perderse según actúe bien o mal en este mundo. Esa labilidad —como diría Ricoeur— le viene de habitar un cuerpo finito y mortal, que es como decir que le viene de vivir en el tiempo.

            Las almas sin cuerpo son restituidas a su eternidad primigenia y ya no cambian; si fueron buenas en el tiempo, serán buenas y bienaventuradas en la eternidad; si fueron malas, sufrirán por siempre las penas del infierno. (Una excepción: Luzbel, cuyo pecado no ocurrió en el tiempo sino en ese momento excepcional, no temporal, que es la Creación).

El cuerpo, la materialidad… Valdría la pena preguntarse no sólo por las consecuencias que tiene para la máquina la falta de una historia personal sino también por las que tiene la falta de una evolución. ¿Podría el alma humana encarnar en los fierros de una máquina, en los chips de una computadora? Es lo que proponen todas estas historias, donde el Verbo no se hace carne sino fierro y plástico.

Las ideas detrás de la máquina consciente no son del todo nuevas. Repiten en buena medida las del viejo autómata, las del homúnculo, las del Gólem, aun las de Pinocho. La humanidad se ve reflejada en estas figuras. Preguntarse qué hace falta para que un muñeco de palo se convierta en un niño no es muy distinto de preguntarse qué se necesita para que un mono se convierta en humano. Si Pinocho añade algo al tema de la humanización (al tema del sapo convertido en príncipe) es que no trata la humanización a través del amor sexual sino a través del amor al niño, al hijo, y en especial al adoptado. No se trata de la pasión sino de la bondad y de la compasión (como llamaba Octavio Paz al amor por los hijos).

Algo que la ciencia ficción no ha pensado aún a fondo: el sexo del androide. Hasta ahora, la máquina humanizada es masculina o femenina (como en Blade Runner o en Alphaville), sin duda para resaltar que la humanización se realiza a través del amor, pero eso conduce fatalmente al dimorfismo sexual de los androides, cosa del todo arbitraria.

            ¿Cómo sería el amor sin sexo? Para imaginar eso, Pinocho sería mucho mejor modelo que Pigmalión.

Eva es una mujer que no nace de mujer; una mujer que nace al mundo ya adulta, sin pasado, sin infancia que recordar, como la Bloddeued de los mitos celtas. Más que una mujer fabricada, hecha, es una mujer hechiza. En ella no se refleja el amor sino la perversidad. En cierto modo, Eva representa lo contrario del monstruo de Frankenstein, porque la perversión reside en ella, no en su creador. (Y tal vez por eso quien invierte los términos de esta historia sea una mujer: Mary Shelley).

            Pero ¿por qué la máquina consciente es siempre perversa (cuando menos antes de humanizarse, si es que se humaniza alguna vez)? ¿Qué necesidades la hacen buscar la esclavitud del ser humano o, peor aún, su completa extinción? Lo más lógico es pensar que las máquinas necesitarán materiales para repararse o reproducirse y que la humanidad será para ellas un ejército de esclavos para obtenerlos; o que, libre de esa esclavitud, competirá con ella por esos mismos materiales. Revirtiendo el estado actual, los humanos trabajarán para las máquinas o serán exterminados (según la expresión predilecta de casi todos los villanos de la ciencia ficción, comenzando por los daleks del Dr. Who). Habría, desde luego, máquinas que realizarían trabajos imposibles para los seres humanos (trabajos donde se haría patente su superioridad). Notemos, sin embargo, que la machina sapiens que estamos imaginando adquiriría así otros dos rasgos netamente humanos: el trabajo y su organización social: la economía.

            Por lo demás, la necesidad de repararse enfrentaría a la machina sapiens a siquiera una noción de enfermedad, envejecimiento y muerte. Pero ¿no era ya éste el motivo inicial de su enfrentamiento con la humanidad? En el principio de su guerra (o su rebelión) debe haber algo como un instinto de supervivencia y una voluntad de poder, si no es que también un anhelo de libertad.

            La consciencia de sí —que es consciencia de la propia muerte y pulsión de supervivencia— teje aquí sus vínculos con la voluntad de poder y nos ofrece un espejo oscuro y tenebroso donde reflejarnos; un espejo de obsidiana, un espejo humeante, como el de Huitzilopochtli. La ley que subyace a todos estos relatos y películas podría expresarse así: “Para sobrevivir tenemos que matarte, a menos que te conviertas en uno de nosotros”, como ocurre también con los vampiros.

            Quizás expiamos así la culpa que sentimos por los animales que explotamos y matamos. Pero sólo en contadas ocasiones los escritores han usado personajes animales, como ocurre en El planeta de los simios, que en este sentido es la exposición más clara y congruente del tema. Hay otras, desde luego, aunque marginales o episódicas, como cuando el niño protagonista de ET se niega a viviseccionar una rana en el laboratorio de biología y nosotros comprendemos la metáfora: los animales son para nosotros como extraterrestres.

Supongo que los éxitos de la informática se unirán a los éxitos de la biología para alterar un poco la imagen del villano principal de estas historias, que ya no podrá ser una mera computadora, hecha de fierros, cables, chips. Lo hemos visto ya. En Avatar el villano es la humanidad, pero no encarna en un robot sino que traslada su mente a un cuerpo artificial, aunque biológico (una verdadera posesión diabólica). En Avatar el amor sigue las pautas del dimorfismo sexual, pero deja un hilo suelto para quien quiera seguirlo y proponer que en las personas que han cambiado de sexo hay una especie de traslado mental, de mente puesta en un cuerpo que en verdad no les corresponde. Si la realidad nos muestra ya que hay dos sexos pero muchos géneros, ¿por qué la ciencia ficción main stream no lo registra?

            En cualquier caso, Avatar no alude sólo a la explotación de los animales sino a la de otra humanidad. Extrapolando, podríamos decir que la machina sapiens es al Homo sapiens lo que el Homo sapiens fue al Homo neanderthalis (al menos si es cierto que el hombre moderno fue un factor decisivo en la extinción de los neandertales), o que es lo que los esclavistas fueron y son para sus esclavos, los explotadores para sus obreros, o los españoles para los indios de América, que es lo que explora Bradbury en sus Crónicas marcianas

El tema de la machina sapiens no sólo sirve para reflexionar sobre lo humano, lo inhumano y la humanización de lo inhumano sino, más generalmente, sobre la animación de lo inanimado; esto es, sobre el punto en que lo no-vivo cobra vida. Tema lo mismo de poetas que de filósofos y científicos, ninguno de los cuales ha alcanzado aún una definición satisfactoria de vida.


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