Uno y el mismo son todos los poetas. 150 años de Antonio Machado

Por: Jesús Gómez Morán

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La idea en esencia es de raigambre romántica, si bien ha encarnado en varios momentos de forma prospectiva y retrospectiva: cada poeta no hace más que escribir un fragmento del mismo y único poema. Octavio Paz, en su discurso de recepción del Nobel en 1990, proclamó ser sólo un instrumento del lenguaje. Esta cita del autor japonés Makoto Ōoka, que la Dra. Seiko Ota me ha compartido, se vincula a tal afirmación: “es precisamente porque el ser humano está poseído por las palabras permanentes que puede, al ver las cosas, sentir inmediatamente algo. Basta con pensar en el hecho que a menudo descubrimos en la vida cotidiana: que enfrentarse a las cosas con las palabras que creemos poseer conduce menos al verdadero autodescubrimiento que hacerlo con las palabras que las propias cosas extraen de nosotros”. Asimismo Robert Graves, tras evocar a la diosa blanca, la que infunde la palabra en el bardo, respaldaría esta tesis de la posesión, y por su parte Ludwig Wittgenstein sostiene que “hay en verdad lo que no se puede poner en palabras. Ello se muestra; es lo místico”.

De entre las efemérides del año que se ha ido, por lo que respecta a la poesía en lengua hispana, dicha premisa encuentra manifiesta una de sus principales bisagras en Antonio Machado (1975-1939). Bisagra, porque cristalizó una herencia, como decía, de estirpe romántica y reiterada por el simbolismo (si conforme a ello interpretamos la imprecación al hipócrita lector, “—mon semblable, —mon frère”, de Baudelaire, oel “je suis un autre” de Rimbaud), para a su vez esparcirla y proyectarla como también lo harán a su modo, entre otros, plumas tan dispares como Fernando Pessoa y e.e. cummings:

tantos yo (tantos dioses y demonios cada uno

más voraz que todos) es un hombre

(tan fácilmente uno en el otro se esconde;

mas siendo todos se libra el hombre de ser ninguno)

(traducción de Ulalume González de León)

En concreto, me refiero a dos aspectos singulares de la obra del poeta sevillano. Uno de ellos se desprende en la atención que tuvo al revalorar los romanceros y cancioneros medievales: formalmente hablando, parte de ello se refleja en el hecho de ordenar sus poemas conforme a una numeración romana (pañuelo recogido por Bécquer, quien a su vez siguió los pasos de Heinrich Heine con su Lieder der Buch). La segunda estribaría en una provocadora supresión del yo difuminado, como dice cummings, en su “not numerable whom” (“innumerable quién”). O al menos esto se colige cuando Machado plantea: “los poetas han hecho muchos poemas y publicado muchos libros de poesía; pero no han intentado hacer un libro de poetas”, poetas de voces diversas para componer un corifeo que le dan estructura a un solo drama, ese que Rubén Darío (quizás junto con Unamuno su principal interlocutor) enuncia al conmiserarse por no saber “adónde vamos ni de dónde venimos”.

En cierta forma ambas tendencias se conjuntan dentro de su Cancionero apócrifo (1902-1939) en el que además de los más conocidos Juan de Mairena y Abel Martín (maestro de Mairena), desfilan otros 14 “poetas que debieron existir”, entre ellos un tal “Antonio Machado. —Nació en Sevilla en 1895. Fue profesor en Soria, Baeza, Segovia y Teruel. Murió en Huesca en fecha no precisada. Algunos lo han confundido con el célebre poeta del mismo nombre, autor de Soledades, Campos de Castilla, etc.” A partir de esta galería de alter egos, hay una evidente resonancia con el mencionado Pessoa, al autoincluirse como uno más de sus heterónimos. En el caso de Machado lo más sugerente (además de declarar a su doble muerto en Huesca, quizás imaginándose una vida paralela de su otro yo en esa población aragonesa) reside en la frase “algunos lo han confundido con el célebre poeta del mismo nombre”. Pienso aquí en la conexión con Unamuno y en especial con el que figura a manera de personaje-escritor de la vida de Augusto Pérez en Niebla, desdoblamiento literario, en el que el autor se asume como creación de su propia pluma.

Después de presentarlo en este Cancionero apócrifo, registra dos poemas de su homónimo, el primero de ellos titulado “Alborada” (de una consumada musicalidad que lo aproxima a los destellos modernistas):

A la hora del rocío,

sonando están

las campanitas del alba,

tin tan, tin tan.

Como lágrimas de plomo

en mi oído dan,

y en tu sueño, niña, como

copos de nieve serán.

Tin tan, tin tan. ¡Quién oyera

las campanitas del alba

sentado a tu cabecera!

Tin tan, tin tan,

las campanitas del alba

sonando están.

El segundo es una variante del que comienza con el verso “Huye del triste amor, amor pacato” en la sección de “Sonetos” de la colección de poemas titulada Nuevas canciones (y que resalta por los versos de aire quevediano, “y ceniza hallará, no de su llama/ cuando descubra el torpe desvarío/ que pedía, sin flor, fruto en la rama”). ¿Es otro o es el mismo (pregunta pertinente tanto al autor como al soneto)? Conforme a la poética aristotélica, toda página escrita novela, por un lado, lo que fue (o es) y por otro elucubea lo que debió haber sido (por eso la poesía es más filosófica que la historia), y en la concepción machadiana ambas se conjuntan. De ahí que en su poema “Retrato” no alcance a definirse, a tomar bando frente a la ancestral disputa: “¿Soy clásico o romántico? No sé”. A mi juicio, ambas etiquetas podrían serle apropiadas si de nuevo tomamos en cuenta esta declaración como impostura y confesión de parte:

la nueva miel labramos

con los dolores viejos,

la veste blanca y pura

pacientemente hacemos,

y bajo el sol bruñimos

el fuerte arnés de hierro.

Sea de un modo y otro, lo único cierto es esa proclama de cómo cada poeta agrega un verso al gran poema universal inacabado: de esta sentencia puedo ubicar parte de la letra de “Llover sobre mojado de Silvio Rodríguez: “absurdo suponer que el paraíso/ es sólo la igualdad, las buenas leyes./ El sueño se hace a mano y sin permiso,/ arando el porvenir con viejos bueyes”. Como colofón de tal punto, traigo a cuento una aseveración del poeta mexicano José Vicente Anaya: “Sólo hay un solo poema en el mundo y que todos los poetas estamos haciendo ese poema, como que todos nos damos la mano para estar construyendo un enorme poema a lo largo de los siglos o de los milenios, y que está como por sobre todos nosotros”, y más adelante replica una cita de su poema extenso “Híkuri”, en el que plasma (con mayúsculas en el original), “desperté hablando: TODOS LOS POETAS SON EL MISMO” (cf. https://lasantacritica.com/barahunda/jose-vicente-anaya-todos-los-poetas-son-uno-solo/).

En suma, todo poeta moderno verdadero es un histrión y el poema, su coturno y máscara. Y verdadero en el sentido en que expone Pessoa al decir “O poeta é um fingidor” que llega a sentir un dolor por encima del dolor que en verdad siente. En tal sentido, Machado, consumado poeta crepuscular, es y no es a la vez confesional: su propio vocero y su más empedernido falsario. Se sitúa en la línea del twilight, la de luz y sombra simultáneas (algo así como el lucero de la mañana, Quetzalcóatl, y el de la tarde, Xólotl): no olvidar que la noción de crepúsculo corresponde tanto al ocaso (el Antonio Machado del que estamos hablando, muerto de camino a Collioure) como al alba (el Antonio Machado del poema “Alborada” y muerto en Huesca, según esto).

Dentro de ese “un innumerable quién” de poetas crepusculares hay una particularidad adicional con respecto a Machado, misma que consiste en la obnubilación de su nombre. Me explico. Como consecuencia de su reivindicación de la poesía popular cancioneril, no hay que olvidar que la autoría de dichas composiciones resulta casi siempre desconocida, si bien en este caso tal hecho no se debe a una ausencia del dato en cuestión, sino por el mismo hecho de fundir la palabra propia con la de los demás, aspecto que se radicalizó cuando Joan Manuel Serrat musicalizara los poemas de Machado. La gente cantó “Cantares” y así como pocos saben que el bolero “Usted” es obra de Elías Nandino, muchos ignoraron quién se encontraba detrás de la prístina imagen que nos asevera, “caminante no hay camino, sino estelas en la mar”. Quizás anticipando lo que Antonio Skármeta pone en labios del cartero de Neruda en el libro homónimo, al decir que los poemas no son de quien los escribe sino de quién los necesita, uno de los pocos poemas que memoricé en mi adolescencia fue: “Yo voy soñando caminos/ de la tarde. Las colinas/ doradas, los verdes pinos/ las polvorientas encinas./ ¿A dónde el camino irá./ Yo voy cantando viajero/ a lo largo del sendero./ La tarde cayendo está”. ¿Quién va soñando: Machado o yo, que me he apropiado de estos versos? Como sucedió con las musicalizaciones de Serrat, cabría suponer que ese gran poema universal del que vengo hablando es una creación anónima y que al saberlo, cabría imaginarnos a Antonio Machado sonriendo, en su sitial ubicado en medio de una constelación de páginas, satisfecho por ello

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